Familia - Educación

«En internet se escribe con boli, no con lápiz: una vez colgado algo escapa a tu control»

Los autores de «Y luego ganas tú» hacen un alegato en contra del acoso escolar

De izqda. a dcha.: María, Javier, Andrea, Manu y Jedet
De izqda. a dcha.: María, Javier, Andrea, Manu y Jedet

El «bullying» está ahí. Siempre ha estado, pero no se reconocía, no se quería mirar o se consideraba que eran «cosas de niños». Pero no son chiquilladas. En plena era internet, el acoso puede llegar hasta dentro de tu casa, hasta tu intimidad... y hay quien no lo soporta y quien, con un grito que sale de dentro, lucha contra ello, se revuelve y acaba ganando.

Y de esto saben un poco Javier Ruescas, Manu Carbajo, Jedet, María Herrejón y Andrea Compton. Cuatro jóvenes amigos que han sufrido en sus carnes el mordisco del acoso escolar. Por ello, se unieron para escribir cinco historias, una cada uno, alguna autobiográfica y otras, no. Inspirados por la frase de Gandhi «Y luego ganas tú», que da título a su libro, quieren demostrar que se puede vencer a los acosadores y que hay gente alrededor que siempre estará a tu lado.

Este proyecto coral nació el día que Ruescas se dio cuenta de que se estaban escribiendo muchas cosas sobre las redes sociales y que él tenía a los amigos perfectos para hacer de altavoz ante la lacra del acoso en los colegios ya que todos tenían algo que contar: «Hablamos con la editorial y esa misma mañana nos compraron el proyecto. Teníamos un título y cinco autores que estaban pensando una historia. Y aquí está nuestro testimonio».

Experiencias dramáticas

Jedet abre fuego comentando que a día de hoy sigue sufriendo acoso. Esta «youtuber» absolutamente andrógina y genial no se corta al contar su experiencia, que incluye amenazas de desconocidos por la calle. «Mi historia es dura. Me avergonzaba de sufrir «bullying» y no quería que mis padres vinieran a buscarme al colegio porque me daba miedo que me insultaran delante de ellos. Luego llegaba a casa y tenía la frustración y el miedo y la rabia porque no se percataban de lo que me pasaba y me decían "¿Qué tal hoy?"». Y prosigue explicando su calvario: «No sabía como pedir ayuda... no sabía como contar que para mí ir al instituto era una pesadilla, no podía expresarlo...».

Este «youtuber», por ejemplo, también sufrió acoso desde los albores de las redes sociales. Estas han conseguido que el «bullying» sea más virulento, pero como explica Javier Ruescas «Ahora hay muchas más posibilidades de denunciarlo, la sociedad está más concienciada y existen más maneras de combatirlo. Antes, si no te sentías fuerte por tu cuenta o tenías el valor de contarlo a alguien, a tus padres, a un profesor... porque sentías que era un problema tuyo en vez de ser de los acosadores, estabas un poco desvalido. Hasta hace muy poco no se conocían maneras de luchar contra ello. Ahora hay asociaciones que apoyan a los que están siendo acosados y batallan contra este problema».

Por su parte, la historia de Manu pone el acento en los espectadores pasivos. No es autobiográfica, pero no deja de ser impactante por la edad de los protagonistas (12 años) y por la trama psicológica: El que era mejor amigo del acosado se convierte en el peor cuando se trata de darle de lado. Así lo explica el propio autor: «Lo que quería con mi protagonista es, de alguna manera, destacar el «bullying» pasivo, del amigo que no hace nada y me pareció interesante que fueran niños preadolescentes, porque siguen siendo niños pero quieren ser mayores».

El papel de la familia

María Herrejón se explaya hablando de sentimientos de rebeldía, de cómo expresar lo que se siente, y del apoyo de la familia: «Sufrí porque no se me daba bien seguir las normas establecidas y se metían conmigo por el físico. Los acosadores me intentaban reducir porque no funcionaba que yo siguiera las normas que ellos me querían imponer». En cuanto a expresar lo que se siente o lo que se está pasando, María aclara que «en mi caso no es que me diese vergüenza contárselo a mis padres, es que siempre he intentando enfrentarme a los problemas yo sola hasta que no he podido más. Pero es que mi madre me ha apoyado en todo lo que he hecho y me ha dado un amor increíble y así, sin saberlo me daba mucha fuerza, sabía que estaba protegida. Me daba un chute de energía para combatir a los que me estaban haciendo daño. Aparte, tenía otras cosas que restaban importancia a lo que me pasaba en el instituto y a la gente que no merecía la pena. Si no hubiese sentido ese apoyo, sí hubiese pedido ayuda a los cuatro vientos».

