POR HERMANN TERTSCH
No sé si se habrán dado cuenta de que en esta España que creíamos había entrado en la senda de la normalidad democrática europea, las anomalías comienzan a ser norma. De nuevo. Ya no es la falta de respeto, ya no es la sobredosis ideológica de jovencitos y jovencitas ignorantes en todo menos en la demagogia, todos decididos a imponernos la insensatez y el sectarismo que hizo en su día y puede volver a hacer imposible la convivencia. Las costumbres y trato han entrado en un periodo de deterioro vertiginoso. ¿Cómo es posible que en un campo de fútbol con el mundialmente reconocido señorío del Camp Nou se conecten los aspersores para impedir que el Inter de Milán celebre su merecidísima victoria? ¿Cómo es posible que este hecho no abochornara a los seguidores del Barcelona? Quizás de deba a que, desde las autonomías al Gobierno Central, desde los clubs de fútbol hasta las Cajas de Ahorro, están ya en manos de chusma que presume de esta condición.
¿«Quien hizo conectar los aspersores? No lo sé. Estoy seguro que no dio la orden el culé Rodríguez Zapatero. Aunque haya hecho peores afrentas a nuestro país y a su señorío celebrado incluso por nuestros enemigos. Pero es un síntoma de una actitud. Es la última fase del declive de dicho señorío, de la gallardía que siempre se nos sobreentendía. También podemos llamarlo el triunfo total del gentucismo que parece consumarse en esta era triunfal del eclipse nacional de la selección negativa en que se ve inmerso este país. Al mismo tiempo, Telemadrid, la única televisión pública que presenta cara a los abusos y mentiras de nuestro Gobierno, era castigada con un sabotaje para impedir la retransmisión para los madrileños del partido del Inter con el Barcelona. Vuelvo a preguntar: ¿Quién ha sido? Y vuelvo a responderme que no lo sé. Ha podido ser cualquier emisora de televisión de la capital. ¿Quiénes desprecian tanto a sus compatriotas y rezuman tanto odio como para una agresión de este tipo que no les reporta otro beneficio que el daño al odiado? Algunos tenemos nuestras sospechas. Quizás a algunos consuele que el sabotaje no haya venido desde dentro de este ente como tan frecuentemente suele pasar. Porque el hecho de mantener una plantilla repleta de bolcheviques en una Comunidad autónoma que vota en mayoría absoluta un proyecto liberal conservador no sólo es un absurdo. Es un peligro.
Más allá de la molestia puntual está la certeza de que en este país hemos llegado al todo vale. Hace dos días se emitieron las imágenes de una salvaje agresión en el Metro de un pretendido antifascista contra alguien que no comparte su opinión. No lo mató, por suerte, pero estuvo a punto de ello.Y después del partido del Barcelona, un grupo de energúmenos, que ni siquiera tuvieron la delicadeza de declararse antifascistas, la emprendieron a golpes con un equipo de televisión del grupo Intereconomía. Al redactor le dieron una inmensa paliza. Como yo de estos temas sé un rato y por supuesto no perdono a quienes me han hecho pasar el peor invierno de mi vida y han intentado destruir mi salud y mi carrera profesional -no me refiero sólo al miserable que me atacó, sino también las autoridades y los medios socialistas que difundieron todas las infamias posibles para liquidarme social y profesionalmente- les digo que esto acaba de empezar. Y que pintan bastos.



