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Diez valores que enseñar a los hijos

Día 26/02/2013 - 01.14h
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Repasamos, de la mano de la filósofa Victoria Camps, una serie de conceptos decisivos para la educación de la prole

Diez valores que enseñar a los hijos

El libro «Qué hay que enseñar a los hijos» (Editorial Proteus) no es ni un tratado de pedagogía ni uno de los muchos libros de autoayuda que pretenden dar recetas para ir resolviendo los problemas de la educación que surgen cada día. Es el repaso personal que hace de una serie de valores la catedrática de Filosofía, premio Nacional de Ensayo 2012 y madre de tres hijos Victoria Camps. Felicidad, buen humor, carácter, autoestima, buenos sentimientos, obendiencia... «Yo diría que todos son importantes. En realidad, construí el contenido del libro a partir del primer valor, que es la felicidad. Todos los padres dicen que lo único que quieren que sus hijos es que sean felices. Del análisis de ese concepto, en realidad tan borroso, fueron surgiendo otras ideas como el buen humor, la formación del carácter, la manera de enfrentarse al dolor, la autoestima... etc. Son conceptos encadenados que se van complementando y creo que el conjunto explica que es eso de la felicidad», apunta la autora.

Para enseñarlos, dice Camps, no hay ninguna receta. «No hay fórmulas mágicas para educar bien. Sólo se me ocurre proponer la reflexión y la autocrítica. Nunca nos dejará satisfechos la forma en que hemos querido educar. Pero la misma insatisfacción significa voluntad de mejorar. Lo peor es la autocomplaciencia y el echarle las culpas de nuestros fracasos a los demás o a las circunstancias. Tampoco hay que pasarse en el sentimiento de culpabilidad contra nosotros mismos, algo a la que las mujeres somos muy propensas. Como en todo, hay que buscar el equilibrio», concluye.

El hecho es que no es fácil educar en valores hoy en día. «Está en manos de nadie. Así como para enseñar matemáticas o lengua tenemos personas expertas, para enseñar ética no hay expertos, se necesita a toda la sociedad. La incoherencia entre los valores que creemos defender como prioritarios —libertad, igualdad, solidaridad— y lo que realmente transmite la sociedad competitiva y de consumo es el mayor obstáculo para la educación en valores».

En este contexto, estas son algunas de sus propuestas, extraídas de su libro:

1) Felicidad. La autora detecta en nuestra sociedad varios riesgos que crean malentendidos sobre lo que es una vida feliz. Para combatirlos, habría que tener claro lo siguiente;

—Que la felicidad no consiste en tenerlo todo ni en conseguir todo lo que uno se propone. Ser ambicioso es positivo, pero dado que no todo saldrá a nuestro gusto, es preciso aprender a superar y vencer las adversidades.

—La felicidad solo se consigue en compañía. Necesitamos a los otros para vivir y ser un poco felices.

—Hay una búsqueda de felicidad que acaba siendo autodestructiva porque convierte en fin lo que sólo era un medio. La adicción a las drogas, la promiscuidad sexual... son mitificaciones de placeres que, a falta de control, acaban volviéndose contra uno mismo.

—La satisfacción de cualquier capricho, el recurso a los regalos como solución del aburrimiento, el consumo sin límites, favorecen la confusión de la felicidad con la satisfacción inmediata. De esta forma el niño acaba convenciéndose de que solo teniendo y comprando cosas se puede ser feliz.

2) Buen humor. La felicidad no es lo mismo que el buen humor, pero el buen humor es una de las manifestaciones de la felicidad. No perder el humor es, sobre todo, un signo de inteligencia y supone un recurso para aceptarse a sí mismo y para remontar las adversidades que nunca faltan. El humor cura, ayuda a sobrevivir y es liberador. Se aprende por la influencia de las constumbres y del entorno.

3) Carácter. Tendemos a pensar que el carácter es inmutable, que uno tiene el carácter que Dios le ha dado y no tiene más remedio que conformarse con su buena o mala suerte. Tampoco es que el niño sea una página en blanco, lo que llegará a ser está medio escrito por su información genética, por herencia, porque nace en el seno de una cultura... pero al final el resultado es siempre una incógnita. Entonces, ¿cómo se forma el carácter? Los maestros lo saben bien: inculcando al niño hábitos, con la repetición de actos, acostumbrando al niño a que le guste y le atraiga no lo primero que le venga en gana, sino lo que le debe gustar. Haciendo que se adapte a las costumbres que creemos que son buenas.

