Cómo pueden disfrutar los padres de la adolescencia de sus hijos
Familia

Cómo pueden disfrutar los padres de la adolescencia de sus hijos

Le explicamos las claves para conseguirlo. Sí, es posible

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Muchos padres se sienten atemorizados al ver a sus hijos crecer y llegar a la adolescencia por todas las informaciones sobre los peligros que acechan a esta etapa de la vida: drogas, malas compañías, alcohol... Tanto es así que algunos padres confiesan que preferirían que sus hijos no crecieran y se mantuvieran siempre en la primera etapa de la infancia.

Pero el tiempo pasa. Antes o después serán adolescentes. ¿Se puede realmente disfrutar de esta edad de los hijos que se presume tan conflictiva?

Para empezar, Begoña del Pueyo, autora del libro La buena adolescencia (editorial Grijalbo) junto a Rosa Suárez, matiza que no todos los adolescentes son iguales, ni se dan al botellón y asegura con rotundidad a ABC que, efectivamente, «se puede disfrutar de ellos a esta edad». Estas son las claves que nos expone para conseguirlo:

—Los padres sienten inseguridad porque hay que ponerles muchos límites (no vayas a este viaje, no vengas más tarde de las...) y la pregunta de si lo estaré haciendo bien o no, asalta con mucha frecuencia. Es muy conveniente tener relación con los padres de los amigos de tu hijo para charlar, conocer mejor las inquietudes de los jóvenes e, incluso, poder pactar horas de llegada a casa para no dar lugar a que vuestro hijo diga esa frase tan frecuente de «es que a fulanito le dejan llegar dos horas más tarde».

—De nada sirve recordar cómo éramos nosotros de adolescentes. Ya no es un referente. La vida ha evolucionado y es distinta, aunque a los padres les gusta pensar que ahora es más peligrosa para sus hijos. Si se les plantean actividades interesantes que se ajusten a sus gustos, los adolescentes pondrán toda su energía para llevarlas a cabo. No solo pensarán en salir a hacer gamberradas o hasta altas horas de la noche.

Hay que empoderar a los hijos y decirles lo bien que hacen algo para reafirmar su actitud, que se sientan responsables, independientes, sean más empáticos, y su autoestima aumente. De esta forma, ganarán en seguridad y tendrán menos peligro de titubear y sumarse a los deseos del grupo de amigos cuando sus intenciones no sean las más adecuadas.

—Hay que escucharles, dejarles hablar. No se les puede cortar su discurso porque no nos parezca bien lo que dicen, o porque nos imaginemos que el final o conclusión no va a ser de nuestro agrado. La escucha debe ser activa para que se sientan valorados y para que la próxima vez no piensen «mejor no se lo cuento a mis padres porque no me van a dejar terminar de decírselo, ni me van a escuchar». Es mejor dejarles finalizar y luego mostrarles nuestro desacuerdo con lo que ha expuesto. Ganaremos más su confianza y respeto. Es bueno que los padres se pregunten lo siguiente: ¿cuántas veces escuchamos a los hijos sin interrumpirle durante un minuto seguido?

—Los padres deben buscar los espacios y momentos adecuados para relacionarse con sus hijos, como es la hora de cenar, con la televisión apagada, para intercambiar opiniones y comentar cuestiones cotidianas.

—Debemos hacer que se sienta querido y arropado. La familia es su valor refugio, independientemente de que quieran tomar sus propias decisiones. Aunque parezca mentira, a los hijos les gusta que les pongamos límites. Según los estudios en la materia, los adolescentes quieren saber lo que opinan sus padres, aunque luego ellos decidan lo que hacer.

Hay más generación de jóvenes Einsten que de la generación nini. Lo que ocurre es que si le llamamos constantemente vago y le decimos que hace mal las cosas, lo asumirá como cierto y actuará en consecuencia. Lo mejor es decirle «no te das cuenta de que tu habitación debe estar recogida...».

Nunca comenzar una negociación con un reproche y no trasnmitir que sabemos lo que piensa «a tí lo que te pasa es que...».

—Hay que decirles lo que bien que han hecho algo, y no darlo por hecho. Halagarles más.

Evitar el colegueo. Somos padres, no amigos.

—Los adolescentes deben querer salir con sus amigos. Es más preocupante el «niño sillón», que está tumbado y sin ganas de moverse, que el que se vuelve loco por irse de casa con sus amigos a pasarlo bien.

—En las discusiones, que las habrá, no se debe faltar al respeto nunca.