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Lizarza

JONJUARISTISALVANDO las distancias, quienes impugnan el derecho de Regina Otaola

Actualizado 01/07/2007 - 07:53:10
SALVANDO las distancias, quienes impugnan el derecho de Regina Otaola a tomar posesión del cargo de alcaldesa en Lizarza siguen la misma lógica que aplicó el ayuntamiento de Ermua al arrogarse en exclusiva el uso del nombre de su pueblo. Se trata en ambos casos de una concepción totalitaria de la democracia (o de democracia totalitaria a secas). La democracia se desliza al totalitarismo cuando se salta la ley apelando a la voluntad de la mayoría.
A Regina Otaola le asiste la ley. Otra cosa es que su posición no sea nada fácil -de hecho, es sencillamente infernal- y que Lizarza se convierta, tras la constitución del primer ayuntamiento guipuzcoano del PP, en algo bastante parecido a Tombstone, Arizona, en tiempos de Wyatt Earp. Pero no hay otra opción. Regina y su equipo monocolor tendrán que gobernar una población de mayoría filoterrorista y tendrán que hacerlo bajo una fuerte protección policial. Éste es el tipo de paradoja que encanta a los abertzales, porque les permite hablar de ocupación militar española y de otras sandeces por el estilo. Lo importante, sin embargo, es que los demás no nos engañemos. Sin Regina Otaola, Lizarza caería tras un teloncillo de acero. Lo de menos es que le haya votado una minoría de vecinos, porque esa minoría y sus siete concejales son, hoy por hoy, la única garantía posible de supervivencia de la libertad en Lizarza.
La democracia liberal española ganó en Ermua su primera batalla civil contra el terrorismo hace exactamente diez años. Afirmar que el destino de las libertades políticas se juega ahora en Lizarza no es una hipérbole. De Ermua sacamos una lección importante: al terrorismo se le puede derrotar si le plantamos cara unidos. A lo largo de esta última década muchos han ido olvidando esa lección. Primero, los nacionalistas vascos democráticos, que pactaron en secreto con ETA; después, los socialistas, con sus oscuras negociaciones emprendidas contra la mitad de la nación. En ambos casos, el pretexto fue la paz, que los socialistas reforzaron con la invocación a la voluntad de la mayoría. Lizarza nos recuerda que -como sabíamos muy bien todos en julio de 1997- nunca debe sacrificarse la libertad existente a una paz posible, pero añade otra enseñanza que deberíamos retener en adelante: si la democracia no sirve para preservar la libertad bajo la ley, se convierte en un instrumento para destruir la ley y la libertad, en pura tiranía del número, en dictadura arbitraria de la mayoría, como nos ha recordado la valerosa Regina Otaola. Un demócrata, afirma Rodríguez, nunca se equivoca frente a los terroristas. Falso: un demócrata se equivoca cuando, frente al terrorismo, busca atajos por encima o al margen de la ley, aunque tenga el aval de una mayoría parlamentaria.
Lizarza es, precisamente, la nueva oportunidad que se nos ofrece para enderezar el rumbo de la democracia, para evitar su deriva estúpida hacia el totalitarismo y orientarla hacia la defensa de las libertades. Hoy, diez años después de la gran insurrección democrática provocada por el asesinato de Miguel Ángel Blanco, el espíritu de Ermua es espíritu de Lizarza o no es nada. Las situaciones parecen muy diferentes: no lo son en el fondo. Entonces, en la Ermua de 1997, había una mayoría de vecinos clamando por la libertad contra una minoría de terroristas y asociados. Ahora, en Lizarza, es una mayoría de liberticidas la que invoca la voluntad general contra una minoría de luchadores por la libertad de todos. Pero, tanto entonces como en el presente, está claro quiénes representan la causa de los ciudadanos. En 1997, el alcalde de Ermua; hoy, en 2007, la inminente alcaldesa de Lizarza.
Ante Regina Otaola y sus concejales se abre una perspectiva ardua y desabrida, y es fundamental que sepan que no están solos, que ellos, como Germán López en Ondárroa o Nico Gutiérrez en Miravalles, son la vanguardia de una nación cívica que estará constantemente a su lado. En julio de 1997 toda España fue Ermua. Diez años después, la patria de los españoles libres se llama Lizarza.
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