Familia - Padres e hijos

«El cine ha dado un percepción equivocada de los niños superdotados»

Lea Vélez, autora de «Nuestra casa en el árbol», reclama más recursos para los niños con altas capacidades

Lea y la casa que construyó ella sola
Lea y la casa que construyó ella sola - BELÉN DÍAZ

Lea Veléz proviene de una familia muy singular. En ella la inteligencia superior es lo normal. Su hermano mayor pertenece a Mensa, la Asociación de Personas de Alto Cociente Intelectual y ella misma tiene una inteligencia de más de 150 puntos. Por eso no es de extrañar que sus hijos tengan altas capacidades. Pero esto, lejos de proporcionarle siempre satisfacciones, también le ha traído lágrimas. Porque en la vida de Vélez ha habido muchos momentos amargos: Se quedo viuda muy joven. El cáncer, ese enemigo silencioso, se llevó a su marido y se quedó sola, criando a dos niños fuera de serie. Pero no se amedrentó. Lea luchó por lo suyo, por los suyos como una leona y para poder contar su experiencia y su catarsis, escribió un libro, —Nuestra casa en el árbol (Destino, 2017)—, una novela semi autobiográfica en el que de una manera sentimental, agridulce y romántica, narra la evolución de una familia en la que los tres pequeños también son muy inteligentes.

Familias incomprendidas

La autora describe sus vivencias como madre de unos hijos de altas capacidades y su versión en la novela. «Realmente no es como llevar una cruz. Va por rachas. En el libro, los niños son más pequeños que los míos y todavía no han asumido varias cosas tales como la muerte del padre y la escolarización. Entonces están más rebeldes a todo». Afirma que se aprende a gestionar la diferencia de sus hijos a golpes. «Lo que ocurre es que vas pasando etapas y vas aprendiendo a manejar sus rabias, sus enfados, su frustración...». Y matiza para que no todo parezca negativo: «Son niños que son muy alegres en algunos momentos y a la vez están muy frustrados. Son como el agua, que busca las grietas. Están siempre buscando la libertad».

En cuanto el posible sufrimiento, Lea aclara que sigue padeciendo pero que «me he cauterizado mucho porque vas adquiriendo herramientas para hablar con los profesores, para hacer entender las cosas. Los niños van aceptando una serie de normas y tareas que tienen que hacer por obligación y entonces la situación se relaja. Pero sí, se llora muchísimo. Yo he salido de reuniones con profesores hecha un mar de lágrimas de frustración». Vélez explica que «lo peor es darte cuenta que si les dieran una enseñanza acorde con su capacidad, serían mucho más felices y al mismo tiempo tendrían muchas más posibilidades de ser lo que quieren ser. Mi hijo tiene pasión por la Física y no le cuentan nada de esta materia. Ni siquiera les han enseñado qué es el sistema solar, qué es la gravedad, cómo se mueve la tierra, y sin embargo en lengua hacen muchas más cosas». Además, apunta que «a los niños les interesan muchos temas diferentes como los faraones y los dinosaurios, conocimientos que habría que explicarles de manera sencilla, adaptada para ellos».

Para Velez, el gran problema que tienen los niños de altas capacidades es el sistema educativo: «Creo que se estrella con todos los niños, no solo con los de altas capacidades. Pienso que, desde el principio, desde la primaria, los niños están infravalorados, todos. Claro, que si hablamos de niños de altas capacidades, entonces están mega infravalorados. En el colegio todo es muy repetitivo, muy memorístico, muy poco ingenioso y a los niños les encanta ser ingeniosos. A todos les encanta buscarles las vueltas a los mayores, ponerles en evidencia, no se les escapa nada... Los niños en general, y los de altas capacidades en particular, están mal atendidos».

«Sin contar —añade— con que les estamos coartando la imaginación. Los pequeños quieren estar en ese mundo imaginario de los disfraces, del terror, del miedo. Sin embargo —añade—he descubierto que esto en el colegio se quita, se paraliza. Se les obliga a estar todos sentados, sin posibilidad de creatividad». Lea Vélez se lamenta de que no se escucha a los niños «hemos creado una imagen de cómo son y como deben ser, de tal manera que nos hemos olvidado de cuando fuimos niños».

La autora explica que uno de los grandes problemas que tiene la sociedad sobre a percepción de los menores con altas capacidades es que se cree que «los niños superdotados son los que nos muestra el cine, que con dos años tocan el violín o que con cuatro ven una fórmula matemática y la resuelven. Y no. Tienen que aprender matemáticas primero. La posibilidad de entender más rápido y de colocar las cosas mentalmente y retenerlas es una capacidad, un don, pero hay que alimentarla. Hay que estar constantemente proporcionándoles conocimiento y enseñándoles».

BELÉN DÍAZ

En cuanto al libro, la autora explica que, en realidad, éste no le supuso una catarsis: «La catarsis no es el libro, es la casa. El libro ha sido una manera de fijar en el papel la historia de mi vida. Para mí, construir la casa supuso mucho. Me pillo justo entre dos proyectos y no tenía nada que hacer. Dejaba a los niños en el colegio, en dónde yo sabía que no estaban bien y lo que deseaba, por encima de todo es que fueran felices. Habían sufrido muchas mudanzas, cambio de centro escolar, muerte de su padre... Entonces quise llenar el hueco que había dejado mi marido. Él era un fan del bricolaje y no quería que les faltara su presencia. Así, les prometí que les construiría una casa un poco para obligarme. Pero fue difícil, muy difícil».

Vélez hace la comparación de la construcción de la casa con su trayectoria. «Cada día pones un tablón. En el fondo es una metáfora de mi vida... Me fui construyendo una nueva base vital tal y como estaba haciendo con la casa. Lo único que hice fue descubrir por mí misma lo que los psicólogos y psiquiatras llaman terapia ocupacional. Trabajando se olvidan las penas. Conseguí hacer algo importante. A la vez que la casa iba avanzando, mi vida también iba tomando su rumbo». «Por otra parte, para mí era importante enseñarles a mis hijos que una mujer no necesita un hombre que le sujete el tablón por el otro lado. Hice la casa sola y mis hijos están muy orgullosos de mí. Pero no tiene mérito ser una gran madre cuando se tienen grandes hijos. Además todas las madres son grandes madres».

La escritora realiza un alegato a favor de la maternidad: «Muchas veces se escribe de la maternidad excluyendo al hijo ¡Pero si es que va junto! Es un tándem. Si haces cosas grandes por los niños, ellos hacen cosas grandes por ti. Los niños te lo devuelven todo, te enriquecen. Creo que esa es la base de la educación. Y el en colegio pasa lo mismo. Si los niños admiran, respetan a su profe y le quieren, dan el 100%, y si no, deciden que están en el aula porque tienen que estar ahí, porque es una rutina, una obligación».

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