La pequeña María, de 9 años, (a la derecha) con Antonio Rodríguez, Pufrificación Sacristán, la hija de ambos y una amiga
Padres e hijos

«Cuando intentaba dar un beso a la pequeña María me decía: "besos no". Se me partía al alma»

Niños en centros de acogida o madres adolescentes encuentran en familias voluntarias una oportunidad de disfrutar con ellas unas vacaciones y "aprender" que vivir en un hogar con paz, amor y cuidados es posible

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Mientras el pasado año Antonio Rodríguez esperaba el turno para renovar su carnet de familia numerosa cogió un tríptico que anunciaba el programa «Vacaciones en familia» de la Comunidad de Madrid. Le pareció muy buena idea. A su mujer e hijos también. «Tuvimos varias reuniones en la Consejería de Políticas Sociales donde nos explicaron todo, entrevistas individualizadas con el personal responsable de este programa, visitamos el centro de acogida y conocimos a María, de 9 años, y un sábado pasó el día con nosotros para ver si congeniábamos e, incluso, compartimos algún día entre semana».

El 1 de julio pasado la pequeña salió de su centro de acogida con una escueta maleta en la mano y se subió al coche de Antonio Rodríguez y Purificación Sacristán que, acompañados por sus hijos y la abuela, se fueron rumbo a Valencia. Pasó un mes con esta familia entre la playa y el pueblo. «Se lo pasó de maravilla –recuerda Purificación–. Era muy risueña y obediente y, poco a poco, sacaba su personalidad según ganaba confianza».

«A los pocos días fue aceptándolo y por las noche me pedía "20, a mí 20 besos porfa". Fue muy motivador».

La trataron como a un miembro más de la familia. Esta madre explica que tiene por costumbre dar un beso de buenas noches a sus hijos. «Cuando lo intentaba con ella se apartaba y me decía "besos no". Se me rompía el alma. Se notaba que no estaba acostumbrada a recibir muestras de cariño. A los pocos días fue aceptándolo y por las noche me pedía "20, a mí 20 besos porfa". Fue muy motivador».

Mis hijas gemelas de 18 años intentaban entretenerla con juegos infantiles y me confesaron "mamá, pero si es que dice que no sabe porque nunca ha jugado". Me parecía increíble», señala Purificación.

«Si uno se encariña mucho, lo que es fácil, se puede sufrir cuando tienes que llevarla de regreso al centro de acogida»

Su marido Antonio Rodríguez añade que «cuando decides tener a un menor de estas características en vacaciones hay que tener muy claro que no es una acogida permanente y que, tras esta experiencia, recomiendan no tener mucho contacto porque ellos tienen su propia familia con la que se intenta por todos los medios que vuelvan. Si uno se encariña mucho, lo que es fácil, se puede sufrir. Cuando terminaron las vacaciones y la llevamos al centro nos sentimos muy mal. Lo que hay que pensar es en el bien que le has hecho. Por eso este año hemos decidido volcarnos de nuevo con quien nos asignen», concluye.

Lo mejor, vivir con su propia familia

Los expertos no tienen duda. Lo mejor para los niños es vivir con su familia. Sin embargo, no todos tienen esa suerte y hay pequeños que pasan su infancia en centros de acogida mientras se tramita una solución lo más óptima posible para su correcto desarrollo personal. Es por ello que diversas organizaciones se afanan en los meses de verano en localizar familias que quieran abrir las puertas de sus hogares para acoger en sus vacaciones a menores y jóvenes que viven en acogida o en situación complejas.

El consejero de Políticas Sociales y Familia de la Comunidad de Madrid, Carlos Izquierdo, apunta que cuentan con el programa «Vacaciones en Familia» por el que seleccionan niños de 6 a 16 años que puedan optar a esta posibilidad y, por otro lado, realizan campañas, cursos y charlas con las familias que se presentan para ver si son adecuadas para acogerlos.

«En nuestra comunidad hay 4.500 menores en acogida y 1.500 menores en residencias –asegura a ABC Carlos Izquierdo–, de los cuales una mayoría no pueden ir a familias por motivos concretos, como trastornos de conducta, discapacidad... El año pasado, un total de 79 familias acogieron a 83 niños de 17 residencias distintas».

Estas iniciativas suponen un gran impulso en su camino porque piensan: «yo también quiero tener una familia como la que he visto»

El acogimiento tiene una duración de entre quince días a un mes y medio. El grado de satisfacción de los menores es muy grande, es muy excepcional que surja un problema. «No hay que olvidar que esta iniciativa les saca de su rutina de un régimen de protección y les lleva a escenarios más deseables en los que reciben mucho más cariño, compromiso, cuidados, atención..., lo que es muy ventajoso para estos menores», matiza Izquierdo.

Añade que es una oportunidad de convertirles en testigos directos de hogares donde reina la paz y el cariño, «una realidad familiar desconocida para ellos porque en su mayoría han sido víctimas de maltrato, de abusos sexuales, de situaciones económicas muy complicadas. Les ayuda a percibir un modelo de familia que puede motivarles para imitarlo en un futuro».

Todos sufren carencia de amor y cuidados

El punto negativo es que, terminado este periodo, vuelven a su realidad y, por ello, el proceso de selección de estos niños es tan minucioso, «puesto que deben estar psicológicamente preparados para que la vuelta a su normalidad no les provoque un problema personal por sentirse más desgraciados por lo que no tienen».

A pesar de ello, Conrado Giménez, presidente de la Fundación Madrina, tiene muy claro que «la familia sana es el mejor medicamento para una familia enferma». Por este motivo, desde su organización cuentan con los «hogares madrina de verano», una iniciativa que pretende que las adolescentes embarazadas que son abandonadas o las jóvenes con bebés que no tienen medios económicos encuentren recursos para salir adelante.

En la Fundación Madrina necesitan 33 familias dispuestas a acoger este verano a madres jóvenes en dificultades

Conrado explica que la sociedad no conoce bien que existe este problema, «Hay familias que quieren ayudar y piensan en hacerlo en el Tercer Mundo, pero en nuestro país, a la vuelta de la esquina de su casa, seguro que hay mujeres jóvenes que son rechazadas por sus familias. Hasta aquí llegan todo tipo de perfiles, desde chicas sin estudios o inmigrantes, a jóvenes de familias adineradas e hijas de altos cargos. Luchamos por darles una nueva oportunidad y para ello necesitamos 33 familias dispuestas a acogerlas este verano para que aprendan lo que supone convivir en una familia donde el padre no pega a la madre, no abusa de ellas o no está ausente».

Todas ellas sufren carencia de amor, atenciones y cuidados. Cuando tienen a sus bebés en brazos no saben atenderles porque nadie les ha enseñado a transmitir ese amor. «Por eso, estas experiencias vacacionales son tan importantes: aprenden mucho más de lo que ven hacer conviviendo en una familia normalizada que de lo que les digamos nosotros en una clase. Tras este periodo las chicas tiene más ganas de salir adelante. Supone un gran impulso en su camino porque piensan «yo quiero ser también así, como la familia que he visto». No cabe duda —lamenta el presidente d ela Fundación Madrid— de que la institucionalización de estas mujeres lleva a la institucionalización porque, si no se les ayuda, suelen replicar el modelo con sus hijos».