Familia - Padres e hijos

María, 23 años: «Tenía mucho miedo de enfrentarme sola ante mi nueva situación»

Menores y adolescentes llegan temblorosas a las residencias maternales en busca de una vida normalizada al ser rechazadas y maltratadas por sus familias o parejas

María juega con su bebé de 8 meses
María juega con su bebé de 8 meses - Inma Flores

A María, de 23 años, la despidieron cuando dijo que iba a tener un hijo. Vivía con su pareja pero ya no podían pagar el piso. Todo salió mal. Tenía poca relación con su madre y por eso llegó al Centro Maternal Norte de la Comunidad de Madrid. «Me hicieron una entrevista y estuve muy nerviosa. Tenía mucho miedo por la incertidumbre de lo que me esperaba al estar sola y embarazada. Al mes di a luz y me ha cambiado mucho la vida porque aquí todo son atenciones para mí y para mi bebé. Mi tutora es como una madre que me ha dado la paz y seguridad que nunca tuve y, además, me da fuerzas para luchar».

Acaba de conseguir un trabajo como costurera y es feliz. «Espero agotar toda mi estancia aquí. Quiero ahorrar y estar más preparada para afrontar con mi hijo un futuro que ya no veo negro».

María es solo una de las jóvenes de las 101 que atendieron el año pasado en la Residencia maternal Norte.

Asustadas, incluso temblorosas. Desoladas, perdidas y desconfiadas. Con la mirada inquieta ante la incertidumbre de emprender una nueva etapa en su vida. Así es como llegan la mayoría de las menores y jóvenes embarazadas, o con sus bebés ya en brazos, a la Residencia Maternal Norte, su última baza para salir adelante tras ver cómo sus múltiples intentos por tener una vida «normalizada» se desplomaban como un castillo de naipes.

Todas son víctimas de una desestructuración familiar que arrastran desde hace años. «Padecen una gran fragilidad emocional –asegura Ángeles San José, directora del este centro maternal, el único público de la Comunidad de Madrid–. Sus figuras de referencia las han maltratado física y psicológicamente, rechazado, abandonado... Sus padres y sus parejas les han fallado y hay que ayudarlas a ser conscientes de que les pueden seguir haciendo daño y deben aprender a gestionarlo para protegerse».

Cifras demoledoras

No resulta nada sencillo. La residencia no las desvincula de sus padres. Algunas familias están obligadas a colaborar con el centro para solucionar la situación y hay un seguimiento desde Servicios Sociales para que la causa que originó el problema se revierta. «Hay chicas, sobre todo menores, que insisten en volver a sus hogares porque aun siendo maltratadas, su familia es su familia. El 90% de estas jóvenes son víctimas de abusos sexuales intrafamiliares. Cifras demoledoras».

«Cuentan vivencias que después jamás vuelven a mencionar. Escuchamos testimonios que son más de lo que podemos llegar a soportar»
En esta residencia hay chicas de hasta 30 años de edad. El año pasado se atendieron a 101. Solo el 31% son inmigrantes, el resto españolas. Las menores llegan con situaciones legales muy distintas: o bien tuteladas –se suspende temporalmente la patria potestad de sus padres hasta que se resuelva el problema–, o en situación de guarda, que es una solicitud que realizan los propios padres a la Comunidad de Madrid porque atraviesan dificultades –desde un desalojo a un ingreso hospitalario que les impide cuidar de sus hijas–, aunque ellos mantienen la patria potestad. Las mujeres adultas también son derivadas por Servicios Sociales en situaciones de máxima complejidad.

Según apunta a ABC Carlos Izquierdo, consejero de Políticas Sociales y Familia de la Comunidad de Madrid, lo más importante para una persona en un momento de vulnerabilidad «es saber que tiene un futuro y puede volver a integrarse en la sociedad, y cuando, además, es una mujer embarazada o tiene un hijo menor de tres años, y quiere que su niño siga con ella, ponemos a su disposición recursos en torno a su inserción social y laboral».

La directora de esta residencia añade que el centro «no es un mero sitio donde tener techo y comida, que lo es, sino un lugar desde el que tomar impulso, reparar los daños que sufren y enseñarles a afrontar el futuro».

La directora de la residencia en la guardería que atiende a los bebés de las chicas
La directora de la residencia en la guardería que atiende a los bebés de las chicas

Nada más llegar pasan por una entrevista inicial con la directora y subdirectora del centro, una trabajadora social y la técnico asistencial. «Es una conversación muy intensa, demoledora. Cuentan vivencias que después jamás vuelven a mencionar. Escuchamos testimonios que son más de lo que podemos llegar a soportar. Para ser tan jóvenes sus trayectorias son muy extremas», confiesa Ángeles San José.

«Sienten una relación de afecto-odio con el centro porque les recuerda que algo en su vida no funciona y que quien les tiene que cuidar no lo hace»
Al principio acuden a uno de los 10 pisos de acogida de los que disponen. En total hay 53 plazas. En ellos están dos meses, tiempo para comprobar si encajan en el proyecto porque firman unos derechos y deberes que deben cumplir. «Llegan tan mal –apunta Susana Yoko, trabajadora social de la Subdirección General de Familia– que algunas tardan mucho en salir de su shock. La mayoría se desploma porque sienten un pequeño respiro. Tienen pocas fuerzas. Sienten una relación de afecto-odio con el centro porque les recuerda que algo en su vida no funciona y que quien les tiene que cuidar no lo hace».

Durante estos dos meses asisten al programa «Creciendo con mi bebé» para afrontar su maternidad, cuidarse tras el parto, prevenir accidentes con el bebé, cubrir sus necesidades de salud, higiene, afecto... Se completa con el «Proyecto Educativo Individual», en el que la tutora les explica lo que implica lo que les ha pasado en su vida y, además, analiza sus puntos fuertes y las fragilidades en las que van a trabajar: relación madre-hijo, sociabilidad, relación familiar, de pareja... Colaboran de manera conjunta para conseguir unos objetivos y ambas partes firman un documento que se remite a la Subdirección General de Familia, que supervisa su cumplimiento.

Cuando van a terminar esta etapa se evalúa si están en condiciones de pasar a un piso de consolidación dentro de la misma residencia. «Si es así, cuentan con diez meses para solventar sus dificultades, reforzar lo que se propuso al inicio, recibir apoyo psicológico, buscar un empleo o seguir formándose. Es la fase en la que son más proactivas», apunta Yoko.

Necesitan tiempo para ahorrar

En este periodo asisten a programas de autoestima, crecimiento personal, habilidades sociales, vínculo, apego... También cuentan con el programa «Casa viva» para dar calidez a un entorno que no tiene significado afectivo para ellas, pero donde van a vivir con sus hijos los próximos meses. Pueden estudiar, ir a clase, buscar trabajo o trabajar mientras sus bebés están en la escuela infantil de la residencia.

Si la joven se siente preparada puede acceder durante seis meses a un piso de autonomía. Suelen acudir aquellas que ya están trabajando y necesitan tiempo para ahorrar y recolocar su vida.

El último paso son los pisos de independencia, que son también compartidos y la supervisión es menor; la tutora pasa una vez al mes. En esta situación pueden estar un año.

La directora del centro asegura que «cuando finalizan su estancia están preparadas para vivir solas. Lo normal es que alquilen una habitación en un piso compartido. Nos visitan mucho porque se crea un vínculo con las educadoras y tutoras. Ellas las han ayudado a trabajar la autonomía y crecimiento personal porque, si no hay solidez personal, no salen adelante cuando han sufrido daños tan graves», concluye.

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