Familia - Educación

«Ya que no elegimos los cambios, vamos a gestionar el impacto que tienen en nosotros»

Tomás Navarro es el autor de Kintsukuroi, un libro que ayuda a curar heridas emocionales

«Ya que no elegimos los cambios, vamos a gestionar el impacto que tienen en nosotros»

¿Qué es el «kintsukoroi»? Pues un antiquísimo arte japonés que consiste en recomponer lo que se ha roto. Pero no pegando los trozos de cualquier manera: los maestros que realizan esta composición rellenan las grietas de oro o plata resaltando de esta manera la reconstrucción, porque una pieza reconstruida es símbolo de fragilidad, fortaleza y belleza.

«Kintsukoroi» (Zenith, 2017) es también el último libro de Tomás Navarro, en el intenta explicar que las heridas emocionales tienen cura y que las cicatrices esconden siempre una enseñanza.

-¿Es posible curar las heridas emocionales?

-Sí, si te empeñas, sí. Si no te esfuerzas, no. Hay gente que tiene el chip de la resignación, de «hemos venido aquí a sufrir y yo padezco y aguanto y no hago nada». Si no haces nada, el centro de tu vida va a girar alrededor de las heridas emocionales. Tu vida y la de los que tienes cerca. Y te vas a atormentar y vas a amargar a todos.

-Pero cuando algo nos hiere, siempre queda una cicatriz y las cicatrices, a veces, duelen.

-Depende, porque la cicatriz lo que te hace es recordar, y lo que hay que hacer es aprender de lo que nos ha hecho esa herida. No hay que recordar el sufrimiento. Cuando mires la marca, no tienes que rememorar el dolor, sino por el contrario, que fuiste capaz de superar ese padecimiento. Te hiciste daño, sufriste mucho, pero no fue en vano, por tanto, es bonito.

-Todos tenemos heridas sin cicatrizar. Nadie está sano del todo.

-Soy psicólogo, me dedico a esto y creo que tengo bastante cicatrizadas mis heridas, pero mañana puedo tener una nueva. Estamos expuestos constantemente a sufrir. El sufrimiento es colateral a la vida y por eso explico lo que hay que hacer cuando se sufre.

Hay gente que se queda marcada para siempre y a la que una lesión emocional puede hasta cambiarle el carácter.

-Cualquier herida o cualquier evento vital nos cambia. No podemos hacer como que no hubiera pasado nada. Cuando creemos o decimos que no nos ha afectado, nos estamos equivocando. Y si somos capaces de aprender algo de las malas experiencias, nos cambia para mejor. Si no somos capaces de aprender nada, nos muda a peor. Ya que no elegimos los cambios, vamos a gestionar el impacto que tienen. Depende de la estrategia de afrontamiento y el significado que le demos a lo que ha ocurrido, creceremos y seremos más fuertes, y nos sabremos capaces de superar adversidades o nos quedaremos anclados en ese sufrimiento. Así, si hay que llorar, se llora, que es bueno, es una emoción necesaria. Vivimos en una época en la que parece que la tristeza es mala y no puedes llorar y tienes que ser feliz sí, o sí. Y todas la emociones son necesarias.

-Las experiencias ajenas no consuelan nada, al revés, molestan.

-La gente con buena intención intenta consolar contándote su propia experiencia, pero las personas no reciben los golpes con el mismo impacto. La intensidad de una emoción, una adversidad o un sufrimiento depende de la vinculación emocional que tengas con lo que te ha provocado esa agitación. Pero la visión de los otros te pude ayudar a guardar la perspectiva. Así, hay que quedarse con la buena fe del que nos intenta consolar, pero puliendo las formas. Con estar al lado, ya basta. Escuchar más que hablar.

-¿Tenemos poca resistencia a la adversidad?

