En el carrusel del colegio se puede incorporar una silla de ruedas para el disfrute de todos
En el carrusel del colegio se puede incorporar una silla de ruedas para el disfrute de todos - Maya Balanya
Ocio para todos

«Es una pena que tu hijo esté apartado mirando cómo juegan sus amigos»

Escuelas Bosques ha puesto en marcha un patio inclusivo, en el que los niños con discapacidad pueden jugar como uno más

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Que salir al recreo del colegio es uno de los momentos del día que más atrae a los niños no es ningún secreto. Sin embargo, la hora del patio no la viven igual todos los niños, sobre todo aquellos que padecen una discapacidad. Estos alumnos suelen agruparse en una esquina del colegio y mientras toman su bocadillo sentados en sus sillas de ruedas o apoyados en sus muletas observan cómo el resto de los niños corre de una lado a otro jugando al pilla pilla o al fútbol.

El recreo supone para estos pequeños uno de los momentos más duros de su jornada escolar, puesto que cuando están dentro de clase, sentados en sus pupitres, las diferencias entre alumnos no son tan notables y trabajan en grupo igual o mejor que cualquiera de sus compañeros.

Conscientes de esta situación, muchos centros rediseñan sus instalaciones con rampas, bordillos rebajados... Pero no es suficiente. Así al menos lo considera Isabel María Calvo, directora de Escuelas Bosques, un centro de Madrid que cumplirá 100 años el próximo curso, y que hace años salvaron los desniveles del suelo, quitaron todos las aceras y bordillos, arreglaron el suelo para que las raíces de los árboles no fueran un impedimento o causa de accidentes. «Aún así, los niños con discapacidad –el 10% del alumnado– seguían sin poder participar y durante el recreo continuaban mirando cómo el resto de compañeros se montaba en los columpios o jugaba a ver quién llegaba primero a un árbol», explica la directora del centro.

El juego, un derecho

Para acabar con esta situación de desventaja, la arquitecta Sandra Pereira, madre de un alumno con discapacidad de este colegio, planteó a la dirección de Escuelas Bosques la posibilidad de modificar el patio para hacer que el juego fuera verdaderamente igual para todos.

El suelo se cubrió con caucho por lo que es blandito y cómodo para que nadie se haga daño al caer o rodar por él

Fue así como se pusieron en contacto con la Fundación Lukas, una organización que considera que todos los niños, tengan o no discapacidad, tienen derecho a tener un parque donde jugar y compartir para que la integración sea una realidad. «Conocimos el estado del patio de este colegio y que la Comunidad de Madrid destinaría parte del presupuesto a las infraestructuras de suelo y nos pusimos manos a la obra para tener un patio de integración», apunta Elena Guembe, responsable del proyecto y patrona de la Fundación Lukas.

Sin peligro

Aseguran que el coste total fue de unos 23.000 euros, al que hay que sumar la labor de voluntariado, como el tiempo invertido por Sandra Pereira en reuniones para la realización del proyecto, selección de juegos, contactar con empresas, seguimiento de la obra...

Se aprovechó la orografía del centro para hacer una pendiente en el terreno del patio «que resultaba muy interesante para que los niños se tirarán por él, rodaran o gatearan. Además, el suelo se cubrió con caucho de colores por lo que es blandito y cómodo para que nadie se hiciera daño al caer o rodar por él. En realidad, el suelo en sí ya es suficiente motivo de juego», matiza Elena Guembe.

Sobre este espacio se colocó también un tobogán accesible para todos, en este caso doble, para que puedan tirarse dos niños a la vez, lo que favorece el juego compartido.

Otro de los columpios estrella es el carrusel. «Buscamos para este espacio columpios de integración que no tienen un coste más elevado que los que no lo son —matiza la patrona de la Fundación Lukas–. El carrusel es de inclusión porque puede acceder directamente una silla de ruedas al propio columpio y el niño con discapacidad motora puede compartir el juego con niños sin discapacidad sintiendo que su integración al grupo es total. Tal ha sido el éxito de esta propuesta que ha habido que establecer turnos porque se peleaban por subir. Ahora saben también lo que es tener paciencia».

Diversión asegurada

Este espacio se completa con una casita donde los niños entran y salen sin dificultad y que tiene doble funcionalidad, tanto para trepar como para gatear. «Se suben, se tiran y los que más dificultades motóricas presentan pueden agarrarse a unas barras y levantarse y desplazarse de forma autónoma, lo que les hace potenciar sus habilidades y sentirse más seguros», explica la directora del centro educativo.

Este nuevo ocio en el patio tiene un doble beneficio, según los responsables de este colegio, puesto que por un lado facilitan que los niños con discapacidad puedan participar, divertirse y dejar de sentirse diferentes a los otros compañeros y, por otro, al resto de alumnos les ayuda a concienciarse de las dificultades que antes tenían sus amigos y de su integración actual a una vida normalizada.

Susana Gallego tiene en Escuelas Bosques dos hijos sin discapacidad. «Ser testigo de cómo juegan con compañeros con discapacidad sin hacerse daño es estupendo. Los niños tienden a jugar juntos por naturaleza, pero si el entorno no es favorable, lógicamente los que presenten más dificultades o corran peligro de hacerse daño quedan apartados. En clase interaccionan en grupo, al igual que en las funciones de fin de curso, los bailes... porque así se lo indican los profesores. Sin embargo, el patio es de elección libre y juegan con quien ellos quieren. Con patios inclusivos se favorece que se relacionen entre todos. Para ellos es algo muy natural, pero para nosotros, que somos adultos, es un orgullo», confiesa.