BULLYING

Diez claves para que los centros educativos acaben con el acoso

Acabar con el acoso entre iguales es posible según el autor de «Guía: Ciberbullying. Prevenir y Actuar»

Diez claves para que los centros educativos acaben con el acoso

Se puede acabar con el maltrato, el acoso y la violencia entre iguales en los centros educativos. Sin duda. O reducirlo a la mínima expresión. Esa es la opinión del psicólogo educativo y vicesecretario del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, José Antonio Luengo, el autor de la Guía: Ciberbullying. Prevenir y Actuar, que acaba de poner en marcha un proyecto muy interesante denominado: El modelo de Aprendizaje-Servicio aplicado a los centros educativos: educando a los más pequeños.

Para el fuera también secretario general y jefe de gabinete técnico del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, «hemos de empezar en la educación infantil. Profesorado y padres en esta etapa educativa comprenden bien este reto. Y facilitan el desarrollo de acciones de promoción de hábitos saludables de convivencia, habilidades sociales y competencia emocional. Inoculando defensas ante las dificultades y habilidades fundamentales: autoestima, capacidad de afrontamiento y expresión de las emociones y sentimientos y empatía».

A juicio de Luengo, estas acciones son también imprescindibles en la educación primaria. «Los problemas que emergen de forma virulenta en secundaria tienen su origen en lo que hacemos y se vive en esta etapa educativa. La acción tutorial aquí debe reescribirse. Y revolucionar, de alguna manera, la vida de los centros», asegura este experto. También, prosigue, «el trabajo de los tutores. Con dedicación, convencimiento y tiempo para ello. Sin tiempo, sin horas para hacer pensar y vivir buenos modelos de convivencia, revisar conflictos y sacar adecuadas conclusiones no es posible interiorizar adecuadamente el respeto hacia uno mismo y hacia los demás como núcleo esencial de la convivencia».

Los centros educativos, en primaria y secundaria deben abordar decididamente la promoción de la convivencia pacífica y la detección e intervención rápida, congruente, educativa y efectiva en situaciones de conflicto. «Esto es lo que sabemos que funciona», asegura este psicólogo:

(1) Los equipos directivos expongan en cada uno de los grupos, en la primera quincena del curso, la importancia que el centro va a dar las relaciones entre las personas; y no solo desde la advertencia sino, más bien, desde el ejemplo, los valores compartidos, el diálogo y la participación. Deben o pueden convencer a sus alumnos que la convivencia va a ser el eje de la vida del centro. Pero que todos sepan, también, que se va a intervenir, con sensibilidad y criterio, pero con rapidez en situaciones de acoso entre compañeros. Todos van a participar con ideas y acciones. Pero tolerancia cero ante el maltrato. Ese es el trato.

(2) Se fomente el trabajo específico de las tutorías, en tiempo y calidad, con el apoyo especializado de los orientadores; dedicar tiempo es imprescindible. Sin tiempo efectivo en tarea, reflexionando, sensibilizando, dialogando, construyendo iniciativas entre todos, no hay propuesta que se sostenga.

(3) El profesorado, y especialmente los tutores, se comprometa, con especial sensibilidad, a la observación de las respuestas emocionales de sus alumnos en el día a día: silencios, escasa participación, soledad, tristeza… Interesarse y mostrarse cercano y disponible. Incondicionalmente.

(4) Se trabaje para reducir la violencia desde el trabajo con los grupos al completo, con todos los alumnos, con los observadores; desarrollando acciones para la reflexión y el compromiso de quienes suelen mirar hacia otro lado. Sabemos que si los observadores dan un paso hacia delante y defienden a quien sufre, la violencia se reduce sensiblemente. O desaparece.

(5) Se ponga en marcha, en el marco de las comisiones de convivencia, la creación de las figuras de responsables de convivencia entre el profesorado, y de delegados de convivencia del colectivo de padres y madres, y que sean conocidos unos y otros, y sus funciones (especialmente en ámbitos de valoración de conflictos, propuestas de resolución y mediación en el trabajo con familias), por toda la comunidad educativa.

(6) Se apueste por la participación y protagonismo del alumnado en el asesoramiento para la resolución de conflictos. Especialmente en secundaria, los proyectos actualmente existentes de mediación o de alumnado ayudante están dando excelentes resultados. Cuando quien informa, sensibiliza, forma y ayuda a los alumnos son los propios compañeros con más edad, la escucha y penetración de las ideas en los pequeños son significativas.

(7) Se dé presencia y valor a la figura del delegado de clase, como corresponsables también en la consideración de la convivencia en cada grupo.

(8) Se disponga de un sistema interno de comunicación confidencial, de los alumnos con tutores, delegados de convivencia y equipos de orientación. Los alumnos deben poder contar sus preocupaciones con tranquilidad y confianza, sin miedos. Y se ofrezcan programas de orientación psicológica y apoyo para los alumnos que puedan verse implicados de forma expresa en situaciones de conflicto entre iguales; los alumnos tienen que saber que pueden hablar, sin miedo. Se organicen medios, tiempos, profesionales y espacios para que los alumnos compartan sus preocupaciones y expresen sus emociones y sentimientos.

(9) Se defina y trate la disciplina desde un enfoque de diálogo y acuerdos previos en la comunidad educativa, con una visión preventiva y reeducadora (las soluciones pasan por abordar los temas, enfrentarlos y ahondar en la reparación, el perdón y la reconciliación) y no exclusivamente desde la perspectiva correctiva. Y se fomente la participación verdadera del alumnado y padres en la configuración de los reglamentos de régimen interno.

(10) Se trabaje desde la perspectiva de derechos y ciudadanía: cuando el alumnado siente que en el centro preocupan los conflictos entre compañeros y se ejercita la comunicación fluida con sus profesores, cuando observa actitudes de escucha y respeto, de afrontamiento y sensibilidad, las posibilidades de la acción preventiva en materia de conflictos de convivencia se amplían de modo significativo.

El clima escolar, concluye Luengo, «cualquiera que sea este, no puede ni debe explicarse exclusivamente ni por el origen social de sus alumnos ni por el emplazamiento geográfico de los centros. La escuela sí importa. Frente a posturas que desconfían de la capacidad de nuestros centros educativos para la mejora permanente y el cambio, sosteniendo que no importa ni la calidad de los medios, ni la capacitación del profesorado, ni los sistemas de dirección y organización escolar, debe señalarse que, muy al contrario, la escuela sí importa. Importa su visión, sus objetivos, sus formas de organizarse, su manera de interpretar y llevar a efecto la idea de la comunidad educativa y la participación».

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