EDUCACIÓN

«El camino que lleva al aprobado en septiembre solo lo puede recorrer el suspendedor»

No dominar las técnicas de estudio es, en la mayoría de las ocasiones, la causa de unas malas notas en junio y motivo de disputas en la familia

Un grupo de menores recibe una clase
Un grupo de menores recibe una clase - ABC

Llegan a casa las notas de junio, y con ellas a veces, los temidos suspensos, y los reproches en todas las direcciones. «Al niño le han caído cuatro». «Es un descerebrado, ¿cuándo madurará?». «Todo el día trabajando para que tengan de todo, para que no les falte de nada, y hay que ver cómo nos lo paga fulanito». «La culpa es tuya». «Este no me vuelve a tomar el pelo, ni se ríe más de mi»... Que un estudiante no consiga los objetivos marcados puede poner a prueba a toda la familia.

Pero cuando esto ocurre, los padres tienen que tener muy clara una cosa, advierte Carlos Pajuelo, profesor, psicólogo y autor de «Cómo sobrevivir a los suspensos de tus hijos», y es que la «responsabilidad de no aprobar es del suspendedor y, en la mayor parte de las veces, no llegar al cinco tiene un significado fundamental: que ha estudiado poco o no lo suficiente. Esto es algo que hay que dejárselo bien clarito a nuestros hijos. Cinco suspensos son cinco “castañas” y esto es difícil de adornar y, aunque tampoco predicen el éxito en el futuro como adulto, sí que indican dificultades».

Entonces, ¿cómo conviene afrontarlo?«Para empezar, hay que entender los suspensos no como un drama, sino como un llamamiento del alumno a ser ayudado», afirma Antoni Badía, profesor de los estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Así lo corrobora Pajuelo: «suspender no es fracasar», sino «una señal de que tu hijo debe hacer algo diferente respecto a los estudios, y una señal para los padres de que hay que intervenir». Pero llegados a este punto, la mayoría de familias se preguntan: «¿Qué podemos hacer?». Para empezar, Carlos Pajuelo recomienda tranquilizarse y esperar 24 horas una vez recibidas las notas en casa para «dialogar» y para ver qué pueden hacer los padres y qué puede hacer el suspendedor.

Proteger los afectos

Se trata, tal y como corrobora Fernando Alberca, profesor, asesor familiar y autor de «Tu hijo a Harvard y tú en la hamaca», «de hacer frente a la situación con la mayor serenidad y tranquilidad posible. Porque cuando llegan las malas notas a casa, uno nunca sabe cuánto tiempo se quedarán. Por tanto, es importante proteger los afectos y poner “los cariños” a salvo. Es crucial transmitirle al chico que el aprecio que tenemos a sus valores y recursos es tanto, que estamos seguros de su cambio. No se trata tanto de recriminarle, ni de dejarle sin veraneo, porque ni sus padres ni los hermanos han suspendido, sino de organizarse y entre todos poner todos los recursos para revertir la situación».

No sirve de nada –ratifica Badía- «ni enfadarse ni regañar a gritos. Hay que evitar dar ultimátums o condicionar la obtención de algo a objetivos futuros. También creo que es un mal remedio soltar un sermón, o acabar con una amenaza. Tampoco es adecuado sentirse dolido, o exigir más rendimiento y acabar el monólogo con un “¡y no se hable más!”», comenta este experto. «Lo que sí es evidente es que hay que reaccionar porque tenemos dos meses hasta septiembre».

Es más, asegura Alberca:«El momento del fracaso debe convertirse en en la primera piedra del éxito». Es una oportunidad, asiente Pajuelo, «de educar a nuestros hijos y de enseñarles distintas maneras de actuar ante la adversidad. Sin olvidarnos de que el hecho de que la criatura apruebe está fuera de nuestro alcance, porque quien tiene que estudiar no es ni el padre ni la madre, sino el suspendedor, y el camino que lleva hasta el aprobado solo lo puede recorrer él».

Analizar lo ocurrido

La clave está, prosigue el profesor de la UOC, «en abordar la solución del problema con calma, pero de una manera sistemática y global, para conseguir entender de la forma más fiable posible qué factores incidieron en el caso particular y qué proceso ha seguido el niño o adolescente para obtener esas notas. Cuál fue su esfuerzo, su forma de enfocar el año, si hubo problemas en clase...».

Lo ideal sería que este análisis, propone Badía, lo hiciera el tutor con los padres. «Soy de la opinión de que las notas finales no deberían ser solo un número, sino informes más detallados que nos ayuden a ver qué hay detrás de la mera cifra». Como segundo recurso, Badía sugiere que la familia se acerque a la figura del asesor pedagógico u orientador educativo del centro escolar, «con los que quizá pueda hacer un análisis todavía más fino sobre las asignaturas que suspendió. Si es que se trata de una ausencia de habilidades lectoras o de comprensión del texto, o de competencia matemática, o de razonamiento...».

O que, sencillamente, el niño no sabe estudiar, algo que ocurre la mayoría de las veces, según Alberca. En demasiadas ocasiones, confirma Pajuelo, «las técnicas de estudio aparecen como algo extracurricular, como si su dominio no tuviera nada que ver con el proceso de enseñanza-aprendizaje. En los centros educativos deberían enseñar a estudiar. Y esto debería hacerse desde el primer día. Al final, el estudio no deja de ser más que un hábito, una costumbre, que se debe empezar a mostrar en casa desde que el niño es pequeño».

Confianza en los hijos

«Esto es responsabilidad de los padres», remarca Montserrat Magaz, directora del colegio madrileño Bernadette. «La implicación, el interés y la actitud de los padres ante los estudios de sus hijos influyen positivamente en su conducta académica. Yno se trata tanto de calidad, o de cantidad, sino de asiduidad. Desde primero y segundo de Primaria, dedicando 5 o 10 minutos todas las tardes a escuchar cómo lee tu hijo. Es muy difícil que un niño de 14 se siente a estudiar si no ha adquirido el hábito antes. De todas formas, la constancia, unida a las expectativas y a la confianza de los padres en sus hijos, hacen que los niños puedan llegar a conseguir cualquier cosa que quieran ser de mayores».

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