Familia - Vida sana

Anticipar el estrés: cuando la auto-exigencia se convierte en nuestro peor enemigo

El cuerpo responde con alteraciones del sueño, taquicardias, hiperventilación, sudoración excesiva o temblores

Este «estrés anticipado» genera tanta frustración y falta de confianza en uno mismo
Este «estrés anticipado» genera tanta frustración y falta de confianza en uno mismo - FOTOLIA

Los preparativos de las vacaciones de verano son una fuente de estrés que suele empezar a manifestarse con varios meses de antelación en personas con perfiles ansiosos. Entre la ronda de consultas por las agencias de viaje, el intento de cuadrar fechas con la pareja o amigos y, en definitiva, dejar todo bien atado para disfrutar de unos días perfectos, el cuerpo permanece en un constante estado de alerta que no es beneficioso para la salud.

Este «estrés anticipado» genera tanta frustración y falta de confianza en uno mismo y en aquello a lo que nos enfrentamos que en un extremo puede llegar a incapacitarnos para hacer frente a las demandas del entorno. Si la procrastinación es la tendencia indómita de aplazar tareas que nos producen pereza, en estos casos en los que nos pueden las prisas por tenerlo todo hecho –y muy bien hecho– se puede hablar de «precrastinación». El precrastinador adelanta las acciones que tiene que llevar a cabo en determinados periodos de tiempo parea evitar enfrentarse al estrés en los últimos momentos.

Si la procrastinación es la tendencia indómita de aplazar tareas que nos producen pereza, en estos casos en los que nos pueden las prisas por tenerlo todo hecho se habla de «precrastinación»
«Si no se gestiona bien, esto también va a generar estrés, más bien una “anticipación del estrés”», explica Rocío Martín Serrano, psicóloga General Sanitaria. «Cuando se realiza dicha anticipación ya existe un estrés previo desadaptativo que impide un desarrollo funcional de la persona en las circunstancias en las que se desenvuelve». Según la experta, cuando estamos en una situación así «percibimos los estímulos como una amenaza a nuestros propios recursos personales». ¿Tenemos todo en contra? No: sobredimensionamos el hecho que nos preocupa hasta convertirlo en un gigante que nos produce tanto pavor que acaba por paralizarnos.

Aunque normalmente no le concedemos importancia a esta especie de comportamientos obsesivos lo cierto es que pueden generarnos consecuencias psicológicas relacionadas con el incremento de miedos e inseguridades, bajo estado de ánimo y conductas compulsivas. «Estas consecuencias a corto plazo pueden derivar además en síntomas fisiológicos», explica la psicóloga. «Alteraciones del sueño, taquicardias, hiperventilación, sudoración excesiva o temblores» son los más comunes.

¿Por qué nos ocurre esto?

Tiene que ver con las expectativas que originamos. De hecho, la principal causa de la anticipación del estrés, según Martín-Serrano, es «que nos marcamos unos objetivos que en muchos casos están fuera de nuestro alcance». Así que nos percibimos –y a veces lo somos– incapaces de controlar las anticipaciones. Nos frustramos. Dejamos de dominar el curso de los hechos. Saber dosificar nuestros esfuerzos es fundamental para controlar el desgaste físico y también emocional.

«La propia auto-exigencia es, en la mayoría de ocasiones, sinónimo de anticipación. Detrás de esta no-respuesta a las imposiciones a uno mismo existen sentimientos de frustración, culpa e incluso decepción. La auto-exigencia es buena hasta un punto, pero puede llegar a convertirse en nuestro peor enemigo si no la regulamos».

Cómo dejar de anticipar el estrés

El primer paso para superar esta ansiedad es reconocerla. «Solemos restarle importancia a este trastorno y sólo nos percatamos cuando aparecen síntomas fisiológicos que alertan de un mal funcionamiento psicológico». O sea, que el cuerpo nos previene de que en nuestra cabeza algo no está funcionando como debería. Escúchale, aunque sea tarde.

Cuando ya hemos «cacheado» a nuestro cerebro y encontrado el obstáculo debemos detenernos a analizar la situación. La incertidumbre juega en contra. Martín-Serrano aconseja que «si para ello hay que ayudarse de lápiz y papel y hacer una lista con las anticipaciones que nos están generando malestar, hagámoslo».

La tercera y última fase es quizá la más difícil: enfrentar el miedo que nos produce la situación. «Es la única forma de tomar el control y ver con claridad de qué manera podemos afrontarlo». «Es importante transformar la actitud catastrofista en una más objetiva que nos libre del malestar y nos permita flexibilizar la adaptación. Entonces podremos resolverla con éxito», dice la psicóloga.

Entre los ritmos que imperan en la sociedad presente, donde la gran cantidad de responsabilidades a las que estamos sometidos nos conducen a exigirnos méritos por encima de nuestras posibilidades, «es importante conocerse y saber hasta dónde podemos llegar con nuestros recursos personales. De lo contrario se producirá un desbordamiento y todo empezará a salir al revés de como lo habíamos planeado». Depende de nosotros recuperar el contacto con la serenidad y dejar de ser la pescadilla que se muerde la cola. Una vez más: actitud.

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