Parejas

Cómo ayudar a los hijos tras el divorcio de sus padres

Cada vez hay más niños que sufren los efecto de la separación

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El número de divorcios ha crecido de manera alarmante en nuestro país. Si hace diez años 41.621 matrimonios terminaban en ruptura, hoy esa cifra se supera con creces, la cifra ha crecido un 150%, lo que se traduce en 62.000 divorcios anuales más.

Detrás de estas cifras se esconde el sufrimiento de las parejas que sienten frustrados sus planes de vida conyugal. Pero tampoco hay que olvidar que los grandes perdedores de estas rupturas son los hijos, sobre todo cuando son pequeños.

Cristina Noriega, doctora en Psicología y autora de «Divorcio ¿cómo ayudamos a los hijos?», asegura que sería necesaria una preparación adecuada para la vida matrimonial, para cuidarla en todo momento y asistirla cuando surgen problemas y dificultades. «Sin embargo —puntualiza—en demasiadas ocasiones por nula o escasa preparación, inmadurez, por falta de ayuda eficaz, por imposibilidad real de superación de los conflictos o por otros muchos factores entremezclados entre sí, se produce la ruptura matrimonial».

—Si una relación resulta inviable, ¿por qué es tan dolorosa la separación de la pareja?

—Independientemente de los motivos que hayan llevado a la ruptura de la pareja, una separación es un proceso tremendamente doloroso porque representa numerosas pérdidas. Siempre que se disuelve un vínculo, se produce una pérdida de las fantasías, de las esperanzas, los sueños, los planes y los proyectos que había en común de la pareja. Además, se produce una ruptura del equilibrio familiar, tanto en los modos de relacionarse, como en los hábitos, las tradiciones y las costumbres.

Esto cobra especial importancia cuando hay hijos, ya que se pasa de ser «padres como matrimonio» a ser «padre» y «madre» en solitario, con los cambios que ello implica. Estas pérdidas, junto con otras que también suelen tener lugar, como la disminución de apoyos sociales cuando los amigos o los familiares se dividen en bandos, la disminución del nivel socioeconómico, entre otros, implican tener que adaptarse a una nueva etapa que es desconocida y en la que hay una gran incertidumbre acerca del futuro.

—¿De qué depende que el duelo se supere antes o después?

—Depende de muchos factores, como puede ser el clima familiar previo a la ruptura, la personalidad subyacente de cada uno de los miembros de la pareja, el grado de conflictividad durante el proceso, la cantidad de apoyos sociales, la presencia o no de hijos, etc. Además de estos factores hay un requisito esencial para elaborar el duelo por la relación perdida: el tratar de entender qué pasó en la relación y qué papel ha jugado cada uno en la ruptura.

Sólo cuando uno siente que la vida puede seguir adelante a pesar de la pérdida sufrida y se permite conservar los momentos buenos compartidos, los sueños y las esperanzas, tratando de no quedarse exclusivamente con la parte negativa de la relación o la persona amada, podrá crecer a nivel personal y volverse más fuerte.

—¿Estamos preparados para superar las separaciones dramáticas?

—Con frecuencia nos encontramos con parejas y familias donde hay unos niveles de conflictividad y sufrimiento muy elevados y donde restablecer y crear un espacio para la comunicación es difícil, pero esto no quiere decir que sea imposible. En muchas ocasiones, este tipo de familias requieren de la ayuda de profesionales (psicólogos, psiquiatras, mediadores, orientadores familiares) que faciliten la comunicación entre las partes.

Sin embargo, el objetivo va siempre dirigido a que los progenitores puedan por sí mismos llegar a dar solución y gestionar sus controversias, en lugar de delegar en terceras partes, pues nadie mejor que ellos van a saber qué es mejor para sus hijos.

—¿Qué es menos dañino para los hijos: unos padres que discuten todo el día o unos padres divorciados?

—El presenciar discusiones intensas entre los padres genera un profundo sufrimiento en los hijos, pero eso no significa que el divorcio sea la solución para disminuir su malestar. Las cosas no son blancas o negras. Cada familia es diferente y, por tanto, creo que hay que ser muy prudente a la hora de hacer este tipo de comparaciones.

Una de las fuentes que genera más malestar en los hijos es el conflicto entre los padres, independientemente de que estén divorciados o no. Por este motivo, en el libro no sólo se incluye una serie de pautas que ayuden a padres divorciados a gestionar diversas situaciones conflictivas a las que se pueden ver expuestos, sino que, además, tiene un capítulo dirigido a aquellas parejas que estén reconsiderando la separación y donde se incluyen una serie de pautas que les pueden ser de ayuda para encontrar una manera más positiva de comunicarse.

—Cada vez hay más hijos de padres divorciados, ¿cuáles son los mejores consejos para que no sufran?

—Si tuviera que destacar tres serían las siguientes. En primer lugar, me parece fundamental escuchar y ayudar a los hijos a expresar sus emociones. Para ello es muy importante observar, por ejemplo, si vemos que un niño comienza a pegar a los compañeros del colegio y nunca lo había hecho. Habrá ir más allá de la conducta en sí y escuchar qué nos está tratando de decir con ese comportamiento al tiempo que mostrarle vías adaptativas para expresar el enfado que, en este caso, pueda estar sintiendo.

En segundo lugar, hay que dejar a los hijos siempre fuera de la conflictiva de los padres, a pesar de la hostilidad, rabia y enfado que los padres puedan sentir hacia el otro progenitor.

En tercer lugar, recordar que los hijos tienen derecho a estar en contacto y a tener una imagen positiva de ambas figuras parentales, independientemente de lo que haya pasado en la relación de pareja.

—¿Cuál es el papel de la escuela ante el divorcio de los padres de un alumno?

—La tarea del colegio es la de acompañar a los padres en la educación de los hijos, independientemente de que los padres estén separados o no. No obstante, dado que lo emocional repercute directamente en lo escolar, la actuación del colegio aumentará necesariamente, ya que no sólo va a tener que preocuparse por la parte académica del alumno, como es de esperar, sino que la parte emocional va a tomar tal cariz que puede llegar a anteponerse a lo académico. De hecho, en muchos casos son los colegios los primeros en detectar cambios comportamentales o emocionales en el alumno, lo que facilita la intervención precoz cuando aparecen estos síntomas, evitando así duelos complicados o problemas mayores en un futuro.

—¿De qué manera influyen las nuevas tecnologías o redes sociales a «recuperarse antes como personas»?

—Las nuevas tecnologías son un medio que pueden ser beneficiosas o perjudiciales en función del uso que se le dé. Pueden ser utilizadas de manera beneficiosa si facilitan las interacciones padres-hijos. Por ejemplo, padres que no conviven con los hijos pueden usar las nuevas tecnologías para hablar viéndose la cara y enviar y recibir fotos de manera prácticamente instantánea. Sin embargo, las nuevas tecnologías también pueden ser un arma arrojadiza que no produce más que dolor y resentimiento si son empleadas para atacar, controlar o poner a los hijos en contra. Por eso es importante ser cuidadoso con la información que se comparte en las redes sociales para evitar así que se pueda arrepentir en un futuro o que pueda ser utilizada por la otra parte en su contra.