El crack de las matemáticas de 6 años que ha pasado 5 de ellos en el hospital

Yago ha pasado casi toda su vida internado en la planta de oncología pediátrica del Doce de Octubre

MADRIDActualizado:

Yago es un pequeño «bicho» de apenas seis años que habla con la madurez y el vocabulario propio de un recién licenciado en Medicina. Y un auténtico superviviente. Con apenas seis meses fue diagnosticado en una sencilla revisión pediátrica con una enfermedad oncológica. Desde entonces, su vida ha pasado entre operaciones, pinchazos, goteos, análisis... Cinco años de hospital, dos de ellos en aislamiento total, sin poder salir de una habitación de cuatro metros cuadrados en el Hospital Doce de Octubre. «Un día me preguntó si había nacido allí», relata entre lágrimas su madre.

El diagnóstico no era muy esperanzador, relata su madre. «Cuando son pequeños, no hay estadísticas. Pero pensé : “no conocéis a mi hijo”. Confiaba en él. Así empezamos a “vivir” en el hospital, en la habitación aislados. En un primer momento no pudieron ni ponerle la quimio. Yago estaba muy deteriorado, muy débil, y me dijeron que no podría aguantar el ciclo. Se lo redujeron al 50% y aguantó. Mejoró a partir del cuarto ciclo, empezó a limpiarse la médula... Y así hasta nueve ciclos. Todo ese tiempo, en aislamiento estricto».

Su hermano estaba con su padre o con sus padres. Se veían por Skype. O a través del cristal. En cuatro años y medio no salió del hospital, un paso por oncología pediátrica que María Jesús resume como «un paseo por el infierno lleno de ángeles». «Es su casa, dos años en aislamiento estricto. Las enfermeras y médicos son su familia. Ellas son sus tías. Él dice “¿dónde están mis chicas?” y “¿A mi a quién quieres más?” “Yo tengo amor para todas”. Sabe mucho, se ha criado entre adultos. Tiene un vocabulario de médico técnico total. Ahora que empieza a ir al colegio dice: “no me entienden”».

En el colegio Yago habla de vías, de luces, de optomía en la tripa... «Habla de sus medicaciones, de la claritromicina, de la rifanticida, del omeoprazol, de su alimentación, que es vía oral... Sabe los leucos que tiene, los linfocitos, la hemoglobina... Directamente pregunta él a sus médicos. Lleva toda la vida oyendo esto. Y pregunta: ¿Cuántas plaquetas tengo? ¿Puedo jugar? Si las tiene bajas sabe que no se puede caer ni darse golpes, y que se tiene que cuidar. Si las tiene altas, sabe que puede arriesgar más, si las tiene bajas, sabe que se tiene que cuidar. Igual que sabe que si tiene bajos los leucocitos, está más predispuesto a coger una enfermedad».

Pese a su carácter y a su alegría innata, llegó un momento en que Yago estaba necesitado de más estímulos. Y en su pequeño horizonte apareció Elena Morán, de Juegaterapia, que estaba realizando un proyecto tecnológico con el hospital. «Quería ver cómo evolucionaban a nivel cognitivo los niños afectados por quimios, y nos ofreció trabajar desde el hospital con Smartick. Y así fue como empezamos a jugar con una tablet», relata esta madre.

El resultado fue que tenían «un crack entre manos, claro», cuenta, entre risas. «Él estaba necesitado de cosas nuevas, distintas, de aprender, de motivarse, de conocimiento. Como hacen todos los niños, que solo por el mero hecho de serlo, quieren aprender. Yago vivía en un mundo muy reducido. Por las circunstancias, su manera de aprender eran la tele, los juegos de memoria…». Smartick fue un descubrimiento para él, y «casi te diría que ha sido parte de la medicación en su tratamiento». «Con esta herramienta ha trabajado mucho el pensamiento lógico, y él ha captado estupendamente en qué consiste el desarrollo, gracias a las recompensas, a los niveles, a la consecución de objetivos, algo que nunca había hecho dentro del hospital porque... ¿Contra quién?. No sabía lo que era una competición, en ningún aspecto. No se había relacionado ni con los niños de su edad, ni con el resto que conocía, porque estaban encamados como él».

Al ser un niño hospitalizado de larga estancia, prosigue María Jesús, «la sociabilización la había trabajado únicamente con adultos, pero no con sus iguales, algo que todavía le cuesta. No tiene su picardía. Ahora estamos empezando a trabajar en ello. Le hacen cualquier cosa y pregunta, “¿por qué me mienten?” Nadie le ha mentido. Todo su mundo era predecible, con los niños es imprevisible. No ha vivido algo tan sencillo como que le quiten un juguete, que parece que no, pero es una situación que te sirve de gran aprendizaje…».

En su mundo todo era previsible, ahora vive un presente con el que tiene que lidiar. «Pero ya está integrándose, sus profesores me decían que hasta hace bien poco se limitaba a mirar, y él al llegar a casa me decía: “Mami, no te imaginas en clase, hablan muy fuerte y no escuchan”». «Yago es —añade—, sin lugar a dudas, mucho más maduro que los niños de su clase. Como unos tres años. Pero prefiero que se acomode a su edad y que viva el proceso que tiene que pasar. Tiene que relacionarse con sus iguales, quiero normalidad para él», puntualiza esta mujer.

Yago, junto a su hermano mayor, su gran apoyo
Yago, junto a su hermano mayor, su gran apoyo

Mientras tanto, juega mucho con su hermano mayor, de 9 años, con quien compite a través de Smartick. «Los dos son muy competitivos, y juegan a ver quién consigue el diploma antes. Y a mi eso me gusta. De hecho, me gusta mucho. La vida es competitividad, es superación, es evolución. La vida no es fácil y, por tanto, no se lo podemos dar todo hecho. Hacemos niños sin herramientas, sin recursos para lograr las cosas», advierte. «Pero la vida, como digo, es una lucha constante, y hay competitivdad en todo, empezando por la búsqueda de un puesto de trabajo. Yago ha logrado lo que ha logrado por superación y confianza en sí mismo. No rendirse es la clave», concluye.

También es «súper importante» la actitud de los padres para un niño, continúa María Jesús. «En el equipo sanitario los padres juegan el papel de refuerzo emocional, de refuerzo, de decirles y creer que los hijos pueden con todo. En una enfermedad grave, no podemos ser meros acompañantes. En la vida no te puedes rendir nunca. Y como madre quiero que mis hijos tengan esto claro», concluye esta mujer, que vive el día a día con una sonrisa permanente, disfrutando de pequeñas cosas que antes no sabía ni que existían. «Mi día a día es felicidad. Solo de ir a recoger a mis hijos al colegio y de comer una bolsa de pipas en el parque viéndoles jugar, ya soy feliz. Y eso se aprende. Es posible sacar cosas buenas de las enfermedades graves. Conoces a gente maravillosa, a padres fantásticos, y tu pirámide de la vida se reconstruye de otra manera. Solo puedo estar agradecida. De no tener caminos a tenerle conmigo. Nos comemos la vida a bocados».