sábado, 21 de noviembre de 2009
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POR MANUEL ESPADAS BURGOSMADRID. El testimonio del hambre durante los años de «la lucha contra el francés» es amplísimo. La estructura económica de España estaba entre sus causas mediatas: un país
1-5-2008 08:01:17
El testimonio del hambre durante los años de «la lucha contra el francés» es amplísimo. La estructura económica de España estaba entre sus causas mediatas: un país agrícola, con una agricultura muy dependiente de los cambiantes factores climatológicos, con escasas y difíciles comunicaciones interregionales y con una débil comercialización de sus productos. Escasez, incomunicación y falta de capital, causas a las que habría que añadir cuanto una guerra de seis años iba a llevar consigo, entre otros efectos el hambre.
Durante siglos ha sido el pan principal y, con frecuencia, casi único alimento del pueblo. De su abundancia y baratura dependía en gran parte su felicidad, pequeña compensación a un estrecho vivir. Su escasez y carestía siempre provocaron primero alarma, luego miedo, para terminar en revueltas callejeras y violentos motines.
De ahí el interés de los gobiernos por mantener tan preciado alimento en su justo límite de precio y abundancia. En 1776, la Sociedad Económica Matritense presentaba una voluntariosa propuesta «del modo de hacer el pan perpetuamente barato en Madrid». La Villa y Corte estaba situada en una zona muy deficitaria. Tenía que abastecerse de las zonas trigueras de su entorno y muy especialmente de Arévalo, Toro y la Tierra de Campos.
Ya los primeros años del siglo habían sido muy difíciles. De 1804 a 1806 se sucedieron las malas cosechas y las revueltas populares se hicieron sentir por toda Castilla.
En el propio Madrid se dieron motines de subsistencias y se sucedieron los incendios de tahonas y los saqueos de almacenes de grano. Pero todo se agudizó al extremo durante los años de la guerra. El poco trigo que entraba en la Villa alcanzaría precios altísimos. La fanega que a comienzos de 1811 oscilaba entre los 57 y los 60 reales, en la primavera de 1812 había llegado a los 540 reales, lo que suponía un precio de 18 a 20 reales para el pan de dos libras, verdadero artículo de lujo.
Serían muchas las tahonas que se vieran obligadas a cerrar por esos meses, «sea por no haber en Madrid el consumo bastante, sea por los insultos del populacho». Fueron numerosos los casos de puestos asaltados en los mercados madrileños y saqueados los almacenes. Hubo más de noventa memoriales dirigidos al Ayuntamiento por el Gremio de Panaderos de Madrid, en que describían con las tintas más negras su desesperada situación al tiempo que proponían las soluciones más variadas, algunas tan peculiares como la de que «se vaya sacando el coste con alguna rebaja en el peso» o la de luchar contra la codicia de los vendedores de trigo con una orden que prohibiera se vendiera otro pan que el bajo o «de munición» en los puestos públicos.
Esta última medida es la que antes se puso en práctica. Este pan bajo o «de munición», en cuya masa entraba en mínima proporción un trigo de ínfima calidad, junto a centeno, maíz, cebada y almortas, había sido ya suministrado a los presos de las cárceles de Madrid desde noviembre de 1811. Ahora se convierte en alimento básico para los madrileños, con un poder nutritivo superior al que se le suele atribuir.
Para el resto de la población, el hambre empezó a cobrar tintes dramáticos. Cualquier cosa se consideraría comestible apreciado. Largas colas se formaban diariamente a las puertas de los conventos donde se repartía un aguachirle que, al menos, calentaba los vacíos estómagos. Los antiguos barquilleros vendían, al precio de dos cuartos, una especie de bocadillos de cebolla con harina de almortas. Las castañas y las bellotas alzaban su cotización en la mísera dieta de los madrileños. Instituciones como la mencionada Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País habían convocado estudios e informes sobre alimentos sustitutivos.
Hace años publicamos uno de los informes premiados, el presentado por Esteban Boutelou bajo el título «Plantas alimenticias que pueden reemplazar a la semilla del trigo en la elaboración del pan». Una de ellas era la patata, de la que panificada se apuntaban sus virtudes: «El pan de patatas es generalmente esponjado, de buen gusto, correoso, se mantiene tierno por muchos días, es ligero, poco nutritivo y alimenta menos que el de trigo», pero «el que se fabrica con patatas crudas, ralladas o machacadas, sale mejor y satisface tanto como el de trigo».
Vegetales panificables
La lista de otros vegetales panificables era copiosísima en propuestas que iban desde el centeno al salvado, el alforfón, las semillas oleaginosas o la algarroba, cuyo pan «es pesado, agrio, de difícil digestión, da dolores de tripas y causa cólicos». Al lado de esta documentación se hallan en los archivos numerosos informes médicos advirtiendo de las sustancias «perjudicialísimas para la salud que se habían encontrado en el pan».
El número de muertos causados directamente por el hambre en Madrid aumentaba día por día. A salvo de una mayor precisión estadística, se ha considerado la cifra de fallecidos por esta causa en veinte mil, entre septiembre de 1811 y julio de 1812. Cualificados testigos de aquella tragedia nos han legado relatos de un tremendo realismo. El conde de Toreno recordaba aquella ciudad «hormigueante de pobres, en cuyos rostros representábase la muerte».
El relato de Ramón Mesonero Romanos, más prolijo, es una instantánea estremecedora de un Madrid «cuyo espectáculo no se olvida jamás; espectáculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos expirando en medio de las calles y en pleno día; los lamentos de las mujeres y los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras que eran recogidos dos veces al día por los carros de las parroquias (...) Bastaráme decir con un simple recuerdo que en el corto trayecto de unos trescientos pasos que mediaban entre mi casa y la escuela de primeras letras, conté un día hasta siete personas entre cadáveres y moribundos, y que me volví llorando a mi casa a arrojarme en los brazos de mi angustiada madre, que no me permitió en algunos meses volver a la escuela».
Pero ningún testimonio produce más honda impresión que la serie de 18 grabados salidos del genio de Francisco de Goya, agrupados en la colección de «Los desastres de la guerra» que había comenzado en 1810. Esta serie de tintas y aguafuertes, algunas de conservación muy deficiente, lleva títulos como «Cruel lástima» (lám. 48), «Caridad de una mujer» (lám. 49), «Gracias a la almorta» (lám. 51), «¿De qué sirve una taza?» (lám. 59), «Las camas de la muerte» (lám. 62) o «Carretadas al cementerio» (lám. 64).
Tal situación de horror se creyó aliviada a mediados de agosto de 1812, cuando el ejército hispano-inglés, tras la victoria de Arapiles y la toma de Valladolid, pudo avanzar hacia Madrid. Pero el problema continuó, pues todavía un mes después se denunciaba el «triste espectáculo de las calles de esta población donde tantos infelices víctimas de la miseria, tendidos en el suelo, se morían de hambre». Porque el problema no estaba afectando solo a la capital, donde la situación no era sino un reflejo, ciertamente acentuado, de cuanto sucedía en el entorno.

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