Céline Álvarez: «Organizar las clases con alumnos de la misma edad es un gran error»

Esta profesora francesa apuesta por replantear la escuela a partir de lo que ella denomina «las leyes naturales del niño»

MADRIDActualizado:

Céline Álvarez llevó a cabo un experimento educativo en un parvulario de Gennevilliers, un municipio situado al noroeste de París, y una zona con grandes desigualdades sociales y económicas. En este proyecto respetó lo que vino a denominar «las leyes naturales del niño», y los resultados pasaron a ser «excepcionales», tal y como ella misma asegura y recoge en su libro bajo el mismo título. En dos cursos, todos los niños del curso superior y el 90% del curso inferior sabían leer y mostraron excelentes resultados en general. «Y no solo eso, en casa estaban más tranquilos, mantenían sus habitaciones más ordenadas y mostraban mayor atención por cuanto los rodeaba. Increíble, pero cierto», apunta esta docente, para quien la «revolución educativa es más que posible».

—Usted parte de la base de que en Francia el 40% de los niños tienen dificultades importantes y el otro 60% se libra de la etiqueta del fracaso, pero no se desarrolla todo lo que debería a lo largo de su vida. Esos porcentajes son terribles.

—En efecto. Pero las cifras no son mías. Vienen del Ministerio francés de Educación. Es importante decirlo: no es una estimación subjetiva. Esta cifra objetiva indica que, cada año, en Francia, 40% de nuestros niños salen de la escuela primaria con dificultades tan importantes en lectura, escritura y matemáticas que no tendrán una escolaridad normal en la escuela secundaria. El otro 60%, aunque consigan adaptarse a ese sistema, tampoco se puede decir que sean felices y desarrollen plenamente sus potenciales y su singularidad. Creo que esas dificultades, este fracaso, este el malestar, este —digámoslo— gasto inaceptable de los potenciales, vienen de una propuesta pedagógica inadaptada, incompatible con los mecanismos biológicos del aprendizaje y del desarrollo humano.

—Según usted afirma en su libro, la escuela tradicional frena constantemente la gran cantidad de aprendizaje de nuestros hijos con métodos adecuados. ¿Es así?

—Hemos pensado nuestra escuela de forma ideológica (es decir, a partir de ideas, tradiciones, valores...). Desde hace décadas imponemos por ejemplo a nuestros hijos clases donde tienen que aprender de forma pasiva sin poder equivocarse (cuando están biológicamente predispuestos a aprender comprometiéndose de manera activa y por supuesto cometiendo errores)... Como digo, hemos pensado nuestra escuela de forma ideológica y no la hemos pensado de forma científica, pragmática, a partir de los grandes principios que gobiernan el pleno desarrollo de la inteligencia humana. Muchos pedagogos —como Montessori, Pickler, Decroly y tantos otros— intuyeron esos principios. Hoy, las ciencias del desarrollo nos confirman muchas de esas intuiciones e invalidan otras, pero nos aportan, por primera vez en la historia de nuestros sistemas educativos, informaciones objetivas para pensar la educación de manera sensata y efectiva invitándonos, mas o menos, a hacer exactamente lo contrario que lo que estamos haciendo ahora.

—¿En qué consiste su replanteamiento de la escuela a partir de las leyes naturales del aprendizaje? ¿Es una especie de Montessori, donde se fomenta la autonomía acompañada y estructurada?

—La doctora Montessori, con el doctor Séguin, abrieron la vía a este tipo de pedagogía «científica», «fisiológica», basada en el conocimiento del desarrollo humano. Yo intento continuar esta reflexión añadiendo lo que la ciencia nos aporta hoy. En una clase de las afueras de París intenté mostrar que cuando permitimos a los niños seguir con sus entusiasmos endógenos, cuando mezclamos las edades animándoles a aprender juntos, cuando les ofrecemos actividades mas ambiciosas y prácticas, cuando les acompañamos a ser autónomos, y cuando les invitamos descansar cuando (y tanto tiempo que) les haga falta... aunque sea en un barrio muy desfavorecido y violento, podemos ser testigos de un desarrollo cognitivo, moral y social sorprendente.

—¿En qué consisten exactamente las «leyes naturales del niño»?

