«Dos niños con idéntico cociente intelectual pueden ser muy distintos desde el punto de vista cognitivo»

El CI es una puntuación general y como tal, aporta una información limitada

MADRIDActualizado:

¿Cómo se obtiene el cociente intelectual de un niño? ¿Cuándo debe medirse? y, sobre todo, ¿cómo se interpretan los resultados en la edad escolar? Jesús Jarque, orientador en Educación Infantil y Primaria de un colegio público y autor de numerosos libros relacionados con las pautas educativas, la pedagogía y dificultades de aprendizaje, lo explica así:

¿Qué es el Cociente Intelectual?

El Cociente intelectual (a partir de ahora, CI) es una medida general de la capacidad cognitiva de una persona, ya sea un niño o un adulto, y es el resultado de una división (edad mental entre edad cronológica x 100). La edad mental es la que se obtiene por medio de los test de inteligencia que miden esta variable. En realidad, es la puntuación promedio que los niños de determinada edad obtienen en el test.

El CI es una puntuación general; como tal, aporta una información limitada. Por ejemplo, dos niños pueden haber obtenido un CI de 97, pero ser completamente distintos desde el punto de vista cognitivo. Es algo similar a lo que sucede con la temperatura y el clima. Si nos dicen que en una ciudad están a 18 grados de temperatura, nos falta información para conocer el tiempo que realmente hace: no sabemos si está nublado o soleado, si está lloviendo, si hace viento…

Algo similar ocurre cuando solo aportamos el Cociente Intelectual. Por ejemplo, una puntuación de CI no nos dice si un niño padece dislexia, Trastorno del Espectro Autista, Trastorno Específico del Lenguaje (TEL), Trastorno por déficit de atención con hiperactividad o si el niño está sufriendo un estado de estrés emocional o de depresión.

¿Cómo se obtiene?

Para obtener el CI de un niño o una niña es necesario aplicarle una prueba psicométrica que efectivamente esté diseñada para medir el CI. Las pruebas que podemos encontrar en Internet para calcular el CI u otras pruebas que proponen una puntuación estimativa, no son ni válidas, ni fiables para conocer el CI de una persona. En España, tradicionalmente se han utilizado las Escalas de Wechesler en sus diferentes versiones y ediciones: el WIPPSI, para niños preescolares; el WISC, para niños y adolescentes; y el WAIS, para adultos. Pero también existen otras, como la Escala de Stanford-Binet. Solo pueden ser aplicadas por profesionales cualificados y cumpliendo unas estrictas condiciones de aplicación.

¿En qué consisten las pruebas de los test de inteligencia?

Los test que miden el CI, están formados por diferentes pruebas o substests: no se calcula el CI con una única prueba. Por ejemplo, para calcular el CI de un niño de Primaria o Secundaria, los test de inteligencia constan de unas 10 tareas. Las tareas que deben realizar en los test para calcular el CI, están relacionadas con diferentes aspectos:

Por un lado, un paquete de pruebas relacionadas con el lenguaje: vocabulario, razonamiento verbal, conocimientos acumulados, capacidad de inferir significados, etc. Otro grupo de pruebas están más relacionadas con el razonamiento perceptivo y no verbal: formación de figuras, encontrar relaciones lógicas… Finalmente, otras tareas están relacionadas con otras funciones cognitivas, como la memoria de trabajo auditiva y la velocidad de procesamiento. Por tanto, el CI es una puntuación global que resume el rendimiento en todas esas capacidades y aptitudes.

¿Cómo se interpretan los resultados?

La puntuación media o adecuada, sería obtener un CI de 100. Sin embargo, se considera también dentro del promedio las puntuaciones que van de 85 a 115. Las puntuaciones de 70 a 85, serían puntuaciones inferiores al promedio. Aquí es donde se sitúan las personas con capacidad intelectual límite. Las puntuaciones de CI menores de 70, implican un rendimiento muy bajo, y generalmente están asociadas a una discapacidad intelectual.

Por otro lado, las puntuaciones entre 115 y 130, se consideran puntuaciones superiores al promedio. Y las que superan el CI de 130, se consideran muy superiores y se suelen asociar a niños con altas capacidades intelectuales o sobredotados.

