Familia - Padres hijos

«Es más fácil empatizar con quien nos identificamos y Aylan es como nuestros hijos»

Una psicóloga da las claves de por qué ha conmovido tanto la imagen del cuerpo de Aylan fallecido sobre la arena de la playa

Olga Carmona, experta en psicología de Psicología Ceibe
Olga Carmona, experta en psicología de Psicología Ceibe

A estas alturas la práctica total del mundo que tiene televisión y periódicos, ha visto la imagen del niño sirio en la playa, muerto, ahogado cuando trataban de escapar de la barbarie de la guerra en su país tomada por el DAESH. A pesar de que estamos muy acostumbrados a ver la muerte, esta imagen ha generado una oleada de compasión y generosidad sin precedentes.

ACNUR ha recibido más altas en una semana que en un año y han sido cientos de familias las que se han ofrecido para acoger a las familias. Pero, ¿por qué ha sucedido esto? Al margen de porque España es uno de los países más solidarios del mundo, la explicación va más allá. Olga Carmona, experta en psicología de Psicología Ceibe, analiza cuál ha sido la clave de este fenómeno.

—La imagen de Aylan ha sacudido las conciencias y, sin embargo, todos los días vemos foto de miles de niños que mueroesn en el mundo. ¿Por qué Aylan nos ha conmovido de tal manera?

—Son varias las razones que explican el impacto de esta foto. La primera, y a mi juicio, la más importante, es la identificación de Aylan con nuestros niños, con nuestros hijos. Sobre todo los que somos padres, no hemos podido evitar ver en ese niño al nuestro: su ropa, su piel, sus zapatitos… Es mucho más fácil empatizar con algo o alguien con quien nos identificamos, con quien nos resulta familiar, conocido, nuestro.

Pero hay más, la imagen transmite una soledad infinita, transmite abandono y vulnerabilidad, transmite a la vez inocencia y pureza, la que sólo un niño de tres años puede transmitir y estos son conceptos antágonicos con la muerte. Un niño representa en nuestro consciente colectivo la antítesis de la muerte, el niño es comienzo, esperanza, futuro. La muerte es exactamente lo contrario, es el final definitivo a cualquier atisbo de continuidad.

La visión del cuerpo muerto de un niño nos produce dolor por inmanejable, porque atenta contra la esencia biológica de la especie, porque es un fracaso de la vida que apenas empieza, y porque es, en este caso concreto, insoportablemente injusto. Aylan representa lo que llamamos una víctima absoluta, sin matices.

El cuerpo de Aylan transmite una crudeza total hacia a la que podemos acercarnos sin sentir el rechazo que sentiríamos frente a otras muertes grotescas, con sangre y desmembramientos, refleja la muerte en toda su crudeza sin la violencia que asociamos a ella y que nos hace mirar para otro lado.

—Hay dos opciones ante esta foto, una es mirarla con detenimiento y la otra es negarse en rotundo a hacerlo. ¿Qué explicación psicológica se encuentra detrás de esto?

—Esta diferente manera de reaccionar frente a esta foto tiene que ver con diferentes perfiles de personalidad y más concretamente con la manera individual con la que nos enfrentamos al dolor. Simplificando mucho, hay personas que son expertas evitadoras, no solo del dolor, sino de las emociones en general y que escapan a cualquier estímulo que pueda sacudirles o removerles, y así viven. Habría otro perfil que obtendría un disfrute morboso en el dolor, propio y ajeno y otros que, desde un lugar psicológicamente más sano, miran a la cara al dolor sin regodearse en él y se hacen preguntas, habilitan recursos para manejarlo y ello les permite no enquistarse en una coraza e ir creciendo, ensanchando sus potencialidades como seres humanos.

En un plano más sociológico esta diferencia tiene que ver con la forma en que vivimos en sociedad: hay una mirada muy individualista, donde no quiero saber nada que no tenga que ver con mi pequeño y estrecho microsistema, no quiero que me salpique el dolor de los otros, quiero vivir autocentrado en mi concepto de felicidad. Es una mirada ególatra donde los «otros» no existen salvo que me sirvan para algo, por tanto me pertrecho de una buena armadura y evito saber y mirar todo aquello que pueda alterar mi «equilibrio».

Sin embargo, también está la otra mirada, la del individuo que se sabe parte de un todo, la que tiene la mirada y la conciencia abierta para saber del dolor de los otros, aunque eso suponga su propio dolor, la que ve en la imagen de Aylan un desgarro y un fracaso, la que está dispuesta a asomarse más allá de su propio ombligo.

Ambos planos, tanto el psicológico como el sociológico y las diferentes formas de manejarnos frente al dolor y, sobre todo, nuestra capacidad empática, son aprendizajes que hicimos en los primeros años de vida y están estrechamente vinculados a la forma en que fuimos educados.

—Ha habido un encendido debate sobre si era ético o no publicar estas fotos. Unos defienden la idea de que no respetan la intimidad de la víctima, otros, sin embargo creen que haberlo hecho ha despertado muchas conciencias que estaban dormidas. ¿Qué cree?

Creo que debe haber un equilibrio. Creo que no se puede publicar y publicar hasta la saciedad por la dignidad de la víctima, por supuesto, pero también porque puede producir un acostumbramiento, una adaptación y hasta un hastío.

Dicho lo cual, también creo que era imprescindible publicarla. Los que vivimos del lado más afortunado del planeta, los beneficiados por el occidente neurótico y opulento, necesitamos una bofetada en la conciencia, una catarsis que nos zarandee y desplace nuestra mirada más allá de nuestro ombligo, que nos recuerde que los otros son iguales, con los mismos dolores y las mismas ambiciones y necesidades, que no nos merecemos esta vida donde nuestros hijos crecen saludables y seguros porque seamos mejores o hayamos hecho más méritos, sino porque azarosamente hemos nacido aquí y no en esas otras partes del planeta donde la vida no vale nada, nada. Aunque nada más sea para tomar conciencia de nuestra fortuna, volvernos agradecidos y humildes y ser capaces de mirar de frente el dolor de los otros, porque también podría ser el nuestro.

Nos hemos convertido en una sociedad de autómatas convirtiendo lo accesorio en esencial, dando por hecho todo lo que disfrutamos y la imagen de ese niño, su espantosa soledad y muerte, nos confronta con nuestra propia fragilidad y nos pone delante de la mirada el dolor de lo posible.

Si, esa foto era necesaria. Porque las estadísticas de los muertos no nos conmueven, porque son entes abstractos, números que ni siquiera retenemos en la memoria, no existen, no nos caben en nuestra acelerada rutina cotidiana.

Pero Aylan es uno, pequeño, concreto, con nombre y apellido, tiene el poder de sintetizar todo el horror de una vez, quedarse en nuestra retina y movilizar nuestras emociones anestesiadas, nos sacude.

—Trabajar la conciencia de manera individual se me hace la mejor fórmula para cambiar el mundo. ¿Cómo lograrlo, cómo empezar, cómo conseguirlo?

A riesgo de sonar muy generalista, ya que esto daría para un libro, cambiando la manera de educar a nuestros hijos, porque ellos son los dirigentes pero también los “Ayilanes” del futuro.

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