«El objetivo de una escuela no es transferir conocimientos, es educar a la persona»

Xavier Aragay, autor de «Reimaginando la educación», asegura que estamos en una «primavera pedagógica» que busca nuevos caminos

MADRIDActualizado:

Xavier Aragay lleva más de 25 años dedicado a la educación, pero tiene la vista puesta en 2040. Así lo afirma una y otra vez en esta entrevista el que fuera fundador y director-gerente de la Universitat Oberta de Catalunya y director general de la Fundació Jesuïtes Educació, desde donde ha diseñado, impulsado y liderado el proyecto Horizonte 2020, una guía de buenas prácticas de universidades europeas.

Actualmente encabeza el Reimagine Education Lab, un equipo que tiene por objetivo acompañar, estimular y llevar a la práctica procesos y experiencias de innovación avanzada en instituciones educativas mediante modelos de evaluación de impacto y reimaginación de la educación. Este es el nombre, además, de su último libro, «Reimaginando la educación, 21 claves para transformar la escuela».

—Este es un libro muy distinto, sin soluciones técnicas, mapas y esquemas para avanzar en el mundo del cambio educativo. ¿Cuál es su objetivo?

—Tampoco encontrarás profundas explicaciones de por qué debemos hacer el cambio o avanzadas teorías e indicaciones de cómo realizarlo... Ya existen muchos libros que cuentan todo eso, pero a menudo no desarrollan lo que, a mi entender y de acuerdo con mi experiencia, puede ser esencial para poder realizar un cambio profundo en la educación. No es un libro largo ni complejo. Y por supuesto no es un manual al uso. Es un libro que quiere involucrarte; que quiere ayudarte a reflexionar, a cambiar la mirada.

Porque creo firmemente que la educación es la mejor herramienta para cambiar el mundo, y debe transformarse. Hay cambios necesarios, inevitables, y la escuela, tal como la conocemos, reclama que todos y cada uno de los actores que forman parte de la comunidad educativa unan fuerzas, sueñen y trabajen colectivamente para alcanzar el horizonte del cambio. Los miedos, por supuesto, y las limitaciones que nos autoimponemos, sobre todo las inercias, deben dejarse atrás. Soñemos, recuperemos la idea de que educar a la persona es lo más importante. Arriesguémonos a dar el salto y a aprovechar la existente primavera pedagógica que busca nuevos caminos para la educación.

Hay una primavera pedagógica porque hay brotes, y porque ha nacido desde abajo. Maestros, profesores, directivos, padres y madres están planteándose que la educación tiene que cambiar. No podemos hacer un fraude y mantener la inercia de la educación. Por eso he escrito este libro. Tanto en el proyecto Horizonte 2020 como durante el último año he tenido la oportunidad de visitar más de 16 países e interactuar con los equipos de distintos colegios y universidades, que están haciendo cambios o preocupados por la innovación.

—De todos los colegios y universidades visitados, ¿qué proyecto le llamó más la atención?

—Que todo el mundo busca o intenta abrir el camino y que no hay un modelo que copiar. Esto es muy importante, lo que hay que hacer es salir de esa zona de confort. Básicamente, lo que ocurre es que la gente tiene miedo a experimentar, porque la escuela está siguiendo la inercia de los últimos 100 años. La escuela se basa en la inercia y en el control, y esto de hacerse preguntas y andar hacia nuevos caminos cuesta. Ese es otro de los motivos por el cual he escrito este libro.

—Pongamos que la educación debe reimaginarse pero esa transformación es complicada sin la convicción de todos los actores implicados. ¿Cómo se hace esto con profesores en una situación de precariedad laboral, por ejemplo?

—La realidad es muy cruda, y desde la crisis económica ha habido una larga lista de recortes inadmisibles en educación, pero una sociedad que no dedica recursos a la educación es una sociedad sin futuro. Pero ante esto tenemos dos opciones, digamos. Opción A: «esperamos a que se resuelva todo esto, y entonces vamos a innovar». Opción B: «con estos mimbres podemos hacer cosas».

—¿No se necesita dinero para estos cambios?