Pero hay otra interpretación de los test más cualitativa. Esta interpretación, aunque siempre es más subjetiva del evaluador, es también clave. Se refiere a cómo el niño afronta las diferentes pruebas y la calidad de sus respuestas. Por ejemplo, durante las pruebas se puede observar si un niño es impulsivo, si utiliza determinada estrategia, si aprende de sus errores; si es lento, pero seguro; si se frustra fácilmente, o si por el contrario es persistente. Otro ejemplo son las tareas relacionadas con el vocabulario: dos niños pueden obtener la misma puntuación correcta en la definición de una palabra, pero uno demuestra mucha más riqueza expresiva que otro.

Desde mi experiencia como orientador, en el que la aplicación de pruebas y tests es una de mis tareas cotidianas, puedo decir que los test de inteligencia me aportan un 40 % de información cuantitativa y un 60 % de información cualitativa. Por eso, cuando alguien me ha enviado los resultados de los test de su hijo para que le dé mi opinión, suelo comentarle: «solo veo el 40 % de lo que su hijo ha realizado, me falta nada menos que el 60 % de la información».

¿Se pueden contaminar o distorsionar los resultados de un test de inteligencia?

Por supuesto que sí. Pasa lo mismo que con cualquier test médico. Si uno acude a realizar un análisis de sangre después de haber desayunado, lo más probable es que muchos valores aparezcan alterados. La distorsión o la contaminación de los resultados puede producirse por multitud de causas. Estas son algunas de las más frecuentes:

La primera es que el evaluador no aplique correctamente la prueba. Los test tienen unas normas muy estrictas que si no se cumplen, los resultados pueden estar contaminados y por tanto, no tener validez. Por ejemplo, si un examinador ayuda al niño, más allá de lo previsto en el manual del test (que es bien poco), los resultados aparecerán «inflados». O si no sigue las normas de aplicación, no respeta los tiempos, «mete prisa», o es demasiado lento aplicándolo porque necesita leer continuamente el manual, los resultados estarán igualmente distorsionados.

En otros casos, es el propio niño y sus circunstancias el que puede distorsionar el test: por ejemplo, no se puede aplicar después de que haya realizado un examen; o en el caso del colegio, que la aplicación del test suponga perderse una clase de Educación Física, o que el niño venga amenazado o asustado, demasiado cansado o nervioso… El evaluador debe ser estricto con estas circunstancias y posponer la aplicación para otro momento mejor. Siempre es necesario crear un clima de confianza y de colaboración para su aplicación.

Otras circunstancias pueden ser que el niño no domine el idioma o tenga dificultades para comprender o expresarse, por ejemplo, un niño con trastorno específico del lenguaje. En el caso de los niños con déficit de atención y/o hiperactividad, la aplicación se tendrá que realizar en varias sesiones, aumentando la motivación y la capacidad de centrar al niño.

¿Es necesario aplicar test de inteligencia a todos los niños?

No, no es necesario. Los test que hemos citado y que se utilizan para conocer el CI, se aplican siempre de manera individual, nunca se aplican de forma colectiva. Aplicar de manera individual un test de inteligencia a todos los alumnos de un curso (50 alumnos aproximadamente) es una inversión de tiempo que no sé qué colegios se pueden permitir: en la enseñanza pública, al menos, eso es inviable. Pero además de inviable, mi opinión es que es poco productivo: ¿qué más da tener un CI de 97, de 101 o de 112?

Mi opinión como orientador, es que la aplicación de test para conocer el CI se realiza a determinados niños «diana»: aquellos que presentan dificultades significativas que le impiden funcionar en su vida escolar; o también a aquellos niños, que muestran un rendimiento excepcional y que probablemente necesitan otro tipo de respuesta educativa. Estos niños suelen ser detectados inicialmente por los propios maestros de aula.

Algunos centros, públicos, concertados y privados, sí aplican test o baterías de aptitudes, para conocer ese perfil de puntos fuertes y débiles de los niños. También supone una inversión de tiempo y de esfuerzo y posiblemente haya otras actuaciones que son prioritarias. La cuestión es tener claro para qué se aplican esas pruebas y qué se hace después con esa información que sea realmente práctico y eficaz.

