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Pegar una bofetada a un hijo puede costar la cárcel a los padres

Día 13/07/2013 - 01.48h
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Cada vez hay más casos de adolescentes que denuncian a un progenitor porque «se le escapa un cachete o un insulto»

¿No es desproporcionado que un padre se enfrente a un año de cárcel por dar una bofetada a su hija? Esta es la pregunta que se hace María José Andrés, la abogada de un progenitor zaragozano que se ha enfrentado a una acusación de un delito de violencia doméstica por dar una bofetada a su hija de 16 años. «Ella le exigió que pagara los 140 euros que costaba la pantalla de su móvil, que se había estropeado –explica la letrada–. Ante la negativa del padre, la hija comenzó a insultarle y a dar golpes, hasta el punto de que rompió una puerta. Mi cliente ha reconocido que le dio una bofetada para corregir ese comportamiento de rebeldía. Pero el fiscal pidió la pena máxima de un año de prisión y tres años de alejamiento y de privación de comunicación por un delito de violencia doméstica». A María Jesús no le cabe en la cabeza, más aún cuando no se ha producido ningún tipo de lesión. La abogada conoció ayer la resolución judicial de este caso: el juez ha estimado que el padre no cometió ningún delito y ejerció su derecho de corrección.

Casos como este ya no son tan extraños en los juzgados, como reconocen algunos abogados consultados por ABC. «Hay cierto incremento de denuncias de los hijos hacia los padres porque al progenitor se le escapa un cachete, una bofetada o insultos. Suelen denunciar adolescentes de 13 a 17 años», afirma Gonzalo Pueyo, presidente de la Asociación Nacional de Abogados de Familia.

Si ya casi nadie duda de que la letra con sangre no entra y de que los menores tienen derecho a denunciar y reclamar, lo que está en juego muchas veces es hasta dónde pueden corregir los padres a sus hijos en determinadas situaciones y dónde se encuentra el límite. Y a la luz de algunas investigaciones que se han realizado, muchos progenitores lo tienen claro a pesar de lo que diga la ley y de lo que recomienden pedagogos y psicólogos. En un reciente estudio se preguntó a más de mil universitarios españoles si a la edad de 10 años les habían pegado algún cachete: el 60% dijeron que sí. Una cifra que coincide con una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2005, uno de las pocas que existen sobre este asunto: seis de cada diez adultos (59,9%) creen que dar un azote a tiempo a los más pequeños evita mayores problemas en el futuro.

Cambios legislativos

En España los padres ya no pueden «corregir moderada y razonablemente» a sus hijos, como rezaba en los artículos 154 y 268 el Código Civil. De esta forma, acciones como un cachete o una bofetada tenían cierto respaldo legal. Estos artículos fueron derogados en 2007 en una disposición adicional de la ley de adopciones internacionales. En su lugar, el nuevo texto que regula la patria potestad no solo elemina la posibilidad de corregir con un azote a los hijos, sino que indica cómo los padres deben reprenderles: «Con respeto a su integridad física y psicológica» y «de acuerdo con su personalidad».

Ahora, el hecho de pegar un cachete o una bofetada a un hijo constituye un delito de violencia doméstica regulado en el artículo 153 del Código Penal y sancionado con una pena de prisión de entre tres meses y un año.

Indudablemente, la adolescencia puede sacar de quicio tanto al adolescente que está sufriendo los cambios como a los padres. Y bajo ningún motivo se puede tolerar un maltrato a un menor. Sin embargo, como se pregunta la abogada María José Andrés, «¿por qué se tratan con las mismas sanciones una bofetada puntual y un maltrato reiterado?».

Hay otro fenómeno a considerar: los castigos físicos durante años consentidos han dejado paso a una generación de chavales que no conocen límites y no toleran la frustración. Y eso lo reconocen abogados, padres, profesores, psicólogos, pedagogos... «Muchos adolescentes, cuando no están conformes con los límites que les imponen los padres y estos les dan una bofetada, les denuncian. Eso llega a los tribunales, a veces con fundamento y otras no», asegura Juana Balmaseda, abogada de la subcomisión de violencia de género del Consejo General de la Abogacía Española.

El contexto

En los procesos de separación y divorcio hay que tener más cuidado. «Una bofetada puntual puede ser alegada contra el progenitor custodio diciendo que castiga a los hijos con mucho rigor. También los niños llegan a ser grandes manipuladores para obtener lo que quieren, utilizando a uno u otro cónyuge y diciendo "mi padre o mi madre me han pegado". Hay que ver en qué contexto se hace: el padre que pega un cachete porque el niño le ha sacado de quicio por una rabieta, el niño que no tolera la frustración y tiene reacciones explosivas... No son situaciones peligrosas, no es maltrato», dice Balmaseda.

Educación y diálogo son las claves para evitar el conflicto, pero «hoy muchos padres se ven sin armas, indefensos para dar pautas educativas. Los padres no podemos dejarnos chantajear por los hijos ni educarlos con miedo, tienen que ejercer su autoridad. Si un adolescente quiere salir hasta las tres de la madrugada y amenaza con denunciar al padre porque no le deja, quizá ese padre tenga que decirle: "Pues ahora vamos los dos a la Policía"», defiende Javier Urra, psicólogo y director del programa para padres e hijos en conflicto Recurra. «Una bofetada no es eficaz ni resulta pedagógica, pero una bofetada a destiempo nunca se puede equiparar a maltrato», opina.

Lo peor no es el dolor de la bofetada, como sostiene Balmaseda, sino el hecho de que «un niño denuncie a su padre. Es, desde el punto de vista familiar, una forma deficiente y muy dolorosa de manejar el conflicto. Eso deja tremendas consecuencias».

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