Salud mental

¿Tienes manías... o son obsesiones?

Realizar determinados rituales producen sensación de bienestar y seguridad a niños y adultos. Pero, ¿cuándo sobrepasan lo «normal»?

¿Tienes manías... o son obsesiones?

Colocar los muñecos de una determinada manera, y no de otra, encima de la cama para dormir, no querer sentarse en ninguna otra silla, más que en una, a la hora de comer, saltar caminando por la acera para no pisar las baldosas alternas... ¿Manías u obsesiones?

Según Ángel Terrón, psicólogo de Educa-at, cuando una persona tiene determinadas manías o rutinas no tienen porque convertirse en obsesiones, aunque comienzan en muchas ocasiones en la etapa infanto-juvenil. Asegura que todo niño necesita sentir que posee determinado control y estas manías suelen aportarle esa falsa creencia.

Sentimiento de ansiedad

«El problema —explica Ángel Terrón— aparece cuando determinados rituales empiezan a afectar a la vida del niño y experimenta sentimientos de ansiedad cuando las manías no pueden realizarse». Es muy característico que tenga un pensamiento catastrofista que le haga creer que si no cumple determinados rituales pasará algo horrible: «si no doy tres pasos antes de entrar en la bañera, mi padre se puede morir». Es entonces, cuando se puede hablar de un inicio obsesivo donde el niño posee determinados pensamientos negativos que considera que sólo se pueden calmar realizando rituales (compulsiones para aliviar ese pensamiento).

Los padres deben observar al niño y preocuparse en el caso en el que le genere mucha ansiedad y nerviosismo no poder realizar su ritual. Como ejemplo, este psicólogo menciona a los futbolistas que se santiguan o realizan sus rituales antes de salir al campo de fútbol. «Eso son manías —puntualiza el psicólogo de Educa-at—. Pero si un futbolista no se ve capacitado a jugar porque no puede realizar su ritual al salir al campo, eso es una obsesión».

Antes de llegar a este punto es importante ponerse en contacto con el médico de familia, quien seguramente derivará a Salud Mental. Podrá optar, en caso de ser necesario, por un tratamiento farmacológico (si el especialista lo considera oportuno) y será muy conveniente un trabajo conductual donde el apoyo familiar y escolar es fundamental. Terrón puntualiza que no es tan importante «luchar para hacer desaparecer la obsesión, como que el niño las acepte y aprenda a no darle importancia para que sea capaz de no hacerles caso».

En este sentido, este especialista establece algunas pautas que resultan beneficiosas para el trabajo con obsesiones en estas etapas:

—Incidir en la autoestima: las obsesiones se dan por afán de control y un niño inseguro va a necesitar con mayor probabilidad la inclusión de rutinas que le den «falsa seguridad». Por ello, trabajar la autoestima se antoja fundamental.

—Trabajar las emociones: El niño debe entender primero cómo se siente en esos momentos que necesita hacer sus rituales para luego poder controlarlos. Y es que, es imposible el control de cualquier emoción si no está totalmente identificada por parte del individuo.

—Introducir actividades distractoras que en momentos obsesivos puedan incorporarse y, aunque inicialmente no liberen toda la ansiedad, ayuden a calmarla (esto se debe complementar con técnicas de manejo de ansiedad).

—Cambiar periódicamente determinados aspectos de las rutinas del niño.

—Ayudarle a identificar sus obsesiones y poder posteriormente controlar la respuesta ante la aparición de las mismas.

—El apoyo familiar es esencial, ya que si bien los niños comprenden que las obsesiones son fruto de su mente o bien no saben distinguirlas de la realidad, experimentan tristeza al sentir que su vida está limitada.

—Trabajo por parte de los padres para aprender pautas que no refuercen más las obsesiones de su hijo.

Obsesiones en la edad adulta

Alberto Jiménez, socio de Educ-at, advierte que en algunas ocasiones se encuentran en consulta un estilo parental sobreprotector, proyectando los propios miedos de los padres hacia los hijos, aprendiendo a través del modelado pensamientos obsesivos, así como compulsiones y rituales.

«Las obsesiones en la edad adulta se mantienen por la falsa ilusión de control que tiene la persona a la hora de realizar la compulsión para neutralizarla. La valoración negativa de los pensamientos produce malestar y la persona trata de reducirlo mediante las compulsiones o rituales (limpieza, comprobación, repeticiones, acumulaciones...), la evitación y/o la supresión del pensamiento. Muchas personas creen que si no realizan sus compulsiones o rituales ocurrirán realmente las consecuencias indeseadas (como coger una enfermedad, contaminarse, etc.) lo que provoca sentimientos de culpa. De esta manera al realizar las compulsiones se tranquilizan, disminuye su ansiedad y evitan la autoculpabilización. Esto lo que provoca es que se perpetúen las obsesiones, al sentir tranquilidad y control».

Jiménez recomienda los siguientes consejos cuando las personas son capaces de identificar sus obsesiones:

—No dejes que tu vida esté en manos de las manías. Debemos aprender a soportar la ansiedad que nos produce no realizar la compulsión.

—No culpabilizarnos o culpabilizar a quien las sufre.

—No reforcemos sus obsesiones. En muchas ocasiones tendemos a intentar disminuirle el estado de ansiedad con frases tranquilizadoras. De esta manera estaremos consiguiendo lo contrario a lo que buscamos, mantener el problema.

—No rechaces el pensamiento. Escúchalo y aprende a desmontarlo. Es normal sentir ansiedad al no realizar los rituales pero es el camino para vencerlas.

—Se positivo y realista. No podemos esperar a que desaparezcan de un día para otro. Si una persona tiene rasgos obsesivos difícilmente le desaparecerán. Hay que aprender a manejarlos, a no darles veracidad y superar el malestar que provocan los pensamientos intrusivos.

—Utiliza la relajación y actividades distractoras que permitan romper con la cadena de pensamientos catastróficos y te ayuden a reducir tu nivel de activación fisiológica.

—Escribe tus pensamientos. Escribir emocionalmente sobre ti mismo puede ayudarte a reducir pensamientos indeseados recurrentes.

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