Hipersexualidad infantil: preservemos la niñez de nuestros hijos

Por Félix López Sánchez, catedrático de Psicología de la Sexualidad (Área de Psicología Evolutiva y de la Educación) de la Universidad de Salamanca

Actualizado:

La sexualidad infantil es un hecho (la curiosidad que les lleva a hacer preguntas, a jugar con los iguales... Esto está considerado como normal). Lo que no lo es tanto es la hipersexualización social que en una determinada sociedad como la nuestra, por ejemplo, se hace de los menores, especialmente de las niñas. Un tratamiento sexual, en el mejor de los casos, donde se las trata como adultas en la forma de vestirse, pintarse, moverse, adoptar posturas, etc. Son vistas como niñas seductoras y objeto de seducción. El problema llega hasta la primera infancia y se hace alarmante en la adolescencia.

Esta situación fomenta, aunque nunca justifique, que algunos varones, adolescentes, jóvenes y adultos las consideren seductoras y aumenten la probabilidad de interesarse sexualmente por ellas. No es la causa de los abusos sexuales, mucho más compleja, que siempre está en el agresor. Pero aun así, resulta más prudente que las menores no representen papeles que, aunque sean normales en adultas, resultan inadecuadas a su edad. Por otra parte, y esto sí que es lo más importante, los menores aprenden demasiado pronto imágenes, posturas y conductas relacionadas con la seducción, el deseo sexual y hasta las conductas sexuales para los cuales no están ni psicológica ni emocionalmente preparados.

Una televisión que usa la intimidad sexual y amorosa de forma escandalosa, una publicidad que la compra y la vende, un cine que con frecuencia usa el sexo como reclamo, sin que el guión lo requiera, una red de internet que permite el acceso a menores de edad ofreciendo contenidos pornográficos y violentos, etc,... Son múltiples los factores que hacen que nuestra sociedad esté muy lejos de proteger a la infancia en este campo.

Mi propuesta es que desde la escuela se incluyan contenidos éticos en educación sexual que hagan que las relaciones sexuales y amorosas no se conviertan en un «campo de minas», lleno de sorpresas y sufrimientos, errores y frustraciones, propias y ajenas.