—No es imprescindible cambiar las leyes y tener más recursos. Ahora bien, con unas leyes distintas y más recursos podríamos hacer más cosas. Hay escuelas que las están haciendo y en contextos muy difíciles, por tanto, si lo están haciendo es porque se puede hacer. Hablo de actitud. Si el marco mental de un directivo, de un maestro o de un profesor es «no puedo cambiar», evidentemente es muy difícil que haya un cambio. Por eso en este libro doy instrumentos y elementos para que el interesado se prepare y trabaje mentalmente con su equipo y pueda afrontar un cambio de estos. Es un libro muy original, hablo de todo aquello que hace falta para cambiar la educación pero que nunca se hace.

—Educadores, alumnos, padres, administración educativa... hasta el entorno dice usted que forman el mapa de aliados. La realidad es que familia y escuela no van de la mano.

—Tiene razón, pero por eso mismo planteo que hay que revertirlo. Es una de las perversiones. Pero tanto los padres como la escuela han de trabajar juntos. Máxime cuando optamos por pedagogías activas, estos dos actores han de remar al unísono. Cuando hablo de toda la comunidad educativa hablo de soñar, de lo que llamo en mi obra «jirafear» o lo que es lo mismo, alargar el cuello para ver de dónde venimos y a dónde vamos. Hablo de crear un marco donde podemos ponernos todos de acuerdo.

Ya se están cambiando muchas cosas pero creo que hoy más que nunca debemos hablar del sentido de la educación, qué sentido tiene, cuál es la misión de la escuela. Porque el objetivo de una escuela no es transferir conocimientos, es educar a la persona.

—¿Deja la transmisión de conocimientos como objetivo de la escuela en un segundo nivel?

—Sí, porque cuando decimos que los dos están al mismo nivel no hacemos ninguno de los dos bien.

—¿Tampoco se hacen diferencias entre carreras técnicas?

—El problema no es humanístico o técnico. Nosotros vamos a tener en la escuela a un alumno durante 15 años. Es decir, una niña que ha empezado este mes de septiembre de 2017 estará en la escuela hasta 2032. Imaginemos que después va a la universidad y se pasa en ella hasta 2037, y supongamos que se pone a trabajar en serio en 2040. Nosotros debemos preparar a ese niño de tres años para este mundo, no para el que nosotros hemos vivido. Por tanto mis opiniones, las nuestras, se deben centrar en pensar qué elementos personales/profesionales vamos a tener que educar en estos 20 años, que es mucho tiempo. No nos podemos poner de acuerdo en unos rasgos personales que luego van a influir en lo profesional. La idea es que nosotros no podemos saber cómo será el mundo en 2040. Lo que sí sabemos es que en estos 20 años esta niña de tres puede aprender a ser creativa, flexible, saber trabajar en equipo, este conectada internamente con sus emociones, con sus deseos, que pueda construir un proyecto vital... Esto es lo más importante. La mitad de los contenidos que intenten enseñarle en 2040 estarán obsoletos. Tiene que aprender a aprender. ¿De qué sirve que sepan de memoria no sé cuantas cosas si no saben aprender a aprender?

—Pero tendrá que haber un conocimiento.

—Se está enfocando el contenido por el contenido, y no se está teniendo en cuenta que el contenido es una herramienta para formar personas que sean flexibles, curiosas, que sepan trabajar en equipo, que sepan quién son y qué hacen en este mundo. La transmisión, insisto, no puede ser un objetivo en sí mismo. Han de ser las dos cosas, pero una es más importante que la otra. La transmisión del conocimiento es una herramienta, es una excusa, una palanca para formar personas. Por eso las dos cosas no pueden ser iguales. Hay cantidad de jóvenes que saben muchas cosas pero no saben quienes son y a qué dedicarse. La desorientación es absoluta, porque les enseñamos contenidos, pero no les enseñamos a ser personas. Creo que en estos 20 + 5 años que transitan por el sistema deberíamos priorizarlo. En este sentido debemos arriesgarnos y no hacer por inercia lo que llevamos haciendo los últimos 20, 50 años, porque el mundo está cambiando. Y más que va a cambiar.