Farah Karimi, una iraní, nacida en 1960, que luchó contra el Sha y Jomeini -perteneció al MKO, los Muyahidines del Pueblo-, es ahora miembro del GroenLinks (Izquierda Verde), en el Parlamento holandés. En «El secreto del fuego. Mi vida contra el fanatismo islámico» (Espasa), Chris Keulemans narra la biografía de una mujer cuya vida ha estado abarrotada de peligros: huida, estando embarazada, de la República Islámica a través de las montañas del Kurdistán, hasta llegar a Irak, seguir hasta Turquía, Francia, Alemania y, finalmente, Holanda. Un viaje no precisamente de placer junto a un marido que la amenazó de muerte ya en Europa, cuando ella decidió abandonar el MKO, porque se negaba a ser «un instrumento del que abusan para lograr objetivos». Hoy se considera «una persa holandesa».
-¿Practica la religión musulmana?
-Ya no.
-¿Alguna otra?
-No.
Para la entrevista, luce un vestido verde bajo la rodilla, y una sobrecamisa blanca. Piensa que haber salido adelante políticamente y frente a la discriminación se lo debe al hecho de ser madre, algo que le ha impedido perder la esperanza. En su biografía, ataca la cultura de la muerte del fanatismo islámico, pero no deja atrás a los Estados Unidos de Bush. ¿No le perjudica ser tan sincera? «Hablo en calidad de política holandesa y me baso en lo adquirido durante mi existencia. Mi sinceridad me da fuerza en el mundo, o eso creo». Ataca a Bush, porque no considera adecuada su batalla contra el terror. «Mire, dice, los terroristas tienen su agenda propia antidemocrática y la política del presidente estadounidense no consigue más que alentar a nuevos terroristas».
Si se le dice que Al-Zawahiri ha instado a los musulmanes del mundo a conquistar Occidente responde que «ve el peligro de la agenda antidemocrática que se produce en el mundo islámico, aunque los palestinos tienen derecho a recuperar la propia dignidad. No estoy entre quienes se ponen histéricos ante la perspectiva de que los atentados islamistas van a tocar los fundamentos de la sociedad occidental». ¿No lo han hecho ya? «En Holanda, vimos la maravillosa reacción de la gente tras los atentados del 11-M. España vivió durante muchos años una dictadura y quiere vivir en democracia. Bush coarta la libertad de los ciudadanos en su batalla contra el terror. Lo hace en un país demócrata, pero están en el poder los neoconservadores, que tienen una agenda ideológica con la que han propalado un montón de mentiras, y la verdad es un valor esencial en Occidente. El MKO, por ejemplo, pasó de ser en los 80 un movimiento de resistencia a organización terrorista después...
Si se le comenta el hecho de que los musulmanes luchen entre sí en Irak; que Bin Laden y los talibanes sean enemigos de los ayatolás chiíes de Irán, es decir, que no haya un bloque homogéneo, ¿puede esto ser el talón de Aquiles del terrorismo? «Existe el islam religioso, el político y el de la identidad cultural. La discusión sobre el Islam político debe basarse en cómo democratizarlo, no en demonizarlo. Turquía es un buen ejemplo. Y un mal ejemplo es que EE.UU. sostenga regímenes dictatoriales como Arabia Saudí, Egipto, Qatar...»
Comenta que en Occidente también se da un cierto fundamentalismo cristiano. En Holanda, hay un partido que no permite que sus mujeres vayan al Parlamento, claro que se les ha retirado la subvención estatal. Sobre Ayan Hirsi Alí, somalí y diputada holandesa -autora del libro «Yo acuso»-, hasta que perdió la ciudadanía del país, piensa que «tenía una acusación muy parcial contra el islam y se convirtió en el miembro más importante de un grupo de opinión que llevaba todos los problemas sociales de Holanda a la cuestión islam versus Occidente. Perdió la ciudadanía porque una ley permite retirársela a quienes la obtienen mintiendo y ella lo hizo sobre su apellido». El asesinato de Theo van Gogh, en Holanda, a manos de un fundamentalista, la hizo reaccionar con «puro odio», aunque añade que van Gogh era un miembro importante de la «sociedad antiislam» holandesa: «Concentrarse contra el islam en Holanda es un camino sin salida».
De la abogada iraní Shirin Ebadi, Nobel de la Paz en 2003, que no abandona sus creencias musulmanas, pero batalla por una sociedad democrática en su tierra natal, afirma que «Ebadi es más peligrosa para los ayatolás que los radicales apóstatas».


