Familia - Padres hijos

«De niñas a malotas»: cuando la adolescencia de las hijas se convierte en una pesadilla

El psicólogo Ángel Peralbo desgrana un recetario de consejos y experiencias sobre el difícil tránsito que se cruza a los 13 años, especialmente las muchachas, más vulnerables. Aporta las claves para evitar que la «edad del pavo» sea un camino sin retorno

De un lado: «Tengo la sensación de que nadie me entiende», «mis padres nunca me dejan hacer nada de lo que quiero»… Del otro: «Qué ganas tengo de que se le pase la edad del pavo», «mi hija tiene la autoestima muy baja»... No por repetidas en miles de hogares, las cuatro frases recogidas como testimonios reales en el libro «De niñas a malotas» (La Esfera de los Libros), del psicólogo Ángel Peralbo, pierden su importancia en ningún caso. El hecho de que sean tan reiterativas las hace, bien al contrario, imprescindibles para que los problemas que acucian a las hijas adolescentes sean analizados en un volumen como éste, que brinda a los padres estrategias adecuadas para afrontar ese «momento tan complejo y difícil que viven sus princesas» al llegar a los 13 años.

Peralbo es psicólogo especializado en adolescencia y programas de terapia familiar y autor, entre otros, de «El adolescente indomable» y «Educar sin ira». En esta ocasión, disemina con decenas de casos reales que han pasado por su «diván» en el Centro de Psicología Álava Reyesinquietudes tan recurrentes como que las jóvenes no se sientan dueñas de sus vidas, aunque parezca los contrario; por qué tienen prisa por crecer y se enfangan en relaciones tóxicas; por qué viven presas de su propia imagen y cuáles son los peligros en su tiempo de ocio; cómo manejan las turbulentas relaciones con sus amigas como si de estos lazos dependiesen sus propias vidas… A la postre, ningún foco de controversia que no le suene al lector y aporta un recetario de claves sobre qué se debe hacer cuando las hijas adolescentes no se cuidan, no se quieren, no se protegen, no se gustan y no confían en sí misma.

Momento en el que «nacen» las emociones

Que la adolescencia no es un periodo demasiado fácil no pasa inadvertido a nadie tampoco. «No podemos perder de vista que la mayoría de las dificultades que vivimos de adultos tienen su origen en la infanciay, especialmente, en la adolescencia», aclara Peralbo al principio de su obra, para seguir desgranando posteriormente que «la adolescencia es como una gran oportunidad, es cuando se da el mayor grado de importancia a todo lo que acontece, a lo bueno y lo malo. Por ese motivo, cuando los chicos sienten que están cerca de ellos y que se cree en ellos, lo agradecen eternamente, de la misma forma que al contrario, lo asumen y padecen como algo tremendo y permanente». «La adolescencia es la gran oportunidad para aprender a conocer el funcionamiento de las propias emociones y aprovechar las mismas para dirigirse hacia donde uno quiere», matiza este especialista en el abordaje terapéutico de innumerables pacientes con conflictos.

En declaraciones a este periódico, el psicólogo aporta una serie de claves que, resumidas a modo de decálogo útil para los padres, podría servir para identificar algunas de las problemáticas adolescentes más relevantes y que coincidirán con las que ya están viviendo en sus propias casas, en aras de tratarlas consecuentemente y evitar el germen de dificultades futuras.

Claves para evitar dificultades venideras

Esa suerte de recetario efectivo para los progenitores está contenido en las siguientes pautas:

1-.No hay que perder atención a la autoestima de las muchachas: Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) llamado «Evidencia para intervenciones sensibles al género que promuevan la salud mental», las adolescentes son más vulnerables a los trastornos psicológicos que ellos, los varones. A partir de los 13 años, ellas son más propensas a la depresión y la ansiedad, y también bajan mucho los índices a la hora de puntuar su autoestima, lo que parece indicar que, en buena medida, las adolescentes están sometidas a más situaciones de estrés, violencia, normas culturales y carga de trabajo que los varones. Ángel Peralbo sostiene que normalmente, por tradición, han sido mayores las expectativas que depositan los padres sobre ellas que sobre ellos. En la actualidad no se observa tan grande distinción, pero aunque las chicas crecen antes, sí se detecta que ese crecimiento no va asociado a una madurez y comportamiento prudente reales, sino que hay muchas «niñas pequeñas que son grandotas, se hacen las grandes».