—La primera «ley» es parar de interferir en las motivaciones endógenas de los niños, que son aquellas que les empujan a explorar el mundo, a atraparlo. Esas que llevan a un niño de un año a querer estar siempre andando, moviéndose, o a los dos años a tener pasión por hablar y por hacer cosas por si solo, o después a querer subirse a los árboles o a estar andando por encima de las piedras, o cuando más tarde quiere interactuar con otros a pesar de nuestras órdenes tipo «déjale, ¡no le ayudes!»... Esto es que sus cerebros se están desarrollando a ritmos distintos, tanto los circuitos motores, como lingüísticos, sensoriales, ejecutivos, sociales, etc. En esos momentos, nuestra única tarea, sencilla pero extremadamente difícil, es permitir que el niño se ponga en contacto —en los momentos adecuados y tanto tiempo como la haga falta— con esas situaciones destinadas a nutrir esos circuitos neuronales en pleno desarrollo.

Es muy fácil decirlo, pero extremadamente complicado hacerlo. No ahogar este motor biológico, esta brújula interior, que llamamos también «motivación», «entusiasmo» o «curiosidad». Mi experiencia en Gennevilliers me ha mostrado que, cuando respetamos «esta brújula interior», aunque sea en un barrio desfavorecido y violento, los niños van mucho mas lejos que lo que hubiéramos pensado posible. Los de cuatro años, por ejemplo, se ponían a leer libros, conocían el nombre de los países de distintos continentes, y desarrollaban habilidades sociales y morales sorprendentes pero, sobre todo, desarrollaban su propia personalidad. ¡Parecían tan radiantes y felices! Era le prueba innegable de que sus mecanismos endógenos habían sido respetados.

—¿Por qué es tan importante el entorno en el que vivimos para el desarrollo del cerebro de nuestros hijos? ¿Cómo podemos cuidarlo para que se desarrolle en todo su potencial?

—Antes de todo, ni siquiera hay que «creer» en la importancia del entorno. Es un consenso científico. No solamente es esencial, sino que representa la piedra angular del desarrollo de la inteligencia humana. ¿Como mejorarlo? Intentando, por ejemplo, rodearse de gente que nos inspire, que tiende a ser y a actuar de manera positiva, constructiva. Intentando descansar las horas que nos hagan falta, intentando encontrar el tiempo para realizar el ejercicio físico que necesitamos y, sobretodo, intentando regular el estrés cotidiano, ya que es el factor más destructivo para nuestra salud en general, pero para nuestra salud «cognitiva» en particular y la de nuestros hijos.

—¿Por dónde recomienda empezar?

—A esa pregunta yo no puedo responder. Es muy personal. Cada uno tiene que pensar en lo que quiere «coger» del mundo exterior, en lo que quiere transmitir a sus hijos o a sus alumnos. Para algunos lo más importante será aprender o transmitir un lenguaje bien estructurado. Para otros será aprender o transmitir la capacidad de interactuar de manera pacífica aun en los momentos tensos... Cada uno tiene sus prioridades. Lo más importante es definirlas y después, pensar en lo que hay que cambiar en el entorno para alcanzarlas.

—Dice ud, que las principales «ventanas de aprendizaje» del lenguaje se dan de 0 a 3. Si no las aprovechamos, o nos las saltamos, ¿es posible volver atrás?

—Hay ventanas de plasticidad que duran unos meses, a veces unos años, en las que algunos circuitos neuronales hacen millones y millones de conexiones para estructurarse. Cuando la ventana plástica del lenguaje es muy activa, el niño está como «empujado» por una fuerza interior irresistible a escucharnos, a querer oír historias y canciones, y después, a hablar sin parar. Su determinación y su inmenso placer al oír historias y a hablar son los indicadores exteriores de un desarrollo interior fundamental. Durante este tiempo de formación linguistica ardiente e imparable, el niño aprende muy fácil y rápidamente, y con una alegría singular. Pasado este tiempo plástico, es más difícil aprender y deshacerse de aprendizajes inadecuados ya que esas zonas están menos plásticas. Pero lo siguen siendo toda la vida, así que con tiempo, práctica, rigor, motivación y mucho amor, siempre es posible modificar algo de las bases cognitivas establecidas durante los años fundadores. Eso vale para todo, el lenguaje, las capacidades sociales y morales, las habilidades ejecutivas, etc.

