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Gurkas. Vidas de guerreros menesterosos

Tomaron las playas de Gallipoli durante la Gran Guerra (1914-18), combatieron en los desiertos de Persia en la Segunda Guerra Mundial (1939-45), se enfrentaron a los insurgentes comunistas en las

Actualizado 01/04/2007 - 10:28:03
Ek Bahadur Rana junto a su familia. Toda una vida de combate y sacrificios, para acabar recibiendo una pensión de 34 euros mensuales  Un pelotón de «gurkas» esgrimen sus famosos machetes «kukri» durante unas maniobras en Omán
Ek Bahadur Rana junto a su familia. Toda una vida de combate y sacrificios, para acabar recibiendo una pensión de 34 euros mensuales Un pelotón de «gurkas» esgrimen sus famosos machetes «kukri» durante unas maniobras en Omán
Tomaron las playas de Gallipoli durante la Gran Guerra (1914-18), combatieron en los desiertos de Persia en la Segunda Guerra Mundial (1939-45), se enfrentaron a los insurgentes comunistas en las junglas de Malasia en la década de los 50, reconquistaron las Islas Malvinas (1982) y, más recientemente, han sido desplegados en Kosovo, Afganistán e Irak. Y en todos estos lugares marcados con sangre y fuego han destacado por la bravura con que usaron primero el «kukri», su característico puñal de hoja curva, y luego las más sofisticadas armas de matar.
Ésta es la brillante hoja de servicios de los «gurkas» de Nepal, que sirvieron en el Ejército británico desde que, en 1816, el Imperio de su Graciosa Majestad se atribuyó el derecho a reclutarlos mediante el Tratado de Segauli. Pero, tras combatir heroicamente en todas las contiendas del siglo pasado y dar sus vidas por una nación que no era la suya, a los «gurkas» aún les queda por librar una última batalla: la del reconocimiento de sus derechos para lograr su equiparación con el resto de soldados británicos.
Aunque todos los militares del Reino Unido desfilan bajo la «Union Jack» y entonan el «God save the queen», hasta ahora había diferencias a la hora de licenciarse entre los que nacen en las islas y sus compañeros nepalíes. Unas desigualdades que se remontan a la época colonial, cuando los «gurkas» se integraban en el Ejército Británico de la India.
En virtud del Acuerdo Tripartido suscrito entre Gran Bretaña, Nepal y la India en 1947, los «gurkas» se repartieron entre las tropas británicas y las hindúes, pero sus salarios y pensiones quedarían fijados a partir de los baremos de éste último país, mucho más bajos que los europeos.
Para acabar con esta injusticia, el Ministerio de Defensa británico decidió a principios de marzo equiparar las pensiones que recibían los «gurkas» al retirarse tras 15 años de servicio, que hasta ahora eran de 145 euros al mes, con las del resto del Ejército, que ascienden a 803 euros. La medida, sin embargo, sólo afectará a los 3.300 que aún forman parte de sus tropas y a los que se hayan licenciado a partir del 1 de julio de 1997, cuando el cuartel general de los «gurkas» fue trasladado al Reino Unido tras la devolución de Hong Kong a China.
Esta distinción deja en la más absoluta precariedad a los 25.000 veteranos que componen la Organización de Ex Miembros del Ejército de «Gurkas», que ha emprendido una cruzada legal contra Londres para que reconozca los derechos legales de sus afiliados.
Algunos son ancianos que en su día combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Es el caso de Tul Bahadur Pun, que hoy tiene 86 años y fue premiado con la Cruz Victoria en 1944, o de Kamal Mohan Gir, herido por los japoneses en Birmania. En la actualidad, ambos deben mendigar cada mes ante el Centro de Bienestar de los «Gurkas», una especie de beneficencia del Ejército británico, para recoger la pensión de 25 libras (37 euros) que Londres considera apropiada para el nivel de vida de Nepal, uno de los países más pobres del mundo y donde el 80 por ciento de sus 23 millones de habitantes subsisten bajo el umbral de la miseria.
