Johnny y Laeticia,
Johnny y Laeticia,

Laeticia Hallyday, la viuda de Francia

La cuarta mujer de Johnny Hallyday vive conmocionada #la desaparición del adorado músico francés

CORRESPONSAL EN PARÍSActualizado:

Johnny Hallyday tuvo que esperar a 1995, cuando ya había cumplido 52 años, para encontrar a la mujer que lo amara tal y como él lo había necesitado a lo largo de toda una vida como estrella del rock. Laeticia Boudou (42 años), hija de un amigo y aspirante a modelo, con la que contrajo matrimonio en 1996, le quiso con ternura, aquella que le faltó durante sus primeros años de vida. El pasado miércoles, la propia Laeticia comunicaba la muerte de su marido: «Johnny se ha ido. Jean-Philippe Smet murió la noche del 5 de diciembre de 2017. Eso es todo. Mi hombre ya no está». Ahora, llora su muerte entre «abrumada, conmocionada, colapsada...», en palabras de su amiga Muriel Robin, actriz y humorista. Hoy, Laeticia es la viuda de Francia.

Pero echemos la vista atrás. El más íntimo de los dramas de Johnny Hallyday comenzó con su llegada al mundo el 15 de junio de 1943, en Marnes-la-Coquette. Su padre abandonó el hogar poco después de su nacimiento y su madre prefirió entregar a su hijo a su hermana y cuñado, notorio colaboracionista con el ejército de ocupación nazi. Su padres volvieron a reunirse para separarse de nuevo y su familia adoptiva decidió huir a Londres para escapar al oprobio nacional.

El niño Jean-Philippe Smet, según su partida de nacimiento, creció en el «culto» a la mitología popular de EE.UU., traducida al lenguaje de los adolescentes franceses de los años 50 del siglo pasado. Con ese bagaje, Johnny Hallyday se cruzó con Sylvie Vartan en la sala Olympia, en 1962. Tal para cual. Ella era inmigrante búlgara, hija de familia más o menos complicada, que oficiaba de parisina «típica». Fueron dos adolescentes descubriendo un mundo cruel, del que huían inventándose un universo tan falso como rentable. Cantando juntos se hicieron millonarios y su historia de amor ocupó miles de icónicas imágenes.

Encantado de sí mismo

Hasta que Sylvie se hartó del vagabundeo del joven encantado con su éxito, avezado conquistador de chicas y señoras de buen ver seducidas por la música «ye-yé». Aquel primer matrimonio duró quince años, entre 1965 y 1980.

Tras el divorcio, Johnny cayó en el lecho de una starlette al alza, Elisabeth Etienne. Un rockero de derechas no podía andar de cama en cama y volvió a casarse en 1981, esta vez en Las Vegas. Gran señor, no tardó en negociar un nuevo y «cordial» divorcio. «Elisabeth ha sido una señora con clase a la hora de nuestra separación», comentó Hallyday, quien no tardó en cruzarse en el camino de la actriz Nathalie Baye.

Presto a la tentación del vagabundeo erótico, aunque siempre respetuoso con la tradición, Hallyday desposó a Baye en 1982, quien no soportó durante mucho tiempo la facilidad con la que las admiradoras conseguían meterse en la cama de su marido con los más peregrinos pretextos. Rompieron un año más tarde. Prudente por un tiempo, el cantante se lo pensó un par de años antes de volver a contraer de nuevo matrimonio, en esta ocasión con la hija de un amigo, Adeline Blondieau, 20 años más joven. La diferencia de edad acentuó los desvaríos mutuos. La pareja se dio el «sí, quiero» por vez primera en 1990, para separarse dos años después y volver a casarse en 1995. Aquello acabó mal: Hallyday acusó a su joven esposa de «histérica» y «manipuladora», y el segundo divorcio se zanjó con un suculento cheque para Adeline.

Hasta el último día

Así las cosas, Johnny Hallyday acabó encontrando a la mujer que supo entenderlo y soportarlo hasta el último de sus días, Laeticia Boudou. Dicen que la alquimia sentimental funcionó con relativa rapidez y Nicolas Sarkozy, alcalde de Neuilly-sur-Seine, en la periferia aristocrática de París, casó a la pareja.

Padre de dos hijos de sus matrimonios previos, Johnny Hallyday adoptó junto a Laeticia a dos niñas vietnamitas, Jade y Joy. Su última mujer le ofreció una entrega incondicional, oficiando de amante, esposa, enfermera y madre, siempre dispuesta a perdonar sus descarríos. Ahora, ella se ha refugiado en Marnes-la-Coquette, al oeste de París, para llorar a su hombre, elevado a la categoría de dios de la cultura francesa.