—¿Cómo se puede mejorar el lenguaje oral a partir de los 3?

—Rodeando a los niños de seres humanos que hablan mejor que él para modelar un lenguaje más sofisticado. Por eso lo de organizar las clases con niños de la misma edad es un gran error. El cerebro humano se estructura con lo que puede «atrapar» del mundo exterior. ¿Cómo puede mejorar su lenguaje un niño de tres años si se pasa todo el día con otros niños de tres años? Nos equivocamos. Lo que decía antes: nuestra única responsabilidad es permitir que el niño encuentre en su entorno lo que necesita para formar su inteligencia, y dejar de estorbar con tradiciones pedagógicas inadecuadas. Eso nos pide cambiar muchas cosas, y entre otras, dejar de una vez de imponer a nuestros niños clases organizadas tipo modelo industrial, por fecha de nacimiento.

—La motivación endógena, ¿cómo se fomenta, según usted?

—Al principio, durante los primeros meses y años de vida, ni siquiera hay que fomentarla. Más bien se trata de no ahogarla. Hay que ver las grandes ambiciones de aprendizaje y de exploración que tienen todos... A los tres por ejemplo, cuando quieren contar, no quieren hacerlo hasta 10, directamente quieren contar hasta, 100, 1.000, ¡hasta el infinito! La motivación endógena no se tiene que fomentar. Se tiene que respetar. Para los niños que han crecido en un entorno donde les han dicho tantas veces «no, no hagas eso», «deja», «no toques», «tranquilo», etc. que se han desconectado de esta brújula interior, entonces, con esos niños no solamente tenemos que fomentarla, sino que ir a por ella con vigor y paciencia, despertar lo que hemos ahogado sin darnos cuenta, proponiendo a los pequeños cosas que les podrían interesar y dejándoles poco a poco seguir sus impulsos interiores cuando estos resurgen. Eso, por supuesto, siempre que se trate de impulsos constructivos.

—Usted insiste en que hacemos un tratamiento erróneo del error en la educación tradicional. A su juicio, ¿cómo debe cambiar esto?

—El error es constitutivo del aprendizaje. No solamente para el ser humano, sino para todo organismo vivo. «Un organismo vivo que no se equivoca no aprende. Se queda al mismo nivel de conocimiento». Eso decían los estudios científicos en los años 80. Llevamos años sabiéndolo. Pero aun así, pedimos a nuestros hijos que aprendan sin equivocarse. Eso es biológicamente imposible. Genera en ellos una especie de «fobia escolar». No tenemos que dar ningún estatuto didáctico especial al error. Solamente ayudar a los niños a detectar sus errores sin juzgar, de forma totalmente neutra, para que puedan seguir avanzando.

—También apunta usted que hay que recuperar el contacto con la naturaleza.

—La ciencia esta mostrando que el contacto con la naturaleza es, para el buen desarrollo de la inteligencia humana, algo tan importante como tener relaciones sociales variadas y benevolentes. Ayuda el organismo en general, y al cerebro en particular, a regular el estrés, fomenta la memoria, las capacidades sociales, las habilidades motores, y hasta las competencias ejecutivas que son más predictivas por el éxito individual, social y profesional que el cociente intelectual.

—Asimismo afirma que nuestros hijos tienen demasiadas cosas. ¿A qué se refiere, y de qué forma, como responsables suyos que somos, podemos ayudarles a simplificar su vida en beneficio suyo?

—Las vidas de nuestros hijos (¡y las nuestras!) están llenas de cosas y de actividades que, a pesar de hacerles felices, les desconectan de lo esencial. Lo esencial que, como dijo Antoine de St. Exupery, «es invisible a los ojos». Me refiero a la empatía, el amor, la compasión... el tiempo libre, la posibilidad de no «hacer nada»... Hoy las ciencias del desarrollo humano nos enseñan que, en efecto, esos factores son importantes para el buen desarrollo de la personalidad y de la inteligencia humana. Así que sí, es necesario vaciar un poco nuestras vidas, y las de nuestros hijos, para dar un poco más de espacio a la espontaneidad, a la imaginación, al descanso y a las relaciones sociales. Volver a lo esencial. A lo que nos están pidiendo ardientemente nuestro organismo y corazón.