Educación

Practicar cálculo y dictado, ¿antigualla o panacea?

Actualizado:

Las reformas educativas siempre son un tema sensible. El último país en hacer una reforma en ese sentido ha sido Francia. Y entre los cambios que entrarán en vigor en el próximo curso de 2016-17 destacan la vuelta a los dictados, ejercicios de cálculo mental y lecturas diarias entre los 6 y 11 años, lo que correspondería a la escuela primaria española.

Pero, ¿qué se hace en España en este sentido? En nuestro país, tanto una como otra competencia están previstas por ley. De hecho, el artículo 16 de la LOMCE dice que entre los principios generales de Educación Primaria es facilitar a los alumnos los aprendizajes de la expresión y comprensión 0ral, la lectura, la escritura, y el cálculo... mientras que en el artículo 17 se habla de las competencias matemáticas básicas, así como la resolución de problemas que requieran la realización de operaciones mentales de cálculo, conocimientos geométricos y estimaciones, así como su aplicación a situaciones de la vida cotidiana.

A juicio de Joaquín Almela Martínez, director del Colegio Tajamar, en España estos temas se han trabajado siempre bastante, y son, además, «fundamentales». «Son automatismos que tienen que dominar los chicos para poder triunfar en el sistema educativo. La lectura, el cálculo y la ortografía les perseguirá durante toda su etapa estudiantil. Además, estructuran muy bien la cabeza y ayudan en el aprendizaje posterior de otras asignaturas o materias más complejas». Lo corrobora el presidente de la Asociación de Profesores de Secundaria (APS) de Navarra, Alberto Royo. A su juicio, y respeto al cálculo mental, «no debería ser siquiera necesario defender el aprendizaje de los números y el cálculo numérico como algo de vital importancia durante la formación y también en la vida cotidiana».

En relación con este asunto se suele objetar, prosigue Royo, «que un alumno no necesita aprender la tabla de multiplicar porque puede usar la calculadora, despreciando así la importancia de ejercitar la memoria, la concentración o la atención, conceptos estos también hostiles para el pedagogo posmoderno». Pero no se trata tanto, añade este profesor, «de hasta dónde puede llegar un alumno mediante el cálculo mental. No hablamos de competitividad o de prepararlos para un concurso televisivo sino precisamente de los beneficios que proporciona su práctica, del provecho que se obtiene de toda aquella actividad que estimula y favorece el ejercicio intelectual». Pilar Montero, profesora de Secundaria en un IES de la periferia de Madrid y autora del libro «Está ardiendo una papelera» cuenta una anécdota personal de su experiencia como docente: «No soy una experta en cálculo mental, pero me encanta. En todos los exámenes sumo de cabeza los decimales obtenidos en cada pregunta por el alumno. Y en el 90% de las ocasiones en la que los alumnos me dicen calculadora en mano que me he equivocado al sumar, siempre tengo yo razón».

«La letra con sangre entra»

En cuanto al dictado, el presidente de la asociación de profesores de Secundaria (APS) asegura que «practicar dictados, copiar faltas de ortografía en un cuaderno para fijarlas en la memoria y no cometer más los mismos errores es «fundamental», a la vez que se pregunta en voz alta «si de veras puede alguien repudiar el empleo de esta herramienta con un mínimo de seriedad y con argumentos consistentes». Para este docente, «tan obsesionados estamos con facilitarlo todo, con apostar por el aprendizaje divertido, como si todo pudiera aprenderse de forma placentera, como si el esfuerzo solo pudiera desarrollarse previa motivación, como si el hecho de aprender algo que uno no sabe no fuera suficiente incentivo, tan interesados en confundir de manera intencionada la ejercitación de hábitos indispensables como la manida frase de "la letra con sangre entra", tan innovadores queremos ser... que terminamos desechando lo que la tradición tiene de positivo».

Para el presidente de la asociación de profesores de Secundaria (APS) se está pidiendo al docente «que innove, que empatice, que entretenga, que motive...cuando lo que se le debe exigir es que sepa expresarse, transmitir, dictar, entonar para que esta entonación se refleje en la puntuación y los alumnos aprendan a usarla correctamente... cuando un alumno copia un dictado y lo corrige en clase, casi sin querer ha leído el texto tres veces. No solo ha trabajado la ortografía sino que también ha comprendido el significado de las palabras, ha favorecido la caligrafía... El dictado por ejemplo puede dar pie después a una redacción que el propio alumno puede continuar para practicar la coherencia en la escritura».

La única pega que le pondría a este tema la autora de Está ardiendo una papelera es la falta de tiempo para la práctica del dictado en nuestro país. «Los profesores de Lengua y Literatura estamos sometidos a currículos y programas que no han cambiado desde que yo era alumna, y que pretenden que los alumnos de ESO sean filólogos, así es que nos vemos obligados a enseñar el complemento predicativo y el régimen preposicional, los morfemas flexivos y derivativos, y no queda apenas tiempo para el dictado, que algunos profesores, por lo demás, consideran una antigualla».