2-.Los padres siguen siendo los grandes modelos a seguir e imitar: Los progenitores han de tener conciencia de que son los referentes de sus vástagos siempre y cuando quieren decirles que no a algo, deben recordar que su descendencia puede tener muchos argumentos en contra de sus propios padres.

«Esos padres que afirman “no pasa nada porque mi hijo se fume un porro alguna vez” están relativizando el problema y no sucede nada seguramente si el muchacho tiene 17 años y en efecto es uno puntual, pero sí si tienen 13 y pueden comenzar un hábito real. Los padres que hacen esto, pierden mucho terreno y sienten luego que no pueden entrometerse y guiar la vida de sus hijos. Todos los adolescentes necesitan cierto control, hay que insistir bastante en que sus actos tienen consecuencias y que tienen que ser responsables por ejemplo cuando llegan bebidos a casa, porque la charla y los sermones les van a servir más bien para poco», disecciona el experto.

3-. Al hilo de la cuestión anterior, el padre no ha de estar fiscalizando todo el tiempo, cabreado permanentemente: «Tampoco la figura de un padre es la de un amigo. Los hijos necesitan decisiones tomadas previamente; hay que marcarles los límites con firmeza, no aburrirles intentando convencerles de lo malo que son ciertas cosas. Hay que pactar con ellos, y no delegar las funciones como padres a otros, sino controlar sin que se note demasiado. Ser muy firmes en lo que atañe a las normas fundamentales del hogar y de la convivencia; huir de la repetición, la insistencia y el enfado que no dan éxito. Explicarles que “cuando haces A y rompes mi norma fundamental, ocurre B”. Y eso mantenerlo con coherencia, no levantar la mano a la primera de cambio. Está demostrado que se puede ser eficaz y firme en las normas de la familia sin romper ningún lazo afectivo. Se debe hallar ese equilibrio», sostiene Ángel Peralbo.

Y continúa con un consejo importantísimo: a los hijos hay que darles además el «cuartelillo» suficiente para que piensen por sí mismos, darles los parámetros necesarios para que sean responsables en ciertos momentos. En opinión del psicólogo, «no podemos evitar que vayan a conocer a gente, que se muevan en ambientes y con consumos que no agradan a los padres, pero hay que darles las armas para que se sepan desenvolverse». En suma, se debe confiar en los hijos antes que cargarlos de reproches a los que quizás ni vayan a hacer caso.

4-. El lazo familiar es irrompible, no puede quedar destrozado: Si esta tesitura negativa sucede, ese hijo, esa persona se acuerda toda su vida y el contencioso tiene consecuencias en el futuro provocando en el sujeto un impacto emocional muy fuerte. Se debe hacer todo lo posible para que cuando los hijos crezcan, se sientan orgullosos de lo conseguido. «La carencia de cariño y afecto en la adolescencia pasa factura siempre. Tristemente hay muchos casos en que se sienten perdidos y no se supera con facilidad, sino que tiene un gran calado interno», comenta Peralbo a ABC.es.

5-. Hay que procurar mantener una actitud positiva ante la edad del pavo para no torturarnos: En este brete, el consejo es sencillo. «Si el padre lo está pasando mal en esta edad de sus hijos, lo pasará doblemente mal si repite sin cesar que tiene ganas de que pase esa etapa, esa fase complicada en la vida de toda persona y también de sus hijos, claro».

6-. Van a averiguar las cosas probando, y hay que dejarles, pero marcando fronteras, como las de ponerse piercings en todo el cuerpo. Según desarrolla esta publicación, las adolescentes arden en deseos de mostrarse y trabajan en desarrollar su personalidad, que aún necesita reafirmación y aprendizaje a través de la búsqueda de experiencias, así que prueban. Las buscan. Cuanto más se equivocan, más aprenden, y cuanto más prueban, más se equivocan. «Hay que dar seguridad a quien opina y busca», defiende en las páginas 44 y 45 del libro su autor, y también en el campo estético hay que dar cierto margen. Es algo así como no llevarse las manos a la cabeza cada vez que innovan en su vestuario y se expresan de cierta forma, aunque siempre sin extralimitarse. El padre ha de fijar ciertos límites también en esta norma.