En esta mismo línea de apoyo familiar se expresa Jedet que no tiene más que palabras de amor para su madre: «Mi familia me da mucha fuerza, es lo me empuja a seguir: Ellos y mis amigas lo son todo. Yo no podría hacer lo que hago si no tuviera su apoyo. Mi madre siempre va a estar a mi lado. Antes no era tan tolerante, y no por nada, sino porque le daba miedo que me hicieran daño. Era ultraprotectora».

Manu apunta que, a veces, «el no querer contar a los padres lo que sucede en el centro escolar es porque les quieres y lo que menos deseas es hacerles daño. Piensas: “No quiero preocuparles”, porque estás sufriendo y si ya lo pasas mal en el colegio, no quieres, además, llevar el problema a casa». Andrea corrobora esto y aclara que «a veces tú mismo piensas, ¡qué tontería! Se pasará mañana y crees que tus padres te van a decir lo mismo...».

Sin embargo en la historia de Andrea no hay familia. Esta transcurre lejos de casa en una situación de desprotegimiento total y fuera de su zona de confort. La autora se había ido a Inglaterra a aprender inglés. «Aunque me centre en el problema que tuve con 19 años, mi historia de acoso comienza mucho antes. En el colegio me llamaban gorda, me dejaban notas en la mochila... Me críe en un pueblo de 19 habitantes y era la rara. En el instituto me empecé a avergonzar por mi peso y llegue a creer que me merecía los insultos». Andrea describe la situación que vivió en Inglaterra como un poco extraña: «Se suponía que el acoso había terminado. Me fui fuera de España porque estaba insegura con mi vida y, justo cuando creo que encajo en un sitio, me la vuelven a dar. En ese momento me dije: ¡basta ya! No puede ser que esté viajando sola con gente de mi edad y me siga pasando esto». Compton puntualiza que no quiere decir que la agresión no le hiciera daño: «Me dolió muchísimo, me trasladó a mis 12 años que es la peor parte, cuando alguien te hace sentir pequeño. Cuando me vi tan diminuta y tan débil, me hizo recordar todo lo que había pasado, y entonces recobré mi fortaleza».

En este libro no podía quedar fuera el ciberbullying y Javier la pone de relieve en una amenísima historia contada como una conversación de WhatsApp. «Mi historia es ficción. Yo conocí el comienzo del «ciberbullying» y ya entonces me di cuenta del horror, de lo fácil que es que alguien comience con una burla que parece inocente y cómo le sigue la masa». Prosigue explicando que «con mi relato quiero llamar la atención, no solo de la víctima, sino del acosador, que puede que no se esté dando cuenta. Todos hemos participado alguna vez de alguna chanza o burla y alguien tiene que cortar. Es muy fácil y muy divertido sentirse parte de un grupo haciendo daño, pero eso te carga de energía negativa y te hace peor persona. Construir es mucho más gratificante. Los chicos se tienen que dar cuenta que en internet se escribe con boli y no con lápiz. Una vez colgado una foto, o un comentario, escapa a tu control, no se puede borrar».

Control de redes por adultos

Actualmente los adolescentes ya no sienten su casa como un santuario inexpugnable. Con el auge de las redes sociales y del teléfono móvil, cualquiera puede entrar en su intimidad y hacerles daño. Para Ruescas ayudaría mucho a controlar esto que «los padres tengan conocimiento de como funcionan las redes sociales, pero por tema generacional, porque lo ven como algo externo, porque no se han criado con ello... Hay madres que no quieren ni saber lo que es twitter, y que a su niños les digan cosas en las redes les da igual, porque “son cosas de niños”. No se dan cuenta de que las palabras construyen nuestro carácter y nos van marcando». Este joven continúa afirmando que «los profesores y padres no tiene control sobre los redes. Están pendientes, pero no tienen herramientas. Es prácticamente imposible controlar al 100% las grabaciones infantiles».

Javier concluye afirmando categóricamente: «Todos tenemos que ser conscientes de adonde van nuestros mensajes. Las palabras cambian el mundo».

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