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«Delicatessen» en zapatería

Es uno de pocos talleres en Madrid donde los zapatos, para mujer, se hacen a medida. Por calzados «Franjul» han pasado cuatro generaciones de maestros zapateros. Ya tiene encargos para invitadas a la boda del Príncipe. A lo mejor le cae algún par de la novia

Actualizado 02/02/2004 - 09:47:37
«Aquí no se venden zapatos. Los hacemos». Francisco Sánchez López es, a sus treinta y pocos años, la cuarta generación de «Franjul», uno de los escasos rincones de la «alta costura» del calzado que quedan en Madrid. Taller y tienda se funden en un único local, el que ocupa el número 11 de la calle Lope de Vega. 
El escaparate tira de nosotros como un imán. Hay unos botines tipo «Mary Poppins» para novia, con sus botoncitos y todo, que no tienen desperdicio. Son especiales. Preciosos. La puerta de entrada ya avisa de que allí se elaboran zapatos al más puro estilo artesano: el manillar es una horma de madera, ya desgastada de tanto abrir y cerrar, pero que brilla como si la acabaran de dar lustre. 
La actividad es frenética. Se están dando los últimos toques a la colección de zapatos que llevarán las modelos para el desfile de Javier Larraínzar en la próxima pasarela Cibeles. Además, ya se trabaja en unos treinta pedidos para la boda del Príncipe Felipe y Doña Letizia Ortiz. «Espero más encargos de invitadas al enlace», comenta Francisco.
La Reina, entre sus clientas
¿Se van a hacer aquí los de la novia?, preguntamos. «Eso, todavía, no lo se. Depende del modisto. Si se trata de alguno con los que trabajamos habitualmente, es muy probable. Pero no puedo concretar nada. Compréndame». Entre tales modistos figuran, entre otros, nombres como el ya mencionado de Javier Larraínzar, Lorenzo Caprile, Teresa Palazuelo, Jesús del Pozo, Elio Benhanyer, Balmaseda y Navascues. «Con Pertegaz también tenemos contactos», añade el zapatero.
Lo que no niega es que la Reina ha gastado piezas salidas de estos talleres, lo mismo que su hija mayor, la Infanta Doña Elena. Sus hormas están aquí a buen recaudo. Y recuerda que Doña María, la madre del Rey, se desplazó personalmente hasta su establecimiento en alguna ocasión.
Futuro incierto
Francisco Sánchez lleva toda la vida fabricando zapatos artesanalmente.Su madre era guarnicionera y su padre -al que menciona constantemente- tenía un taller de reparación. Fue su bisabuelo, Mariano López, el que apostó por el oficio de hacer zapatos «de ley», a medida, durante más de cincuenta años. Su maestro por excelencia fue su tío, Francisco López Cuadrado, ya jubilado.
No pone buena cara, Francisco, ante el futuro de su empresa. «Yo no tengo hijos, de momento. A mis sobrinos no los veo yo en esto. Prefieren el ordenador. Tampoco se me acerca ningún joven con su currículum dispuesto a aprender el oficio y a trabajar con nosotros», se lamenta.
En el taller, los empleados trabajan en esos zapatos únicos, irrepetibles, para una «mujer, mujer», como define el propio maestro artesano a las féminas que gustan de su calzado. «Hay patronistas, cortadores, una aparadora y un terminador que, muchas veces, soy yo mismo, el que remata, aunque estoy de comodín porque mi padre se ocupó de que conociera todas las técnicas del proceso de elaboración del calzado a medida», explica Francisco, con delantal blanco impoluto, mientras revisa las pieles que acaba de recibir.
Piezas con piedras preciosas
No le importa hablar de precios.«Pueden ir desde los 140 euros a los 3.000. Lo que se quiera. He puesto piedras preciosas en muchos zapatos y eso encarece el producto hasta los límites que pone la clienta». Admite Francisco que sus creaciones son para él como sus propios hijos. No es exageración. «Me da pena cuando, una vez terminados, salen del taller para no volverlos a ver nunca más», comenta.
Fabricar un buen par de zapatos requiere creatividad y buen gusto. Tarda de tres a cuatro semanas. como media, en tener listo un encargo. «Una vez hecho el patronaje y preparado el despiece, se corta la tela o la piel, se guarnece y se cose. No menos importante es el montaje de la horma, el largo y la correcta posición del tacón, que tanto estiliza a las mujeres».
Francisco (a estas alturas del reportaje ya le llamamos Paco), tiene especial predilección por las novias. «Deben quedar perfectos. Si el trabajo no está impecable, no salen de la tienda. Pero eso nunca nos ha pasado», cuenta este hombre que ostenta con orgullo el título de «Artesano Madrileño Tradicional 2003».
Prestado, usado y azul
Antes de despedirnos, Paco atiende a Rosario y a Verónica, madre e hija. La joven se casa el próximo mes de julio y está hecha un mar de dudas entre los varios modelos que tiene ante sus ojos. «Todos son una maravilla», dice la madre, pero su hija parece decidida por un modelo clásico, elegante, a base de cuero y encaje.
Hay dos detalles que nos llaman la atención. Primero: la suela del zapato de novia, en cuero blanco, tiene una finísima lámina de plástico para llevar a las pruebas del vestido y que el día del enlace, quitado ese protector, los zapatos no tengan ningún roce en la suela. Segundo: el bordado con la palabra «Franjul» y los pespuntes que van en la planta son de color azul. ¿Motivo? «Todas las novias tienen que llevar algo usado, algo prestado y algo azul. Esto último se lo resolvemos nosotros», aclara Paco. Todo un detalle, oiga.

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