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«Si sufres acoso escolar, es vital pedir ayuda desde el principio»

En la novela juvenil «Bajo el paraguas azul», la profesora Elena Martínez aborda el acoso escolar, hoy intensificado por el mal uso de internet y las redes sociales

«Si sufres acoso escolar, es vital pedir ayuda desde el principio»

—¿La trama se apoya en un caso real?

—En mi trabajo como profesora me he encontrado con muchas situaciones de acoso. En concreto, hace unos años tuve una alumna a la que le pasó lo que le ocurre a Glauca, la protagonista de «Bajo el paraguas azul». Mi alumna mandó una foto a su novio y terminó puesta en todas las farolas del barrio. Sobre todo desde ese momento la idea del libro me estaba rondando por la cabeza y me propuse escribirlo y publicarlo. Y más cuando ahora, con el auge de internet y las redes sociales, las cosas van cada vez más a peor, han adquirido una dimensión mucho más alarmante. A Glauca su novio, Sergio, le pide que le envíe una foto sexi. Acaba cediendo, pero ni se imagina que este se la reenviará a Andrea, que la odia, y que hará circular la foto por internet para que todos se burlen de ella. También el personaje de Alberto, el mejor amigo de la protagonista, se basa en otro alumno mío que sufrió acoso. Quise hacerle un regalo con esto, convirtiéndole en la persona que va a ayudar a Glauca.

—¿Ha multiplicado internet el problema?

—Antes se metían contigo pero se acababa el cole y te ibas a tu casa. Había una manera de escapar. Ahora no. Se crean grupos en whatsApp y meten a una persona y se dedican a insultarla de forma despiadada: «No vales nada», «Muérete», «Tírate al tren»... Mandan e-mail con amenazas. El ciberacoso es brutal en muchos centros. Comparten tus fotos e incluso las modifican para reírse. Muchas adolescentes no son conscientes de las consecuencias que puede tener, por ejemplo, colgar una foto en biquini de las vacaciones de verano. Esa foto te la puede coger cualquiera para hacer algo malo. Y no solo en el asunto del acoso por parte de compañeros, sino en el de la pederastia.

—¿Cómo definiría a Glauca?

—Glauca es una chica muy estudiosa, alegre, empática, pero llena de inseguridades porque no se gusta físicamente. Es un personaje que tiene mucho de mí cuando era adolescente. Yo también sufrí acoso en casi todos los colegios a los que fui. Era la típica niña gordita, con el pelo afro, gafas, la empollona de la clase. En la novela he volcado una doble experiencia: la que viví de pequeña en carne propia y la que he visto después como profesora. Conozco muy bien lo que siente alguien que padece acoso, lo mal que se pasa.

—¿Conoce la sociedad toda la gravedad del acoso escolar?

—A los centros educativos acuden policías, psicólogos, asociaciones para la prevención, como No al acoso escolar y Pantallas amigas, entre otras —al final del libro se incluye una lista—, y dan charlas a los estudiantes. Pero muchos las reciben diciendo: «Fantástico. Nos hemos librado de una hora de clase». En general, piensan que es algo que no les va a tocar a ellos. Hay que insistir en este aspecto, que tomen conciencia de que le puede suceder a cualquiera y que lo hagan antes de que estalle el problema, pues entonces es más difícil de solucionar y se va haciendo una montaña. Hay varias asociaciones que están hablando con la editorial para colaborar y ver la posibilidad de utilizar la novela como herramienta de trabajo.

—¿Tiene su novela un carácter de advertencia?

Yo no les digo: «No hagáis esto porque es malo». En ningún momento ordeno que no manden la foto, como hace Glauca. Pero sí muestro lo que pasa, y luego que ellos mismos decidan. Creo que esta postura es la que más les ayuda, como me han comentado algunos adolescentes que la han leído. Quiero que comprendan que jamás el acoso es una broma, aunque pueda empezar como tal y algunos de los acosadores se justifiquen así. He intentado presentar el lado no alegre, sino muy oscuro, de internet y de las redes sociales, que son instrumentos maravillosos siempre que se utilicen de manera responsable. Las «bromas» en internet y las redes sociales pueden llegar incluso a poner en peligro la vida de una persona.

—¿Piensa que la literatura juvenil debe conllevar un carácter pedagógico?

