MAYA BALANYA

«En diecisiete años han pasado por casa 40 bebés»

La historia de generosidad de esta familia es tan solo una más de las 26 que recoge el maravilloso libro de Olvido Macías, «Hogares compartidos» (LID)

MADRIDActualizado:

Inma cambió su trabajo como empleada de banca por ser madre adoptiva y de acogida. Hoy está atendiendo con un brazo al bebé de un mes que ha llegado a su casa hace dos semanas y con la otra acaricia a Pepe, el de tres años, que se ha dado un buen coscorrón. Pero ni ella ni su marido Vicente denotan ni un ápice de cansancio. Todo lo contrario. Cuenta divertida cómo cuando acude al centro de salud le preguntan, «a mis sesenta años, que si soy la madre. Y les respondo que sí, que soy su madre de acogida».

Este matrimonio es pura vitalidad, y en los últimos 17 años han acogido en su hogar a 40 niños. Cuatro de ellos se han tornado en hijos adoptivos. «Tener esta gran familia, que se parece a la ONU, es lo mejor que nos ha pasado en la vida. Esta es una labor muy bonita y que merece mucho la pena», asegura Inma, sin dejar de sonreír ni bromear en ningún momento. Su historia de generosidad es tan solo una más de las 26 que recoge el maravilloso libro de Olvido Macías, «Hogares Compartidos» (LID). «Casi todos estos niños vienen con distintos problemas. Sus madres no tuvieron embarazos controlados, o tenían antecedentes, o pertenecen a familias desestructuradas... Hacen falta muchísimas familias de acogida. No hay duda de que el desarrollo de un niño es mucho mejor en un hogar, con unos padres, hermanos, tíos... Y, en definitiva, con un adulto de referencia», apunta Vicente.

En este momento están en casa con su hija María José, Amor, el pequeño Pepe y el bebé. Este último parece tranquilo mientras duerme en el regazo de Inma, y solo se revoluciona cuando esta mujer lo intenta posar en el carrito para enseñar la casa, grande y muy luminosa, perfecta para una familia numerosa como la suya. Al fondo, un trastero donde tienen siempre preparada una cuna y todos los utensilios que pueda necesitar un pequeño de meses. A sus tres añitos Pepe, que llegó como acogida de urgencia con dos meses, no para. Inma está segura de que Pepe volverá con su padre. «Es un buen hombre, hay que ser generosos», dice.

Para esta familia todo comenzó en 2000, a raíz de un anuncio publicado en la prensa en la Comunidad Valenciana, de donde ella procede. Tuvieron que hacer un cursillo y lograr la idoneidad, pero antes de terminar la formación ya tenían en casa a José Vicente, un bebé que en ese momento tenía síndrome de abstinencia y que hoy es hijo suyo. «El bebé pasó 26 días en el hospital, luchando contra ese terrible síndrome con morfina. Además tenía anticuerpos de sida y de hepatitis B y C. Cuando mis hijos mayores le oían llorar, pensaban que el dolor se le pasaría con el chupete. Costó mucho que superara su situación».

Este niño en principio iba a ser una acogida temporal, pero se torno en hijo de adopción. La Administración, cuenta Inma, «tenía miedo de que el niño muriera de sida, pero a los 18 meses negativizó los anticuerpos». Hoy, José es un muchacho encantador que, a pesar de su hiperactividad y su déficit de atención, acaba de superar 4º de la ESO, y quiere estudiar para educador y trabajador social.

Por la sala de estar también se pasea Amor, hija de acogida permanente. Llegó a esta casa con tres años y ahora tiene 14. «Ella hace honor a su nombre, y nos ha llenado el corazón». Esta adolescente procedía de una situación terrible. Un día un hermanito suyo se cortó y todos menos ella se pusieron muy nerviosos. Inma le preguntó que si no le preocupaba y la niña respondió que, de donde ella venía, si te pegaban y te hacías sangre, «no pasaba nada». Ahora comienzan las preguntas, y las incertidumbres sobre su origen, a lo que Inma ha prometido que, igual que hizo con sus hijos mayores, cuando tenga 18 años buscarán juntos su origen, con la Comunidad Valenciana.

Nada se antepone ante esta familia de acogida, Cada llamada anunciando un nuevo bebé en casa es una explosión de alegría. «Toca zafarrancho de combate. ¡Hay niño! Siguen los aplausos, gritos de ¡bravo! y repartición de tareas. Si es muy llorón, nos toca hacer turnos», explica. Recuerda especialmente uno: «todo el día a lágrima viva. Estuvo ocho meses y era un no parar. ¡Qué vacaciones nos dio!». Es verdad que hay periodos que no acogen, porque para «"ejercer" este trabajo, hay que hacerlo bien. Son 24 horas», apunta Vicente. Pero normalmente tampoco aguantan mucho con el «nido vacío», como ellos mismos definen. Y es que, cuando un bebé se va, sienten enormemente su ausencia. «Todos y cada uno de ellos nos han robado el corazón», concluye Inma.