Cayetana Rivera Martínez de Irujo junto a su padre - ABC

Los 18 años de Tana Rivera ponen fin a su anonimato

La hija de Francisco Rivera y Eugenia Martínez de Irujo tendrá que esperar a la próxima primavera para celebrar su mayoría de edad

MadridActualizado:

Dieciocho años se cumplen hoy del nacimiento de Cayetana Rivera Martínez de Irujo, la única hija fruto del matrimonio de Francisco Rivera Ordóñez (43 años) y Eugenia Martínez de Irujo (48). Mucho ha pasado desde feliz acontecimiento que llenó de alegría a unos padres más que enamorados y, sobre todo, a la duquesa de Alba, que veía cómo la niña de sus ojos se convertía en madre de un precioso bebe al que bautizaron con el nombre de Cayetana en homenaje a su abuela.

Desde el primer momento, tanto Francisco como Eugenia se empeñaron en que su hija no fuera pasto del papel cuché. En ese afán por preservar la intimidad de la niña, que posteriormente consiguieron gracias a una férrea ley de Protección del menor, para el recuerdo quedan los múltiples enfados de la pareja con los paparazzis cada vez que salían de paseo con la pequeña. Con la separación y posterior divorcio de Francisco y Eugenia en el año 2002, el afán de protección fue a más, mientras la amistad entre ambos iba a menos. Sobre todo, cuando el diestro solicitó ante la Justicia la custodia de su hija, que por aquel entonces ya tenía 14 años, para que Tana -como se la conoce entre sus íntimos- se instalara con él en Sevilla. Rivera había dejado su casa en la urbanización La Finca, en Pozuelo de Alarcón (Madrid) con el propósito de vivir junto a su nueva pareja, la abogada sevillana Lourdes Montes.

Comenzó entonces una dura batalla judicial entre los padres de Tana. Eugenia movilizó a toda su familia para impedir que se cambiara el régimen de custodia de la niña y la Justicia finalmente le dio la razón. Pero las heridas jamás se cerraron, sobre todo para una entristecida e indignada duquesa de Alba: «No quiero volver a saber nada de él, le he querido mucho pero con esto que ha hecho para mí ha muerto», dijo Doña Cayetana, enterrando definitivamente la pasión que sentía por su exyerno, aunque ya hubiera roto con su hija Eugenia. Desde entonces, se acabaron los apoyos y su presencia en la goyesca de Ronda. Los Alba hicieron piña con Eugenia y el régimen de visitas se instaló de manera contundente para desespero de un padre que siempre se ha manifestado a favor de la custodia compartida en sus muchas declaraciones.

Pero hoy Tana ya tiene 18 y con la mayoría de edad podrá elegir dónde y con quién vivir. Según cercanos a la joven, nada indica que vaya a dejar Madrid ni su vida junto a su madre, en un piso comunicado con el palacio de Liria, donde cuenta también con el apoyo de su tío Carlos, el duque de Alba, y sobre todo con el de su tío Fernando, con quien tanto ella como su madre se llevan de maravilla.

Tana es una apasionada de Sevilla y allí viaja con frecuencia, para estar con su padre y también para disfrutar de sus amistades, a las que reúne en la Casa de las Dueñas o en la finca La Pizana, propiedad de su madre; precisamente en ese enclave, la próxima primavera, celebrará con una fiesta su mayoría de edad. Este otoño, de momento, lo tiene ocupado en centrarse en sus estudios para conseguir pasar la prueba de acceso de la Universidad, que no aprobó, para disgusto de todos. Soltera, atractiva, simpática e independiente, los amigos de Tana hablan de ella como una chica muy divertida y cariñosa que no presume de linaje y que adorar a sus padres.

Hoy habrá una celebración con las amigas y la familia, pero hoy también se abrirá una nueva preocupación entre sus padres: su rostro dejará de aparecer pixelado en los medios de comunicación, tal y como ha ocurrido recientemente con otros jóvenes de su generación como Froilán de Marichalar o Andrea Janeiro. En algunos círculos se comenta que incluso Tana podría debutar en una revista del corazón con una cuidada sesión de fotos con estilismo y firmas de moda, que pondría la puntilla a su anonimato. Suya es la decisión de convertirse en carne de la prensa del corazón o seguir alejada de un mundo que tiene sus luces y sus sombras, como bien saben sus padres.