-Tenemos un grave problema a nivel educativo con nuestros hijos. No les instruimos en lo que tienen que aprender, enseñamos cosas que no necesitan. No explicamos como gestionar la adversidad. Por ejemplo, dos leoncitos en la selva, ¿a qué juegan? ¡A morderse! Es lo que se van a encontrar en el futuro, que tendrán que cazar y pelearse y están aprendiendo. Sin embargo, ¿qué se encontrarán nuestros hijos en el futuro? Tendrán infortunios que gestionar, frustraciones y problemas que superar. Y en la actualidad no se lo estamos enseñando.

Pues desde los grupos de What´s App de padres, al excesivo proteccionismo que se lleva ahora, no parece que estemos enseñando a los niños a sufrir mucho...

Es un tema delicado. No hay que hacer todo por ellos, pero tampoco hay que promoverles que sufran. Hemos pasado de un extremo a otro. No es cuestión de decir «no ha hecho los deberes, que se fastidie y que le castiguen». No, es mejor intentarles hacer ver lo que es su responsabilidad y forzar a que ellos mismos se den cuenta de sus deberes. No hace falta que se les castigue, porque son niños y se pueden despistar, igual que un adulto. Podemos acompañarles elegantemente. Lo que no podemos es eliminar cualquier opción a gestionar la adversidad. No hay que vivir todo, hay cosas que con describirlas ya se pueden aprender. No podemos eliminar los problemas de manera artificial, se les pueden quitar piedras de camino, pero no las ramas. Si los niños van superando pequeños retos en su infancia, cuando lleguen problemas mayores, podrán afrontarlos porque se sentirán seguros. Hay que aprender a tomar decisiones.

Hay gente que se lo echa todo a la espalda y finge que no pasa nada, pero por dentro están rotos. ¿Cómo se gestiona esta negación?

-Tenemos unas expectativas irreales de la vida. Castigamos de manera punitiva a quién muestra dolor por cualquier acontecimiento negativo. Lo normal es estar mal y hay que gestionarlo en el momento. Lo que no se gestiona se enquista. Y quizá algún día se infecte...

-¿Sufrimos por adelantado?

Claro. Es el fenómeno dentista: te duele la boca antes de que te hayan hecho nada. Cuando te pinchen ya te dolerá, pero no antes. Cuando ocurre esto llegamos al problema desgastados. Tenemos una energía que dedicamos a gestionar eso que no sabemos si va a ocurrir. Es la gente que llamo del género «Y si»: «y si me despiden, y si me caigo y si me sale mal...». Hay que pensar por probabilidades, no por posibilidades. Posible es todo, pero lo importante es cómo es de probable.

-¿Nos culpabilizamos mucho de lo que pasa y de lo que nos pasa?

Es un mecanismo de control que viene de muy antiguo y es cultural. Si quiero controlar a alguien le hago sentir culpable para que haga lo que yo quiero: «Tu verás, haz lo que quieras, pero atente a las consecuencias». La culpa es una estrategia de coacción que llevamos impresa en nuestro ADN. Tenemos un límite de responsabilidad. Tenemos que identificar aquello sobre lo que podemos cambiar, aceptar lo que no puede ser cambiado y diferenciar una cosa de la otra. Hay que trasformar la culpa en responsabilidad. Hay cosas de las que somos responsables y hay cosas de las que no. Hay que olvidar el concepto de culpa y asumir el de responsabilidad que es más constructivo.

-¿Como se gestiona la culpabilización de los problemas a los elementos externos?

-Analizar los motivos de algo está bien, analizarlos en clave de culpa, no. Hay que desvincular el problema de uno mismo y analizarlo objetivamente. Qué es lo que ha pasado, no lo que creo que ha pasado.

¿Hay que aprender a olvidar?

Sí, porque cuando no olvidas estás atado al problema toda la vida. Duermes, comes, paseas con él... No se pueden borrar las experiencias, pero es que no hay que borrarlas. Todo lo que nos pasa es de utilidad si podemos aprender algo. Los problemas nos permiten crecer.

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