
En las distintas versiones de Miguel se han detectado amplias firusas y contradicciones / DÍAZ JAPÓN
La desaparición, primero, y confirmación (entre comillas, porque es la palabra de los asesinos) de la muerte de la joven sevillana de 17 años Marta del Castillo Casanueva ha conmocionado a la opinión pública desde el pasado 24 de enero. Pero hoy, sin cuerpo del delito y sin que hayan transcendido más indicios que los continuos cambios de versión del asesino confeso, Miguel C.D., parece que estamos en el mismo punto donde comenzamos.
La primera versión, cuando Miguel admitió el crimen ante el juez, derrumbándose por la presión policial y sin coartada para las últimas horas de la tarde del invernal día de autos, e implicó como colaboradores en el encubrimiento del homicidio a sus amigos Samuel B.P. y «El Cuco» parece hoy la más creíble, pero la Policía pone en tela de juicio todas sus palabras habida cuenta de las mentiras que se han ido sucediendo. Dijeron que habían arrojado el cuerpo al río, se puso en marcha un vasto dispositivo de búsqueda, y nunca apareció entre las fangosas aguas del Guadalquivir. Lo mismo ocurrió con el arma del delito, que sostuvieron había sido un cenicero, que envolvieron en la chaqueta de Miguel -donde sí aparecieron restos de sangre, al igual que en el escenario del crimen, la vivienda de la calle León XIII, en el barrio de Triana- y también lanzaron al Guadalquivir, y que, por supuesto, tampoco apareció.
Ante el juez y sus tres abogados -uno a uno han renunciado a la defensa del principal imputado por sus continuas variaciones sobre lo sucedido el 24 de enero-, Miguel parece dirigir su propia defensa mejor que ningún letrado. O está inspirado y asesorado por alguien. Esto es lo que, desde su primer vaivén en el testimonio original, piensa y defiende con ahínco el padre de Marta, Antonio del Castillo, que ayer volvió a aparecer en el programa «Rojo&Negro» de Telecinco para comentar que «Miguel podría estar encubriendo a alguien, que le habría amenazado de muerte» y al que le está dando tiempo con su peculiar juego con los agentes y el juez de Instrucción número 4 de Sevilla, que lleva este complejo caso.
Mentiras en todas las versionesLas mentiras de Miguel no sólo afloraron en su declaración inicial. Al modificarla repentinamente en una declaración ordinaria ante el instructor, en la que implicó a «El Cuco» como autor principal del crimen, se vislumbraron igualmente lagunas en sus palabras. El «careo» al que el juez sometió a los dos chavales evidenció que había amplias fisuras en las declaraciones y contradicciones entre ellos para, finalmente, reconocer ambos su cooperación en el crimen. Como versión final, transcendió la renovada confesión de Miguel acerca de que él y «El Cuco» -en un centro de internamiento de menores porque sólo cuenta con 15 años- violaron a la muchacha y, luego, el menor la estranguló con el cable de un ordenador. También comentaron que, para abusar sexualmente de ella, la amenazaron con una navaja y llegaron a hacerle un corte en la faz.
El objeto punzante lo habrían lanzado, al parecer, en la alcantarilla más próxima al domicilio de León XIII y el cuerpo del delito ya no habría sido trasladado en la silla de ruedas, como dijeron al principio, sino arrojado a un contenedor de basura de la misma calle, por la que transitan decenas de personas a la hora -21.30 horas- que Miguel dijo haberse desprendido del cadáver. Pero ni la navaja localizada por la Policía tras esta versión cerca de la casa ni los contenedores de la calle donde supuestamente se habrían deshecho del cuerpo continenen ningún resto de sangre o ADN (perecedero) de Marta del Castillo. Una prueba más de que algo «huele mal» en este caso, y que, según Antonio del Castillo, podría ser la muestra de que Miguel, desde dentro de la prisión de Morón de la Frontera habría telefoneado a alguien para que -¡oh! casualidad apariecese una navaja en la alcantarilla próxima a la casa donde se perpetró el crimen unas horas después de haber confesado que allí estaría-.
Junto a las mentiras de Miguel, traslucen también las de su amigo Samuel B.P., que ayer encontró en boca de dos amigos su perfecta coartada para la tarde-noche del día 24 de enero, si bien su novia dijo al juez que le perdió de vista durante dos horas. Y esto pese a que, una vez imputado por encubrimiento del crimen, lo admitió ante el juez, además de su colaboración en el traslado del cuerpo hasta el puente de la localidad de Camas desde el que se arrojó el cuerpo (en su primera versión).
Después se desdijo -como el resto- y optó por pedir a su abogado la testificación de varios amigos suyos con los que habría pasado la tarde del 24 de enero en la barriada de Montequinto hasta que fue requerido, a través del móvil, por allegados a Marta que le pidieron el teléfono de Miguel porque Marta no aparecía. Conforme a su última declaración, entonces acudió de inmediato a ayudar en las tareas de búsqueda de la joven desaparecida. Sin saber qué había pasado con ella y la cita que tenía esa tarde con Miguel, su amigo.
La última de las «tretas» que denuncian fuentes próximas al caso es el intento de suicidio de Miguel en la cárcel, en el baño con la puerta abierta, minutos antes de que todos los presos se sienten a cenar en el comedor, y con un «interno de apoyo» que lo acompaña «a sol y sombra» para evitar, precisamente, cualquier amago de querer quitarse la vida. Las mismas fuentes precisan que su carta dejada manuscrita entre sus enseres confirmando su cambio de versión -que la violaron, la mató «El Cuco» y tiraron el cuerpo al contenedor de basura- es el mejor intento de que cale su segundo mensaje y se siga buscando el cadáver entre los desechos del vertedero de Alcalá de Guadaíra, donde durante 11 días, ocho agentes de la Policía Judicial no han hallado ni un anillo de la joven muerta.