4) Responsabilidad. ¿Cómo puede aprender un niño a responder de sus actos si no hay normas? ¿Cómo enseñar que algo está mal si no se produce al mismo tiempo un sentimiento de rechazo hacia lo malo? «La moral no es una cuestión de razón, sino de sentimientos. El niño no aprenderá a comportarse correctamente si no siente, al mismo tiempo que sabe, que ciertas cosas son mejores que otras», asegura la autora del libro.

5) Dolor. La pedagogía paterna no tiene más remedio que entrar en ese campo: enseñar a enfrentarse y a responder al dolor, a aceptarlo cuando es inevitable o cuando puede producir un bien mayor, y a rechazarlo, en cambio, cuando es inútil y superfluo. Aceptar el dolor inevitable es una primera lección. La segunda va en sentido contrario: hay mucho dolor en el mundo evitable pues depende de nosotros que disminuya o desaparezca.

6) Autoestima. El fin último de la educación es que la persona sea capaz de desenvolverse por sí misma sin demasiadas dificultades y con el máximo de satisfacciones posible. Ese fin supone algo fundamental, que es la autoestima: Nadie se atreverá a vivir por su cuenta y riesgo si no se quiere a sí mismo, si carece de confianza y de seguridad en sus capacidades. Es muy importante para que un niño se acepte a sí mismo que empiecen por aceptarlo sus padres. Que no lo idealicen ni proyecten en él lo que no es, ni quizá pueda llegara a ser nunca. Educar es intentar extraer lo mejor de cada uno mismo. Y eso que es lo mejor y que el niño difícilmente reconocerá por sí mismo, llegará a descubrirlo con la ayuda de sus padres si éstos saben darle la imagen más favorable y menos falsa de sí mismo.

7) Buenos sentimientos. Pensamos que el sentimiento es lo más espontáneo y natural que hay en el hombre. Sin embargo, los sentimientos también se educan y es posible aprender a gobernarlos. Es decir, que la solidaridad con el que sufre y que no es mi hermano ni mi amigo, por ejemplo, no se produce por arte de magia, sino que precisa un aprendizaje y un entrenamiento. En este caso, la regla de oro de la moralidad se remonta a Confuncio: «No hagas a los demás lo que no quieras que te hicieran a tí». Esa es la base de los buenos sentimientos.

8) Buen gusto. ¿Cómo? ¿También hay que educar el gusto? ¿No nos dicen que el gusto es subjetivo y además, que sobre gustos no hay nada escrito? Pues el gusto se educa, y es fruto de un aprendizaje. Existe el buen gusto y el mal gusto en música, en literatura, diseño, en el vestir o en el hablar. Además, no sólo hay un buen gusto referido a la Cultura con mayúscula. También hay un buen gusto en las reglas de convivencia más cotidianas. Es lo que se llama «saber estar». Y es preciso que los niños aprendan a «saber estar», que se den cuenta de que no todo vale en cualquier sitio ni para cualquier ocasión. Los adultos no tenemos más remedio que enseñárselo con los modelos y las pautas que hemos hecho nuestros.

9) Generosidad. Estamos, según la autora, ante otra virtud «demodée»: «Preferimos hablar de solidaridad. Pero me temo que la solidaridad es otra cosa. La solidaridad puede ser el punto de llegada, pero se empieza por la generosidad. Lo diré de otra forma, el modo de enseñar a nuestros hijos a ser solidarios es enseñándoles a ser generosos». Enseñarle a un niño a ser generoso, prosigue Camps, «es enseñarle a no vivir tan apegado a lo suyo, enseñarle a dar, y no solo a recibir. La generosidad es también el antídoto del egoismo entendiendo por tal la adherencia exagerada al yo y a todas sus pertenencias o intereses. Significa poner lo que uno tiene al mismo tiempo al servicio de aquel que tiene menos o al que le faltan muchas cosas».

10) Amabilidad. Aprender a escuchar, a sonreir, a mostrarse agradecido y de buen humor, hacer que el otro se sienta a gusto y no ser siempre una molestia para los demás, es un rasgo elemental de la buena educación, sea o no auténtico, expone Victoria Camps. «La obsesión por lo auténtico es tan absurda como la obsesión por la natural. La amabilidad no es, pues, una merma de autenticidad, sino una exigencia social. ¡No nos rasgemos las vestiduras!».

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