En los sótanos de la Biblioteca Nacional se agitan antiguas palabras, hay un murmullo de manuscritos casi indescifrable, podemos sentir el peso de las hojas resecas del pasado, que nos sobreviven. Siglos y siglos de palabras que la institución atesora, mantiene en orden y que podrían contarnos, ellas solas, la historia del conocimiento humano. Y en el centro de su historia está el artefacto fabuloso: el libro.
El nuevo Museo de la Biblioteca Nacional es el intento de reanudar este relato. Hubo un Museo del Libro entre 1995 y 2004, que era realmente emocionante, intenso, memorable, al que acudía una media de cinco colegios diariamente. Pero los tiempos cambian, y no digamos las tecnologías, o la museografía, que desarrolla nuevos modos que hoy confluyen en el nuevo centro.
Tal vez no tan intenso, pero igualmente precioso. Entre piezas originales (pocas, por causa de su fragilidad) y facsímiles o primeras ediciones, el visitante puede hacerse una idea cabal de los trabajos que dan sentido en pleno siglo XXI a la Biblioteca y de su historia, que comienza en 1836, aunque nace para albergar desde papiros del siglo III hasta, en nuestros días, toda la parafernalia tecnológica de la vida digital, que convierte a los libros en apenas chorros de luz, tal vez metáfora de sí mismos.
«No hay otra institución que preste un servicio comparable a nuestro idioma y a lo que significa para nuestra cultura». Carmen Calvo, ministra de Cultura, quiso decantar, con la nitidez que estas palabras expresan, su entusiasmo por la apertura del Museo de la Biblioteca Nacional. Ayer, durante la inauguración, la ministra recorrió las ocho salas del Museo.
Historia. La primera sala muestra la historia de la institución en formato interactivo.
Día a día. Aquí podemos conocer qué ocurre con un libro cuando llega a la Biblioteca, cómo trabajan los bibliotecarios.
Soportes. Desde los antiguos papiros, pasando por los relieves y centrado en la historia del papel y del libro (una lupa nos pasea por las filigranas y marcas de agua), en esta sala se habla de cómo los hombres aprendieron a pegar las palabras volanderas en cada soporte. Está el braille y también el boli «bic».
Musas. La sala toma el nombre del Museion, del cual la biblioteca de Alejandría era «tan sólo» un aledaño. Se muestran piezas emblemáticas de la colección, desde grabados (Tiépolo, Goya, Piranessi) a mapas y cartografías (destaca el Ortelio del siglo XVI), pasando por artísticos recordatorios del XIX, obras que rotarán por una sala iluminada con estrictos 50 grados lux, para no dañar las piezas.
Memoria del saber. Se explica cómo era el scriptorium medieval, que tendió puentes entre el saber de la Antigüedad y el Renacimiento. Facsímiles del códice de Metz (siglo IX), el Beato de Liébana o el tratado de Maimónides muestran ejemplos de las maravillas que la Biblioteca guarda en sus cámaras. En el pavimento se iluminan los hitos de esta historia.
Café literario. Las artes gráficas protagonizan los talleres a los que los visitantes son invitados, que también imitan la viva cotidianeidad de las antiguas tertulias, en las que los letraheridos podían torear polémicas de salón y en el Café Lyon los valleinclanes lucían su manquez.
Aula Quijote. Y si de mancos y libros hablamos, el más célebre de ellos, el de Lepanto, preside un aula en la que el público joven (y ancha es la juventud, que va por dentro) puede acercarse a la novela de novelas castellanas. Preciosas ediciones digitalizadas del Ingenioso Hidalgo retan a divertirse tanto como a descansar entre sus páginas.
El museo tiene 1.400 metros cuadrados, y ha costado bastante menos que su antecesor: 1.100.000 euros, incluido el costo del nuevo logotipo de Alberto Corazón, igual al de la Biblioteca, pero sobre fondo rojo y con la palabra «museo». De él se ha hecho un pin.
La ministra recordó ayer que este proyecto era uno de los objetivos primordiales que se habían marcado desde que Rosa Regàs llegó al cargo en mayo de 2002. «La exposición comienza relatando el origen del libro, orienta los interrogantes del público y termina cuestionándose el futuro del mismo libro en el mundo de las nuevas tecnologías», subrayó la ministra.
El museo tiene un marcado sentido didáctico y pedagógico, que está especialmente destinado a familias y colegios, aunque se dirige a todo el público y por eso se han programado visitas guiadas gratuitas, según explicó su responsable, Gema Hernández Carralón.