¿El CI se puede mejorar o es un valor constante?

En teoría, el CI es un valor más o menos constante a lo largo de la vida. El CI medido en niños de Educación Infantil (de los 2 a los 5 años) sí es más variable, porque marca más bien el nivel de desarrollo que la propia capacidad intelectual del niño. Mi experiencia como orientador me ha enseñado que el CI es bastante constante a lo largo de la vida escolar de los niños. Quiero decir, que niños que valoré en 1º o 2º de Primaria que obtenían un CI de 75, inferiores al promedio, han ido manteniendo esa misma puntuación a lo largo de la escolaridad: un par de puntos abajo o arriba.

Eso no quiere decir que no mejorarán, lo que ocurre es que a medida que aumenta la edad cronológica, aumenta la exigencia de la edad mental. Aunque, efectivamente, la estimulación puede hacer que se mejoren diferentes capacidades cognitivas que miden los test de inteligencia. Pero también sucede que la estimulación mejora otras capacidades cognitivas, que los test de inteligencia no miden directamente: el control de la impulsividad, la capacidad de planificación, de anticipación, la flexibilidad mental…

En todo caso, yo nunca he visto que un niño que obtenga un CI promedio (por ejemplo, 105) a base de entrenamiento llegue a obtener un CI de 140 y por tanto, se convierta en superdotado. Ni tampoco lo contrario, que un niño con discapacidad intelectual, (un CI de 60) llegue a alcanzar un CI promedio.

¿Es un buen predictor del éxito escolar o social?

En el caso de los valores extremos, posiblemente. Quiero decir que el extremo inferior (CI inferior a 70) es un buen predictor de dificultades escolares y sociales muy importantes. Entendiendo por dificultades sociales, la capacidad de relacionarse, interaccionar y participar socialmente en las actividades habituales de las personas de su edad y en las mismas condiciones. Y en los valores del extremo superior (CI superior a 130) predice muy bien el éxito escolar y probablemente para los estudios superiores.

Pero el éxito social y el profesional dependen de otras variables que no aparecen en los test que miden el CI. Me estoy refiriendo capacidades como la planificación, la anticipación, la capacidad de aprender de los errores, de ser flexible, de tener autocontrol, de tomar decisiones. Y también de capacidades más relacionadas con cuestiones emocionales: capacidad de esfuerzo, de tolerar frustraciones, de fijarse metas, de aplazar recompensas inmediatas para conseguir otras a medio plazo, de resistencia en las vicisitudes, de empatía, de conectar con los demás, de ser asertivo, de hacer equipo… esas capacidades, no están en los test de CI.

Por eso, hay personas con un alto CI que «fracasan» en su vida, porque probablemente no disponen de esas otras capacidades. Lo que sí parece cierto es que un niño o niña, con un CI promedio, dispone de capacidad intelectual suficiente para obtener tanto éxito escolar, como éxito social. La realidad es que casi el 70 % de los niños (y de los adultos) dispone de un CI que se encuentra dentro de los valores promedio.

Entonces, ¿para qué se utiliza el CI?

En realidad, el CI se utiliza muy poco en la edad escolar. Es una puntuación que solo se tiene en cuenta cuando es necesario establecer un nivel de discapacidad intelectual, de capacidad límite o de sobredotación intelectual.

Al menos en el contexto escolar, los test de CI son un medio para conocer, los puntos débiles y fuertes de un niño, en aspectos verbales, perceptivos y en algunas funciones, como la memoria de trabajo o la velocidad de procesamiento.

Pero al menos, esa es mi experiencia como orientador, esa información es insuficiente. En los protocolos de evaluación psicopedagógica siempre se incluyen tests relacionados con las funciones ejecutivas, con las habilidades académicas básicas (lectura, escritura, cálculo…), la información que aportan los propios profesores y también la familia.

Y como decía anteriormente: el 40 % de la información la aportan los resultados numéricos de las pruebas; el otro 60 % de la información, es información cualitativa: cómo realiza las pruebas, que disposición muestra, por qué comete los errores, cómo consigue los aciertos….