Sergio Álvarez - José Ramón Ladra / Vídeo: Vea en el vídeo la confesión del jinete

Sergio Álvarez se confiesa: «Cuando me divorcié de Marta Ortega, seguía enamorado»

El jinete asturiano abre a ABC las puertas de su centro hípico de La Moraleja y habla por primera vez de su vida más allá del deporte

MadridActualizado:

Su imagen pública es la de un hombre algo frío, aunque en las distancias cortas Sergio Álvarez Moya (33 años) se permite aflojar esa contención para mostrar su entusiasmo ante el gran proyecto de su vida: un centro de alto rendimiento para la formación de caballos que en breve abrirá en La Moraleja, a las afueras de Madrid, y donde recibe a ABC. El jinete asturiano, el único español entre los 50 mejores del mundo -a día de hoy, se sitúa en el puesto 15-, hace un alto en su agenda antes de viajar a Holanda para hablar sobre su trayectoria personal y profesional y, por primera vez, para explicar cómo trató de conciliar su trabajo con su noviazgo, su boda y su posterior divorcio de Marta Ortega (34), hija de Amancio Ortega (81 años), fundador de Inditex y el hombre más rico de España, con una fortuna estimada en 62.700 millones de euros. Padre de un niño de 5 años, fruto de sus dos años de matrimonio con Marta, Sergio Álvarez habla a corazón abierto.

Usted es hijo de un empresario de hostelería y juegos recreativos, aunque decidió no seguir la tradición familiar para dedicarse a su carrera como jinete de saltos. ¿En qué momento cambió la dirección de su vida?

Mi tío me solía llevar a la escuela de equitación de Avilés (Asturias), donde tenía varios caballos. Y fue allí, a los 7 años, cuando disfruté de la sensación de montarlos. Poco a poco fui aficionándome hasta el punto de no hacer otra cosa, salvo las horas que pasaba en el colegio. Mis amigos quedaban para salir o jugar al fútbol, pero yo solo entrenaba. Para mí no era un sacrificio, sino una pasión.

¿Siente que se perdió muchas cosas durante su adolescencia?

Seguramente, pero he tenido otras oportunidades que pocos pueden disfrutar, como viajar por todo el mundo y conocer a gente espectacular.

¿En qué momento decidió dedicarse profesionalmente a la hípica?

A los 16 años gané los campeonatos de España y de Europa, y me llegó una oferta de una cuadra de Alemania para formarme como jinete. Mi padre no me dejó ir hasta que no acabara el colegio y me sacara el carné de conducir. Esperé a los 18 años y me mudé a Bélgica con mi hermano Julio, que es con quien siempre he estado en los negocios. Él también tiene pasión por los caballos, pero no monta por culpa de una lesión. Lo que sí tiene es un ojo muy bueno para comprarlos y entrenarlos. Juntos formamos una sociedad y así empezamos con nuestro propio negocio.

¿Y su padre qué opinaba?

Vengo de una familia muy unida y mi padre, dentro de sus posibilidades, nos ayudó. Nunca quiso hacer la sociedad con nosotros, pero sí nos cedió sus caballos para que arrancáramos.

Esa sociedad se rompió cuando usted se casó con Marta Ortega. ¿Fue por consejo de su exsuegro, como se comentó entonces?

Para nada, eso ya lo habíamos hablado antes. Cuando empezamos, mi hermano y yo estábamos solos y llegamos a tener un centenar de caballos. Pero él se casó y tenía que mantener a su propia familia, así que ya no podíamos reinvertir todo en más caballos. Era el momento de separarnos y formar cada uno nuestro patrimonio. Es verdad que hasta que no empecé a salir con Marta no lo formalizamos, pero la decisión ya estaba tomada. Hoy trabajamos juntos en momentos puntuales. Y no son ciertas todas esas historias que cuentan. Gracias a mi profesión pude conocer a una familia tan espectacular como es la de Marta. A los 12 años ella y yo hablábamos mucho, y también lo hacía con su padre, Amancio Ortega. Pero te aseguro que no tenía ni idea de quién era. Es verdad que no hablaba mucho, aunque las cosas que decía tenían mucho fundamento. Un día me explicó que era normal que mi hermano quisiera seguir su camino pensando en su familia. Su consejo fue que le hiciera caso, que ya volveríamos a hacer cosas juntos. Me ayudó a entenderlo. Eso fue mucho antes de mi boda con Marta.