—Como autora de literatura juvenil tengo una gran responsabilidad con mis lectores. Aspiro a ofrecerles historias entretenidas, que les enganchen, y que les despierten el interés y el amor por la lectura, algo que siempre he tratado de impulsar tanto en mis clases de Lengua y Literatura como a través de la Asociación cultural «Tiramisú entre libros», también para adultos, pero que tiene una parte especialmente enfocada al fomento de la lectura entre los jóvenes. Pero también me preocupa que de esas historias puedan aprender, obtener enseñanzas beneficiosas para su formación, incluso para su vida cotidiana. En «Bajo el paraguas azul» he querido mostrarles cómo lo que hace Glauca puede afectarles de forma terrible a su vida. En esencia, recordando la máxima clásica, procuro «enseñar deleitando».

—¿Qué ha de hacerse ante el acoso escolar?

—Lo primero es que quien lo sufra no lo vea como algo «normal». Tiene que reconocerlo para poder afrontarlo y solucionarlo. No se puede dejar pasar, creyendo que no es tan grave o que se acabará. El acoso tiene unas consecuencias que pueden durar mucho tiempo y no pocas veces se termina confiando en quien no debes porque estás hundida y confías en la primera persona que te presta atención. De esto también he querido avisar en mi novela. Hay que saber distinguir a los auténticos amigos, que te aprecian de verdad. Resulta muy importante darse absoluta cuenta de la situación para llegar al momento decisivo de pedir ayuda. Porque esto es lo más difícil, estás confuso y te da vergüenza.

—¿Se puede salir del acoso y superarlo?

—Claro que sí. Pero siempre y cuando se pida ayuda. Es imprescindible. Entonces se pone en marcha un mecanismo de apoyo que tiene varios frentes: familia, institutos, profesores, policía… Y es vital pedir esa ayuda desde el principio, ningún síntoma por pequeño que parezca al comienzo ha de obviarse sin darle importancia. A mi personalmente me costó mucho superarlo, y fue ya de adulta y con ayuda psicológica profesional. El acoso te arrastra a considerar que no vales nada. Es muy duro. La psicóloga consiguió que comprendiera que valía mucho más de lo que los demás me querían hacer ver. También los compañeros del acosado, sabiéndolo, miran para otro lado. No dan la voz de alarma, porque hay mucho miedo. Piensan que si lo denuncian les van a llamar chivatos y a empezar a meterse con ellos. Prefieren ser cómplices de que a un compañero le estén haciendo la vida imposible. Cuando estaba escribiendo la novela barajé la posibilidad de poner un final trágico. Pero preferí comunicar un mensaje positivo y de esperanza, insistiendo en lo que me parece decisivo: para salir del acoso escolar hay que pedir ayuda, por muy difícil que resulte. A veces no es sencillo detectar un caso si nadie dice nada.

—¿Aunque concebida para un público juvenil, “Bajo el paraguas azul” aporta también provecho a padres y profesores?

—Tengo la impresión de que muchos padres no son totalmente conscientes de lo que están haciendo cuando, por ejemplo, le regalan un móvil a su hijo. Y cada vez se regalan antes, muchas veces con la Primera Comunión. El móvil tiene una cámara y un niño con 10 años aprende con rapidez a manejarla, pero no es maduro para saber dónde puede acabar una foto. Por otro lado, creo que los adultos deben entender que en casos como el de Glauca, ella es la víctima. Con reproches no se arregla nada. En cuanto a los profesores, tienen mucho protagonismo en la novela, pues es algo que tenía que reflejar. La mayoría se preocupan por sus alumnos, les escuchan y ayudan, pero, por desgracia, también hay algunos que se lavan las manos, como el jefe de estudios que aparece y que está basado en un compañero que tuve y que era así. También los profesores de la novela que toman cartas en el asunto se inspiran en personas reales.

—En su novela la canción «Me haces respirar» de Davinia Pastor es casi como un himno…

—La escuché y sentí de inmediato que tenía que convertirse en la canción de Glauca y de su amigo Alberto. Con su estribillo «Por eso cuando decaigo / tu mano siempre está…» resume muy bien lo que quería trasmitir. Si pides ayuda, siempre habrá una persona dispuesta a dártela. Entré en contacto con Davinia Pastor y ahora me acompaña cantándola en las presentaciones del libro. Y en él se incluye un código QR con la que se puede obtener la canción.

—¿Tiene en perspectiva algún otro libro?

—Disfruto mucho con la novela juvenil, y por mi trabajo en la docencia sé lo que les preocupa a los adolescentes y los problemas que existen. Por ejemplo, cada vez hay más machismo en su mundo y no son conscientes. Actitudes de control las ven como naturales y no solo los chicos sino también las chicas que las padecen. Me gustaría tocar ese tema, que es muy preocupante. Ya he empezado a escribir sobre ello.

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