Según el psicólogo y profesor de Ciencias de la Educación en la Universidad Católica de Brescia (Italia), Luigi Regoliosi, la adolescencia es un periodo de crecimiento de la persona y, por tanto, no es un problema, sino una oportunidad.
Durante su intervención en el seminario «¿Te acuerdas de tu adolescencia? Cómo mirar a tu hijo adolescente» —organizado por la Asociación Familias para la Acogida, en colaboración con el Centro de Estudios del Menor del Instituto de la Familia del CEU—, el profesor apuntó que aunque se trata de la fase más importante del desarrollo de una persona, a menudo se concibe por parte de los padres como una edad crítica, una fase que suscita preocupaciones y temores. ¿Por qué?
«Hay que aceptar que el hijo-niño se convierte en hijo-adolescente»
Todos estos elementos generan en los padres sentimientos de rabia, desilusión y frustración, ante comportamientos que no consiguen comprender. A menudo les hace sentirse heridos, despreciados y rechazados por su hijo y verse incapaces de afrontar exitosamente esta situación.
¿Es posible recuperar esta relación padres-hijos? El profesor Regoliosi ha insistido a lo largo de su ponencia en una cuestión fundamental: no hay recetas útiles para todas las necesidades, ni respuestas automáticas. Lo que hay que hacer es tratar de mirar las cosas desde el punto de vista del hijo, buscar ensimismarse con él.
Punto de vista del hijo
«La toman con los padres porque son los únicos que les soportan»
«A veces un hijo nos agrede porque está asustado, porque tiene miedo de no ser querido, aceptado por nosotros, porque teme habernos decepcionado. Dice mentiras porque teme decepcionarnos, preocuparnos o perder nuestra estima. Comete imprudencias para ponerse a prueba, para demostrarse a sí mismo y a los demás que ya no es un niño. Se encierra en si mismo porque está confuso, es presa de sus propias emociones, tiene miedo de que entremos en su intimidad con juicios e imposiciones. Y la toman con nosotros porque sabe que somos los únicos que podemos soportarlo o para probar hasta dónde le amamos».
La propuesta central de la intervención de Luigi Regoliosi ha girado en torno a la necesidad de que salgamos de nuestros sentimientos, en los que con mucha frecuencia estamos atrapados, para ponernos a la escucha de lo que nos está diciendo. Tenemos que cambiar el centro de atención de nosotros mismos, de lo que sentimos y tratar de entender lo que nuestro hijo siente en su interior.
Así aparece un horizonte esperanzador: las tensiones bajan y se crea un espacio de verdadera escucha y posibilidad de comunicación. Pero además el hijo se siente acogido y aceptado tal como es, no juzgado, no rechazado y nuestra mirada le devuelve una imagen positiva de él mismo que aplaca su ansia y su rabia.
Regoliosi finalizó su exposición asegurando que un hijo que cambia y se enfrenta al mundo «nos obliga a reabrir el corazón a muchas preguntas porque sus preguntas sobre el sentido de la vida son también las nuestras; pide de nosotros cambiar también, nos hace más conscientes de lo que significa ser padre y madre, pone a prueba nuestra capacidad de amar y de acoger. ¿Estamos verdaderamente dispuestos a aceptarlo como un ser autónomo, diferente de nosotros?