Usted tuvo un largo noviazgo y un matrimonio de solo dos años...

Cosas de la vida. Me casé muy joven, aunque habíamos vivido mucho tiempo juntos... Resulta muy difícil convivir con una persona con una carrera como la mía. Nunca puedo hacer planes, ni tan siquiera coger unos días de vacaciones. Además, no lo paso bien si estoy separado de los caballos.

Según el registro mercantil, su sociedad, Alvarez Moya Horses, tiene unos activos de más de 4 millones...

Los resultados no hay que mirarlos a corto plazo, sino a muy largo. Preparar un caballo a primer nivel lleva mucho tiempo y aunque a veces los márgenes pueden ser grandes, eso no siempre ocurre. Puedes tener suerte y comprar un caballo valorado en 4.000 euros y, después de estar años entrenándolo casi de manera artesanal, puede alcanzar los 100.000 euros o los 5 millones.

¿Y no hay que ser millonario para dedicarse a lo suyo?

Hay de todo. Si uno se lo toma como una afición, claro que hay que ser súper millonario. Pero si tienes talento, puedes encontrar patrocinadores o dedicarte a la venta de campeones, como hago yo.

Su exsuegro le regaló a «Carlo», un caballo de 3 millones de euros.

No me lo regaló. Mi otro caballo estaba lesionado y él pensaba vender a «Carlo», porque tenía una buena oferta. Pero pensó que era una pena que yo no pudiera competir y se ofreció a ayudarme. «Carlo» resultó ser una joya y aún lo tengo conmigo, aunque pertenece a Amancio y Marta. Siempre estaré agradecido por esa ayuda.

Tiene un hijo de apenas 5 años. ¿Cómo se las apaña para estar cerca de él?

Tengo la gran suerte de mantener una gran relación con Marta. Ella entiende perfectamente cómo es mi trabajo. Lo llevo bien, porque me pone las cosas fáciles para estar con mi hijo.

¿Le quedan ganas de formalizar otra relación? Ahora sale con la arquitecto alemana Nina Ulenberg...

Me tomo las cosas con calma. Nina también conoce el mundo del caballo y me acompaña mucho, pero ella está más metida en la orgánica de mi vida.

Desde que no es el yerno de Amancio Ortega, usted resulta más comunicativo.

Lo que ocurre es que cuando empecé a salir con Marta siempre querían saber cosas sobre ella y me sentía incómodo.

¿Sufrió durante su divorcio?

Se pasa muy mal. Nunca antes lo he dicho, pero te confieso que cuando me separé, yo aún estaba enamorado de Marta. Entramos en una dinámica complicada, que nos hizo tomar esa decisión porque teníamos proyectos muy diferentes. Y de la misma manera que yo no iba a pedirle que se sacrificara por mí, yo no podía dejar mi carrera. Fue lo mejor para los dos, aunque repito que yo seguía enamorado. Nuestras vidas chocaron. Fue muy duro y supongo que para ella también. La quiero mucho y reconozco que su familia me ayudó mucho, y no me refiero en lo material.

¿En qué se refugió?

En los caballos. No paré de competir. Además, me resultaba difícil verla, lo pasaba mal.

¿A la hora de firmar el divorcio tuvo que negociar duro?

Fue de lo más normal. Cuando tomamos la decisión, sí es verdad que firmamos un convenio por si en el futuro nuestra relación no era tan buena como a día de hoy sí lo es. Pero solo por precaución. Cada uno tiene lo suyo. A mí nadie me tiene que dar nada ni yo tampoco a nadie. Te aseguro que mi situación, dentro de lo que es una ruptura, es un sueño por lo bien que nos entendemos y cómo respetan mi vida.

¿Qué siente hoy por Marta?

Respeto. Me encanta que sea feliz y sería muy triste si pensara de otra manera. Sólo le deseo lo mejor. Además, su felicidad repercute en la de mi hijo.