Anthony Bourdain - Reuters / Vídeo: Muere Anthony Bourdain, chef estrella de la CNN

Anthony Bourdain, el cocinero más famoso de EE.UU., se quita la vida

Muchos soñaban vivir como él: epicúreo, leído, curioso y siempre de viaje. El cocinero más famoso de EE.UU. se suicidó en un hotel de Francia

Nueva YorkActualizado:

«Las vistas preciosas siempre me deprimen un poco», aseguraba hace unos años Anthony Bourdain, encaramado al Albaicín, con La Alhambra de frente, abrumado por su belleza. Era un capítulo de «Parts Unknown», uno de sus populares programas de televisión, en los que descubría culturas y gastronomías por todo el mundo. No se sabe qué pasó exactamente delante de los ojos del cocinero más famoso de EE.UU. en los últimos días, pero ha aparecido muerto en un hotel de la Alsacia. Un fiscal de Colmar, una localidad cercana a donde fue encontrado, aseguró que se había colgado. Se encontraba en Francia en la grabación de un nuevo capítulo de su serie. Tenía 61 años.

La noticia pilló por sorpresa a todo Estados Unidos. Cualquiera que le hubiera visto en la pantalla -quizá el programa de viajes más popular del país- fantaseaba tener una vida como la de Bourdain. Siempre en la carretera, aventurero, incapaz de dejar de probar el bocado más excéntrico, leído, curioso, narrador impecable, desenfadado, crápula, comedor y bebedor insaciable a pesar de su delgadez… Bourdain era la materialización del sueño del viajero eterno, epicúreo, exquisito y tabernero al mismo tiempo.

Se crió en New Jersey, en una familia de clase media-alta. Su apellido no engaña: su padre era descendiente de franceses y la familia viajaba al Viejo Continente de vez en cuando a visitar a familiares. Sus abuelos paternos eran de Arcachon. Pocos lugares en el mundo mejores para probar una ostra. El pequeño Anthony se enamoró del crustáceo nada más sentir el gusto oceánico en la boca y, por extensión, de la gastronomía.

Introducción culinaria

Pasó los veranos de su juventud en cocinas. Uno de ellos, en Cape Cod, en un chiringuito de playa donde abría ostras y fregaba platos. Allí conoció también las jornadas interminables de trabajo, los flirteos con clientas, el coqueteo con las drogas. Apenas duró dos años en la universidad, que cambió por estudios culinarios. A finales de los años 70, ya estaba instalado en Nueva York, de cocina en cocina hasta la noche, de barra de bar a after hour de madrugada, enganchado a la heroína y a la cocaína, subido a la montaña rusa de la vida del cocinero de batalla neoyorquino. Alguna vez dijo que fue un milagro que su vida desbocada no acabara antes de cumplir los treinta años.

Pero sobrevivió a sus adicciones, y varios años después, una brasserie en Park Avenue, de nombre Les Halles, le fichó como chef ejecutivo. Allí pasó varios años hasta que su alma de contador de historias vio la luz. Mandó un ensayo a la revista «The New Yorker» sobre su experiencia en los bajos fondos del mundo de los restaurantes y, contra pronóstico, salió publicado. Pronto le ofrecieron convertirlo en unas memorias, que fueron un gran éxito editorial.

«¿De verdad queremos viajar sellados de forma hermética en papamóviles, recorrer las zonas rurales de Francia, México o el Extremo Oriente y comer solo en Hard Rock Cafe o en McDonalds?», escribió entonces, en una declaración de intenciones sobre lo que después serían sus programas en televisión. «¿O queremos comer sin miedo, adentrarnos en el guiso local, en la carne misteriosa de una taquería humilde, en el regalo sincero de una cabeza de pescado ligeramente asada? Yo sé lo que quiero. Lo quiero todo. Quiero probarlo todo a la vez».

Bordain y Obama en un retaurante de Hanoi en 2016
Bordain y Obama en un retaurante de Hanoi en 2016 - ABC

Bourdain empezó a encadenar programas televisivos. Primero en canales gastronómicos. Después, el salto a la CNN, que nunca había tenido contenido de este tipo, y donde hasta ahora seguía produciendo episodios. Su tirón fue tal, que llegó a tener a Barack Obama en uno de sus capítulos, en Hanoi, durante una visita del ex presidente de EE.UU. a Vietnam. Ayer, mientras los mensajes de condolencias inundaban las redes sociales, Obama colgó el suyo: una imagen de los dos en una tasca vietnamita, con sillas de plástico, sopa de fideos y cerveza fría. «Nos enseñó sobre comida. Pero, sore todo, sobre su capacidad de unirnos. De hacernos temer menos lo desconocido».