En ambientes restrictivos, el joven siente que no le escuchan y no es aceptado7-. Lo que nos lleva a una pregunta muy común: ¿es más provechoso ser restrictivos o tolerantes? Habla el especialista, tras contar las vivencias de algunas de sus pacientes. «En muchas ocasiones se ha contrastado que en ambientes familiares muy restrictivos, donde no se toleran desviaciones de la norma y opiniones contrarias, el muchacho no se siente aceptado y probablemente esconderá, evitará o mentirá sobre aquello que lo transgreda. En cambio, en ambientes más tolerantes, si se mantiene la firmeza pero se sabe dónde se puede ser más flexible, los adolescentes piensan que se les escucha y respeta, aunque no se esté de acuerdo totalmente con ellos». Muchos progenitores no son conscientes, verbigracia, del efecto deleznable que causan al lanzar al aire preguntas del tipo «¿pero no te das cuenta de la tontería de tus palabras?».

8-. ¿Cómo parar relaciones tóxicas? El caso de Fátima, una chica muy inteligente pero que se prestó y sometió a una relación tortuosa, como se comenta en la página 74 del libro, desatan el análisis de Peralbo: «Si vemos que nuestra hija se deja llevar hacia el norte, no tratemos de llevarla hacia el sur, hemos de fomentar también en este ámbito su capacidad para guiarse por ella misma. Esto supondrá haberle enseñado a utilizar una brújula en vez de intentar guiarla siempre o haber alentado su capacidad de decidir hacia dónde ir en vez de marcarle su camino». Se les debe enseñar a ser «asertivas» y no «sumisas».

Interpelado sobre si también hay distinciones de género en el abordaje de las relaciones sexuales de los adolescentes, el psicólogo alega un aspecto interesante: «Ha saltado también por los aires la tesis de que los padres tienen más temor por ellas porque se pueden quedar embarazadas y ellos no. No se sostiene esta teoría, de hecho, la realidad es la contraria, cada vez se tienen relaciones sexuales más precoces y en la adolescencia se asocia el sexo a un tipo de ocio de borrachera y cambio de pareja cada fin de semana».

9-. Potenciar sus talentos es la norma vital para reforzar su autoestima. El joven tiene que hacer el resto: «Que nos acepten es cosa de los demás, y sin embargo, las hacemos nuestras y además de sentirnos mal, llegamos a experimentar una especie de fracaso personal por no gustar. Lo que la joven necesita es no romper el vínculo familiar y seguir sintiendo un claro apoyo a su persona, aunque no se esté de acuerdo en todo lo que hace. Llega un momento en la vida en que hay que trabajar en descubrir y potenciar los talentos particulares» (página 129). Como padres, se ha de ayudar a los hijos a conseguirlo.

10-. Todo se magnifica, pero hay que tratar de poner los pies en la tierra: «La adolescencia es como estar todo el tiempo al borde del precipicio», dice nuestro orientador. «La visión que tenemos de la vida es como si utilizásemos una pequeña lente de aumento de tal forma que aquello que vemos a través de ella aparece, se percibe y se experimenta de manera muy intensa; pero todo lo que cae fuera de ella no se ve ni importa, es como si no existiera (página 105 de «De niñas a malotas»)». Ángel Peralbo viene a contar los relatos de las niñas que sienten que una vez han cortado con una pareja, pongamos por caso, sienten que «no les queda nada» y esa sensación arrecia más si cabe si han dejado de lado relaciones amistosas y familiares mientras duraba. Es entonces muchas veces cuando dejan de comer, de salir, de estudiar y entran en un proceso de autodestrucción que ya no es cosa de niños y cuyos padres no saben cómo tratar el asunto. El progenitor entonces tiene que saber también en estos momentos ayudar a su hija, ser su bastón principal sin agobios ni embestidas, más bien como soporte emocional. La ayuda de un especialista es otro de los recursos; si bien siempre hay que saber mostrarles el otro lado de ese abismo en el que parecen hallarse temporalmente.

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