George W. Bush pidió al Congreso y al Senado norteamericanos 400 millones de dólares (más de 250 millones de euros) para acciones secretas con el objetivo de desestabilizador el actual régimen de Irán, y los obtuvo. Los fondos se adjudicaron previo informe presidencial altamente clasificado. Una instrucción forzosamente conocida por la llamada «banda de los ocho» en el control parlamentario de los servicios secretos, que incluye al jefe de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid, la portavoz de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, el presidente de la comisión de Inteligencia del Senado, John D. Rockefeller IV, y su hómologo en la Cámara de Representantes, Silvestre Reyes.
Lo cuenta en la revista «The New Yorker» un prestigioso periodista militar, Seymour Hersh, que lleva meses denunciando una sorda guerra interna en las cumbres de Washington entre los partidarios de atacar militarmente Irán y los que dicen que eso sería un error. Esta última postura le costó la dimisión a quien fuera hasta hace poco máximo responsable militar en Próximo Oriente, el almirante William Fallon.
No es ni mucho menos la primera vez que EE.UU. apadrina acciones secretas en Irán. Pero sí sería la primera vez en mucho tiempo que las acciones adquieren tanta envergadura y que obtienen, además, el apoyo de la mayoría demócrata, justo cuando su presidenciable Barack Obama plantea un tratamiento exclusivamente diplomático de los conflictos con Teherán.
Ante el desastre de la guerra de Irak, hay quien insiste en que las nuevas amenazas geoestratégicas se combaten mejor con discreción. ¿Ha aprendido Bush esta lección? Depende de si se considera que estas acciones en Irán buscan sustituir la guerra o, al contrario, fabricar excusas para hacerla. El artículo menciona el apoyo a grupos de opositores de las minorías árabe y baluchi, así como operaciones en suelo iraní de Fuerzas Especiales basadas en Irak.



