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«El trabajo que nadie quiera, lo acepto yo»

Día 27/02/2013 - 21.52h
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Una madre ruega desesperadamente un empleo para que no le quiten su casa y se quede en la calle con sus hijos, el mayor de ocho años y al que le quedan cinco de vida por padecer una enfermedad rara

«El trabajo que nadie quiera, lo acepto yo»
ángel de antonio
Hugo, en brazos de su madre, lleva un corsé que le permite mantener recta la espalda y estar en pie

Hace un par de semanas informábamos en en las páginas de ABC la difícil situación por la que atraviesa la familia de Queralt y Ernesto, padres de dos niños. El mayor, Hugo, padece una enfermedad rara, mucopolisacaridosis, por la que su cuerpo no produce una enzima, lo que origina multitud de anomalías físicas en todos los órganos, especialmente en el cerebro. Sus padres, los dos en paro desde hace dos años, sienten la rabia de no poder dar la mejor calidad de vida posible a su hijo durante los cinco años que le quedan de vida. Marcos, de cuatro años, y ajeno a las dificultades económicas de sus padres, adora a su hermano que, aunque no habla, se ríen y pelean juntos a todas horas. Y, sobre todo, cuida de él.

Tras la publicación de la información en ABC, personas anónimas se pusieron en contacto con esta familia para transmitirles mensajes de aliento y también para dotarles de ayuda económica. «Cuando fui a la farmacia a comprar las medicinas de Hugo, la farmacéutica, con el periódico en la mano, me dijo: "pero si sois vosotros, no sabía la situación por la que estábais pasando". A partir de ahora me comentó que no me cobraría los pañales que compro para Hugo, lo que supone un ahorro considerable».

Palabras de agradecimiento

«El trabajo que nadie quiera, lo acepto yo»
Los niños viven, de momento, ajenos a la situación que atraviesan

Queralt, tampoco podía salir de su asombro cuando le llegaron 15 euros de un hombre que los envió a la asociación de Mucopolocasaridosis y Síndromes Relacionados (MPS) y además escribió una nota pidiendo disculpas por no poder aportar más. «Estoy impresionada, por la buena acción de personas como este hombre que reconoció haber quedado muy conmovido al leer el reportaje porque él acababa de ser padre y no podía imaginar no poder dar lo mejor a su recién nacido».

También les llegó una aportación de una mujer que les mandó un cheque, así como la de una empresa cuyos empleados se pusieron de acuerdo en aportar dinero para la causa de Hugo.

Este matrimonio de Villaconejos (a 60 kilómetros de Madrid) no sabe cómo expresar con palabras lo agradecidos que están por todas estas muestras de apoyo recibidas. «Desde que salió publicado el reportaje en ABC también nos han llamado de todas las televisiones, radios... En una ocasión tuvimos que apagar el teléfono, porque no podíamos atender más llamadas», recuerda la madre de Hugo.

«Ahora nos quitan la casa»

Tan sorprendidos están por todo ello, que quedaron encantados por poder disponer de un pequeño espacio en este periódico, que contó por primera vez su historia, para dar las gracias de todo corazón a las personas que les han ayudado. Sin embargo, ese pequeño espacio se ha visto incrementado por cómo ha cambiado su situación en los últimos días. Lejos de ver un horizonte de color de rosa, los nubarrones vuelven a instalarse sobre sus vidas, y esta vez sobre su casa.

La pasada semana recibieron una llamada del banco para recordarles que deben cuatro pagos de la hipoteca, en concreto 926 euros por mes, y que esta semana debían abandonar la casa por una dación en pago. «Tengo que reconocer que desde el banco siempre han sido flexibles porque nos han dejado pagar en días posteriores mientras hacíamos lo imposible por conseguír los 926 euros. Pero ahora, la cosa ha cambiado y vamos a perder la casa. Siento una angustia tremenda por no poder tener el hogar en el que mis hijos, y más Hugo, pueden estar mejor», reconoce.

Hace un año «nos dieron otra especie de crédito de 9.000 euros para poder costear los pagos pendientes de la hipoteca porque nos vimos incapaces de conseguir el dinero de otra forma».

Su situación cada vez era más angustiosa. Muchos meses se vieron en la tesitura de elegir: o pagamos la hipoteca, o pagamos lo que nos cuesta la gasolina para llevar a Hugo hasta el Hospital del Niño Jesús, en Madrid —a 60 kilómetros de distancia—, para que le administren su tratamiento. «Simpre tuvimos que descartar pagar al banco, no podíamos abandonar el tratamiento de mi hijo».

Sin sitio adecuado dónde ir

Cuando se casaron, Ernesto y Queralt vivían felices en una casita de 50 metros cuadrados en Mejorada del Campo, y cada uno ganaba un sueldo. Al nacer Hugo pensaron en mudarse a la casa en la que viven ahora en Villaconejos. Poco meses depués fue cuando se enteraron de la enfermedad de su hijo. «Unos primos de Ernesto —apunta Queralt— nos han dicho que nos vayamos a vivir a su casa, pero ellos son cuatro y nosotros también y Hugo, por su enfermedad, a veces hace cosas que no controla como, por ejemplo, romper una puerta, y no quiero que otras personas sufran las duras consecuencias de su situación». «Además, —apunta Ernesto— hay que estar pendiente de él las 24 horas del día y muchas veces ni duerme por la noche, lo que es un verdadero problema porque mis primos trabajan y sus hijos estudian».

Desde el banco les están buscando un piso de alquiler en el que paguen 400 euros al mes. Las dos únicas opciones que han encontrado tienen sus grandes inconvenientes: en una de las casas hay que subir escaleras y Hugo pesa ya mucho como para subirle en brazos y, la otra casa, está llena de humedades y no tiene calefacción por lo que no es el ambiente más adecuado para que Hugo pueda vivir y ponerse enfermo, porque para él supondría un gran problema.

«¿Qué podemos hacer ya? Seguir rogando por tener un trabajo», aseguran los dos emocionados.

«Toso se solucionaría con un trabajo»

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