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«No existe un maltrato más destructivo que la falta de amor de unos padres a un hijo»

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Olga Carmona es psicóloga de Psicología Ceibe y a diario trata en su consulta a personas que arrastran grandes vacíos que ella intenta ayudar a reconocer y recolocar. Hemos hablado de esta experta en Psicopatología de la Infancia y la Adolescencia sobre la importancia de una infancia llena de amor y contención para evitar lo que se llama adolescentes tiranos. Para ella la mejor manera de combatirlo está en la máxima expresión del amor lo que no supone, jamás en ningún caso, no poner límites claros a los niños sobre lo que está bien y lo que está mal. Pero los límites no pasan ni por gritos ni por maltrato físico o psicológico.

—Existe una manera muy arraigada en la sociedad de pensar que criar a los hijos con amor y sin gritos y, desde luego, sin pegarles, traerá como consecuencia niños tiranos en un futuro. ¿Por qué esa manera de pensar? ¿Dónde está el origen de semejante arraigo?

Sí, desde luego existe una creencia muy arraigada que tiene que ver con que el exceso de amor acaba por pervertir el vínculo y crear niños que tienden a tiranizar. En mi opinión, se originó hace siglos, cuando la sociedad y la familia eran básicamente patriarcales y las relaciones de sus miembros eran jerárquicas. El respeto se confundía con el miedo y los hijos llamaban a sus padres de usted. El cabeza de familia tenía toda la autoridad y el resto básicamente obedecía. Esto se ha transmitido por generaciones y, aunque se ha ido suavizando puesto que hemos avanzando hacia sociedades más democráticas, permanece en el inconsciente colectivo como una creencia incuestionable. Y desde un punto de vista más individual creo que está el miedo, el miedo a equivocarnos desafiando una creencia que durante siglos ha validado socialmente.

—Decía el otro día el presentador de Hermano Mayor que de un hijo sobreprotegido sale un adolescente tirano. En primer lugar, ¿qué es la sobreprotección? ¿Existe una sobreprotección buena y otra mala?

Compruebo constantemente que el término «sobreprotección» es muy confuso así como muy generalizado y manido. Sobreprotección, desde el punto de vista de la educación y la crianza, tiene que ver con inhibir o evitar las posibilidades de crecimiento de los niños, es decir, hacer por ellos las cosas que pueden hacer, no dejar que asuman responsabilidades, tomar todas las decisiones por ellos, en suma, bloquear su desarrollo evitándoles que aprendan las competencias necesarias para la vida y por tanto, inhabilitándoles para desenvolverse en ella. La sobreproteccióntambién tiene que ver con el comportamiento sumiso y no asertivo de los padres, con la no equidad a la hora de defender los derechos de todos y cada uno de los miembros que componen la unidad familiar. Todo esto se traduce en un niño que dado que no puede decidir, ni resolver nada, ni desarrollar ninguna competencia, se siente profundamente inútil y su autoestima se resiente. Cuando uno se sabe inepto, es más que probable que derive en agresividad. Esto además se acompaña de un egocentrismo que impide la maduración del individuo ya que le provee de una falsa autoestima.

Ahora bien, no es sobreprotecciónamar incondicionalmente y hacérselo saber, de todas las maneras posibles y de forma cotidiana. Incondicionalidad no significa ausencia de límites ni de normas, ni está relacionado con estilos parentales indulgentes o permisivos. Significa que el amor hacia nuestros hijos está fuera de la ecuación, no es cuestionable. No así su conducta, que necesita canales para desarrollarse de forma sana y adaptada. Se ha asociado la palabra sobreproteger con mimar, expresiones como está demasiado mimado es equivalente a sobreprotegido. Y no tienen nada que ver: mimar es dar afecto, cuando hacemos algo con mucho mimo queremos decir que estamos poniendo mucho cuidado y cariño en ello. Y eso nada tiene que ver con sobreproteger:

•No es sobreprotección abrazar, escuchar, contener, comprender y respetar a nuestros hijos.

•No es sobreprotección ayudarles a encontrar sus caminos para resolver un conflicto.

•No es sobreprotección cuidarlos y protegerlos de aquello para lo que aún no tienen recursos, como sí lo es seguir haciéndolo cuando ya están capacitados para hacerlo.

•No es sobreprotección tener en brazos a un bebé todo el tiempo que se pueda, ni amamantarlo tanto como la madre y el niño acuerden, porque ese vínculo les dará la fuerza y la seguridad necesaria para exponerse al mundo después y aprehenderlo.

Es muy frecuente en crianza y educación, confundir compensación con contención: cuando un niño se siente frustrado o triste o enfadado porque algo no ha salido como él deseaba, tendemos a compensarle (casi siempre con regalos o alguna otra fórmula sustitutiva) en lugar de contenerlo. Ponernos en su lugar, comprender lo que está sintiendo, acompañarlo, abrazarlo y dar espacio y reconocimiento a esa emoción sería darle la oportunidad de aprender a manejar una emoción negativa, en un entorno emocional de seguridad y afecto. Así es cómo se aprenden los mimbres necesarios para navegar después por la vida. Compensarlo para que no se sienta mal, con un regalito, sería sobreprotección dado que estaríamos evitándole un aprendizaje esencial. No estoy diciendo que haya que exponer premeditadamente a los niños a situaciones difíciles o dolorosas, sino que cuando éstas se producen de forma natural, son excelentes oportunidades de aprendizajes que no podrán hacerse de otro modo.