La primera versión, cuando Miguel admitió el crimen ante el juez, derrumbándose por la presión policial y sin coartada para las últimas horas de la tarde del invernal día de autos, e implicó como colaboradores en el encubrimiento del homicidio a sus amigos Samuel B.P. y «El Cuco» parece hoy la más creíble, pero la Policía pone en tela de juicio todas sus palabras habida cuenta de las mentiras que se han ido sucediendo. Dijeron que habían arrojado el cuerpo al río, se puso en marcha un vasto dispositivo de búsqueda, y nunca apareció entre las fangosas aguas del Guadalquivir. Lo mismo ocurrió con el arma del delito, que sostuvieron había sido un cenicero, que envolvieron en la chaqueta de Miguel -donde sí aparecieron restos de sangre, al igual que en el escenario del crimen, la vivienda de la calle León XIII, en el barrio de Triana- y también lanzaron al Guadalquivir, y que, por supuesto, tampoco apareció.
Ante el juez y sus tres abogados -uno a uno han renunciado a la defensa del principal imputado por sus continuas variaciones sobre lo sucedido el 24 de enero-, Miguel parece dirigir su propia defensa mejor que ningún letrado. O está inspirado y asesorado por alguien. Esto es lo que, desde su primer vaivén en el testimonio original, piensa y defiende con ahínco el padre de Marta, Antonio del Castillo, que ayer volvió a aparecer en el programa «Rojo&Negro» de Telecinco para comentar que «Miguel podría estar encubriendo a alguien, que le habría amenazado de muerte» y al que le está dando tiempo con su peculiar juego con los agentes y el juez de Instrucción número 4 de Sevilla, que lleva este complejo caso.
Mentiras en todas las versionesLas mentiras de Miguel no sólo afloraron en su declaración inicial. Al modificarla repentinamente en una declaración ordinaria ante el instructor, en la que implicó a «El Cuco» como autor principal del crimen, se vislumbraron igualmente lagunas en sus palabras. El «careo» al que el juez sometió a los dos chavales evidenció que había amplias fisuras en las declaraciones y contradicciones entre ellos para, finalmente, reconocer ambos su cooperación en el crimen. Como versión final, transcendió la renovada confesión de Miguel acerca de que él y «El Cuco» -en un centro de internamiento de menores porque sólo cuenta con 15 años- violaron a la muchacha y, luego, el menor la estranguló con el cable de un ordenador. También comentaron que, para abusar sexualmente de ella, la amenazaron con una navaja y llegaron a hacerle un corte en la faz.
El objeto punzante lo habrían lanzado, al parecer, en la alcantarilla más próxima al domicilio de León XIII y el cuerpo del delito ya no habría sido trasladado en la silla de ruedas, como dijeron al principio, sino arrojado a un contenedor de basura de la misma calle, por la que transitan decenas de personas a la hora -21.30 horas- que Miguel dijo haberse desprendido del cadáver. Pero ni la navaja localizada por la Policía tras esta versión cerca de la casa ni los contenedores de la calle donde supuestamente se habrían deshecho del cuerpo continenen ningún resto de sangre o ADN (perecedero) de Marta del Castillo. Una prueba más de que algo «huele mal» en este caso, y que, según Antonio del Castillo, podría ser la muestra de que Miguel, desde dentro de la prisión de Morón de la Frontera habría telefoneado a alguien para que -¡oh! casualidad apariecese una navaja en la alcantarilla próxima a la casa donde se perpetró el crimen unas horas después de haber confesado que allí estaría-.
Junto a las mentiras de Miguel, traslucen también las de su amigo Samuel B.P., que ayer encontró en boca de dos amigos su perfecta coartada para la tarde-noche del día 24 de enero, si bien su novia dijo al juez que le perdió de vista durante dos horas. Y esto pese a que, una vez imputado por encubrimiento del crimen, lo admitió ante el juez, además de su colaboración en el traslado del cuerpo hasta el puente de la localidad de Camas desde el que se arrojó el cuerpo (en su primera versión).
Después se desdijo -como el resto- y optó por pedir a su abogado la testificación de varios amigos suyos con los que habría pasado la tarde del 24 de enero en la barriada de Montequinto hasta que fue requerido, a través del móvil, por allegados a Marta que le pidieron el teléfono de Miguel porque Marta no aparecía. Conforme a su última declaración, entonces acudió de inmediato a ayudar en las tareas de búsqueda de la joven desaparecida. Sin saber qué había pasado con ella y la cita que tenía esa tarde con Miguel, su amigo.
La última de las «tretas» que denuncian fuentes próximas al caso es el intento de suicidio de Miguel en la cárcel, en el baño con la puerta abierta, minutos antes de que todos los presos se sienten a cenar en el comedor, y con un «interno de apoyo» que lo acompaña «a sol y sombra» para evitar, precisamente, cualquier amago de querer quitarse la vida. Las mismas fuentes precisan que su carta dejada manuscrita entre sus enseres confirmando su cambio de versión -que la violaron, la mató «El Cuco» y tiraron el cuerpo al contenedor de basura- es el mejor intento de que cale su segundo mensaje y se siga buscando el cadáver entre los desechos del vertedero de Alcalá de Guadaíra, donde durante 11 días, ocho agentes de la Policía Judicial no han hallado ni un anillo de la joven muerta.