Igual le ocurre a Ek Bahadur Rana, que a sus 75 años malvive con su familia en una inmunda chabola del distrito de Tanahun, en Katmandú. «Como hacíamos muchos campesinos nepalíes en esa época, me alisté en el Ejército Británico cuando tenía 17 años porque en mi casa éramos muchos hermanos y mi padre no podía darnos de comer a todos», relata a ABC este veterano de guerra, que luchó contra la guerrilla comunista de Malasia desde 1950 hasta 1956.
Entre fango y mosquitos
«Pasábamos seis meses seguidos al año patrullando por la selva, con el fango hasta las rodillas y los mosquitos picándonos por todas partes», recuerda emocionado Ek Bahadur, quien vio morir a varios de sus compañeros de pelotón. «Nos tendían emboscadas constantemente; las balas silbaban a nuestro alrededor mientras las bombas estallaban a pocos metros. Teníamos suerte si veíamos al enemigo dos segundos antes que él a nosotros. Si no, todo se había acabado y eras hombre muerto», sentencia.
Milagrosamente, Ek Bahadur Rana salió con vida del infierno malayo y, tras pasar un par de años en Hong Kong, se licenció en 1959. Pero lo que le esperaba como civil no era mucho mejor. «A pesar de mis condecoraciones, me dieron 1.900 rupias hindúes (27 euros), una miseria», se queja el ex soldado, quien empezó a trabajar como cocinero en la Embajada británica.
A los 65 años, comenzó a percibir una pensión mensual de 600 rupias nepalíes (6,7 euros) que ya ha subido hasta las 3.000 rupias (34 euros), pero necesita el triple para sacar adelante a los siete miembros de su familia que comparten el mismo techo: su esposa, sus dos hijos, su hija, su cuñado y dos nietas.
La casa, construida con los fondos que recibe del centro de asistencia de los «gurkas», es un cuchitril enclavado en uno de los barrios más pobres de Katmandú, donde la electricidad sólo llega dos horas al día y por cuyos callejones corren las aguas fecales porque no hay un sistema de saneamiento público. Triste destino para un héroe que arriesgó su vida por el Imperio, ya que los «gurkas» son famosos por su valentía en el campo de batalla. Así lo acreditan las 6.500 condecoraciones recibidas, entre las que figuran 13 cruces Victoria y una del Rey Jorge, pero, sobre todo, los 45.000 caídos en acto de servicio y los 150.000 heridos registrados entre sus filas durante los dos últimos siglos.
«Nuestro objetivo es acabar con la discriminación, conseguir la igualdad y tener los mismos beneficios médicos, sociales y educativos que los otros militares, ya que el Reino Unido se ha aprovechado de nosotros», denuncia Mahendra Lal Rai, que sirvió entre 1974 y 1994 y ahora es el secretario de GAESO. Al licenciarse, decidió seguir luchando, aunque él escogió el ámbito legal.
Muchos otros ex «gurkas» no tienen más remedio que enrolarse como mercenarios en Irak o trabajar «sin papeles» como guardaespaldas para oscuras compañías de seguridad privada en Japón, Singapur o Malasia.
Uno de ellos era Shyam Lal Pun, que sirvió en el Ejército británico desde 1975 hasta 1990 y, tras licenciarse con una exigua pensión, se vio obligado a probar fortuna primero en Brunei y luego en Irak. En este convulso país, donde trabajaba como guardia de seguridad, fue asesinado en abril de 2004 al caer en una emboscada de la insurgencia. «Si mi esposo hubiera recibido una jubilación adecuada, jamás habría tenido que marcharse y hoy lo tendría a mi lado», se lamentó su viuda, Phul Maya Pun, a la comisión internacional que redactó el informe «Gurkas, los veteranos olvidados» en diciembre de 2005.
En esta misma situación de abandono también quedó P.B. Sumwan, que tiene 63 años y emigró a la India como vigilante de una fábrica porque el Ejército británico premió su década de servicio (1961-71) y sus condecoraciones en Indonesia y Brunei con 20.000 rupias (226 euros). Según explica desengañado, está dispuesto a librar su última batallaporque «arriesgué mi vida, di los años más preciosos de mi juventud y ahora no tengo nada, ni siquiera una miserable pensión».

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