—Usted es psicóloga clínica y en su consulta pasan a diario pacientes con heridas muy profundas que se arrastran desde la infancia. ¿Qué es lo que, recibido en la infancia, puede hacer desgraciado a un adulto para siempre?

Sin asomo de duda, la falta de amor. No existe una forma más destructiva de maltrato que la falta de amor hacia un niño por parte de sus padres, especialmente de la madre. Somos seres gregarios, el serlo nos ha permitido sobrevivir siendo tan vulnerables e indefensos al nacer. Necesitamos de otros para poder ser. Hay numerosos estudios que demuestran que cuando un recién nacido no recibe contacto físico puede enfermar hasta morir. Aprendemos a relacionarnos con el mundo y quienes lo conforman a partir de esta experiencia primera, donde el recién nacido no puede distinguir entre su madre y él, creyendo que son una única entidad, un continuo. El psicólogo John Bowlby, creador de la teoría del apego, en su monografía para la Organización Mundial de la Salud, presentó la hipótesis de que «el recién nacido y el niño deben experimentar una relación continua, íntima y cálida, con su madre (o madre sustituta permanente) cuya falta puede acarrear consecuencias significativas e irreversibles para la salud mental». Este fue el primero de muchos estudios que corroboraron una y otra vez cómo la ausencia de amor parental creaba estructuras psíquicas desorganizadas que afectaban a muchas áreas de la personalidad. La falta de afecto maternal produce un estado de avidez afectiva y un patológico miedo a ser abandonado, tanto si la privación de afecto ha sido real o percibida. Esto se traduce en un estado crónico de búsqueda afectiva que compense el agujero, muchas veces indefinible, que arrastramos de por vida.

Hay muchos ejemplos conocidos de personas que aunque han alcanzado éxitos sociales, laborales, económicos, y exponen al mundo una fachada impecable de éxito vital, son muertos vivientes poniendo toda su energía en llenar el abismo afectivo que llevan dentro. Marilyn Monroe sería uno de ellos y como todos sabemos nada de lo alcanzado en su vida de adulta pudo compensar una infancia desprovista de amor poniendo fin a su vida voluntaria y prematuramente. Sin llegar a estos extremos, donde la muerte psíquica sólo antecede a la física, en nuestro día a día estamos rodeados de personas que tratan en vano de llenar ese vacío (que llamamos existencial, aunque realmente es afectivo) por los caminos más diversos, pero naufragando en lo personal con profundos sentimientos de vacío y soledad que produce la incapacidad para amar y ser amados.

—Mucha gente asegura que recibió en la infancia gritos y castigos, incluso castigos físicos y que, sin embargo, no le han afectado. ¿Usted se lo cree?

En absoluto. No sólo no lo creo sino que lo confirmo constantemente: el maltrato, en cualquiera de sus manifestaciones, afecta a la psique humana, siempre. Y esto es una máxima. Decir que no nos ha afectado es un mecanismo defensa ante lo que sabemos que es una agresión, pero no podemos reconocer porque necesitamos querer y ser queridos por el agresor. Se llama negación. Hay otros mecanismos defensivos, por ejemplo minimizar el maltrato o cambiarle el nombre: decimos entonces que los castigos o los gritos no son maltrato. Si necesitamos habilitar un mecanismo de defensa es porque tenemos que defendernos de algo que percibimos como una agresión. No ser consciente de algo no significa que no exista y mucho menos que no nos afecte, significa simplemente que está fuera de nuestra conciencia y por tanto de nuestro control, lo que nos hace aún más vulnerables. Negar que tenemos diabetes no hace que ésta desaparezca pero sí evitará que la tratemos; el funcionamiento psíquico no es muy diferente.

—¿La adolescencia es una etapa en la que comienzan a aflorar las consecuencias de una infancia mal gestionada?

Sin lugar a dudas. La adolescencia no es otra cosa que una etapa de transición, otra más en nuestro devenir como seres humanos. No es una etapa al margen de las demás, sino que es fruto de quienes hemos sido anteriormente, cómo hemos sido tratados y qué hemos aprendido. Si durante la infancia hemos sido privados de los afectos imprescindibles o si nos han evitado las posibilidades de aprender a gestionar las emociones, los conflictos y las relaciones, esta etapa tan tumultuosa se verá gravemente afectada. No todos los adolescentes son conflictivos y desde luego este tránsito se verá facilitado si la base que les acompaña es segura. La seguridad en uno mismo proviene siempre del amor primero y es a través del amor donde somos capaces de construir y construirnos. No hay autoestima sin amor. Detrás de un adolescente tiranohay un niño al que no se le ha permitido crecer ni aprender y son el grito agresivo de una autoestima falsa que les confronta con sus propia fragilidad y en no pocas ocasiones a quien no se ha sabido querer.