E.rnesto Agudo / David García
Jóvenes valores

«Me arruiné, pero ahora tengo mi propia compañía»

Rubén Olmo sabe lo que es luchar por un sueño. En su camino se encontró obstáculos y tuvo que empezar de cero. Ahora tiene una carrera brillante y llena de aplausos

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Cuando Rubén Olmo apenas había aprendido a caminar por las calles de su Sevilla natal, su madre tenía que tirar de su brazo para reanundar la marcha y que no estuviera tanto tiempo asomando su naricilla por la puerta de la escuela de flamenco cercana a su domicilio. «Todos lo días me sentía hipnotizado por el sonido de las castañuelas, los palillos, los taconeos... la música», recuerda. Tanto fue su entusiasmo por lo que pasaba detrás de aquella puerta que su madre decidió matricularle en la escuela. Tenía tan solo tres años.

El tiempo fue pasando y Rubén Olmo acudía allí cada tarde con el mismo entusiasmo del primer día. Cuando cumplió los siete años vio la película «Carmen», de Antonio Gades. «Me quedé prendado de sus movimientos y me di cuenta de que yo quería ser bailarín como él».

Un año más tarde entró en el Conservatorio de Danza de Sevilla y comenzó dos carreras simultáneamente: danza española y danza clásica, de ocho años de duración. «Cuando salía del colegio sobre las cuatro de la tarde comía algo rápido y me iba corriendo al conservatorio donde bailaba hasta las diez de la noche todos los días. Fue una etapa dura. Mis padres me echaban la bronca porque también tenía que dedicarme a mis estudios, que aprobaba por los pelos. Yo hacía lo que podía, pero mi primera prioridad era la danza».

Con las maletas a Madrid

Con 14 años ya le hacían contratos para giras por América, donde pasaba algunas temporadas en las que confiesa que aprendió muchísimo. Cuando terminó la carrera de danza con 16 años decidió hacer las maletas y trasladarse a Madrid «para seguir aprendiendo y darme a conocer». Al año y medio le llamaron para que formara parte del Ballet Nacional de España. «Un verdadero sueño para mi».

Estuvo cuatro años hasta que sintió la necesidad de dejar de bailar para otros y expresarse por sí mismo con sus coreografías. «Decidí convertirme en empresario y crear la "Compañía de danza Rubén Olmo" con la que hice mi primer espectáculo "Del Monte" en el teatro Albeniz de Madrid. La aceptación fue grandísima», recuerda.

Su segundo espectáculo, «Pinocho», que contó con la colaboración de la Orquesta Sinfónica de Praga y con el compositor Roque Baños, también recibió una gran ovación del público. Todo parecía ir viento en popa sobre los escenarios. No así fuera de ellos. «Tuve mala suerte porque la persona encargada de gestionar el dinero en la compañía perdió todo mi dinero. Me arruinó. Me quedé con una mano delante y otra detrás».

Regresó a Sevilla buscando apoyo familiar. «Me vine abajo. Justo en esos días me encontré en la calle a Antonio Gades y me dijo: "al que arriesga le pasan este tipo de cosas, pero no por ello hay que decaer. Nos ha pasado a todos. Tienes la suerte de que te ha ocurrido con 20 años y dispones de todo el tiempo del mundo para remontar. Tienes que volver a intentarlo". Y eso hice».

El momento de remontar

En Sevilla recibió un gran apoyo y empezó a bailar en tablaos flamencos y a dar clases en el Centro Andaluz de Danza. «Pude remontar y fue así como monté de nuevo la Compañía Rubén Olmo con 26 años». Los premios no tardaron en llegar como el «Giraldillo de oro», que recibió en el festival de flamenco más importante del mundo.

Ahora sigue con su compañía de danza y ha presentando nuevos espectáculos como «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías», «Homenaje a Picasso, Cervantes y Gaudí» o «Las tentaciones de Poe», por el que recibió el Premio Nacional de Interpretación de Danza.

Este joven bailarín explica que todos estamos preparados para asimilar el éxito profesional, «pero no hay que olvidar que cuando llegan los fracasos las personas que antes estaban a tu lado desaparecen o miran a otro lado. Yo explico a mis alumnos mis errores para que ellos no los repitan, pero es cierto que hay que dejarles que se equivoque porque, sin duda, de los errores se aprende mucho».