Bilbao, agosto de 1935. Fiesta de los marqueses de Targiani en su residencia, a la que invitaron a distinguidas familias de la sociedad madrileña y vizcaína
Bilbao, agosto de 1935. Fiesta de los marqueses de Targiani en su residencia, a la que invitaron a distinguidas familias de la sociedad madrileña y vizcaína - abc

Ocho apellidos vascos... y nobles

Este año se celebra el 250 aniversario de la Real Sociedad Bascongada Amigos del País, cuna de la aristocracia ilustrada

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La Historia es una cosa extraña. Quién hubiera dicho hoy que vascos y navarros se encontraban en el siglo XVIII entre los grupos de servidores del rey más numerosos. Este fenómeno estuvo relacionado con los cambios que introdujo la nueva dinastía de los Borbones con respecto a la de los Austrias. Felipe V, para reforzar el gobierno efectivo del Rey, estableció instituciones más dependientes del Soberano y las pobló con hombres que no tenían bases de poder propias, sino que debían su posición al Monarca. Entre ellos se elevaron abundantes hidalgos norteños, en particular vascongados y navarros.

Unos provenían de familias de la nobleza media de las provincias, que tenían una trayectoria anterior de carreras al servicio del rey en la milicia, la judicatura o la corte, pero muchos otros eran simples hidalgos, que no gozaban de otra calidad que la hidalguía universal, propia de las provincias de Vizcaya y Guipúzcoa y de algunos valles del norte de Álava y de Navarra. Sociológicamente, se trataba, en muchos casos, de parentelas que habían prosperado en el comercio atlántico y americano, durante la segunda mitad del siglo XVII, y que a partir de ahí se elevaron al servicio del rey por diversos cauces, como las finanzas de la corona, la milicia en las guardias reales, cargos de confianza en palacio o empleos en las administraciones de la corte.

Algunas parentelas de hidalgos comerciantes conectaron especialmente con las finanzas de la corona, contribuyeron a financiar la victoria de Felipe V en la Guerra de Sucesión, entraron con fuerza en los cargos económicos de palacio y en el gobierno de la Real Hacienda, donde se reprodujeron a lo largo del siglo. Desde estas posiciones, fueron actores importantes de las reformas económicas de la monarquía. También, su cercanía al rey les permitió introducir y promocionar a abundantes jóvenes de sus parentelas en carreras financieras, administrativas, militares y eclesiásticas a lo largo de toda la centuria.

Los frutos de esta dinámica fueron espectaculares. En la cumbre destacaron un número significativo de ministros, generales, virreyes y obispos. Son los más conocidos. Pero, por debajo, en niveles inmediatamente inferiores, hubo centenares de cuadros de la administración real, oficiales del ejército y miembros del alto clero, que ejercieron sus cargos en la corte y en numerosas ciudades de la Península y de las Indias. Por debajo aún, hubo muchos más hidalgos en el comercio atlántico, intentando, cuando lograban suficiente fortuna, traducir su condición de simples hidalgos en un estatuto social superior.

Estas dinámicas conllevaron una gran movilidad geográfica y social. Los miembros de estas parentelas se hallaron repartidos en numerosas geografías, a escala de imperio. Sus descendientes están dispersos hoy en abundantes ciudades de España y de América. Los procesos de ascenso social fueron muy numerosos. Obtuvieron abundantes hábitos de órdenes militares y cruces de Carlos III, y, los más encumbrados, títulos nobiliarios.

Este año se celebra el 250 aniversario de la fundación de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (1765), la primera sociedad económica, precursora y modelo de todas las demás, símbolo de los esfuerzos de modernización de la España ilustrada. Su nacimiento se inscribe y explica en el movimiento que estamos observando. El núcleo central de sus fundadores y dirigentes era un grupo de familias, emparentadas entre sí, especialmente vinculadas a la corte y a las carreras al servicio del rey desde hacía varias generaciones, cuyos abuelos y tíos-abuelos habían destacado en la corte de Felipe V (como Juan de Idiáquez y Eguía, duque de Granada de Ega, Carlos de Areizaga y Corral, o María Antonia de Salcedo y Chávarri, primera marquesa de Montehermoso).

La dinámica de estas familias consistía en mantener a un heredero en casa y en colocar al resto de los hermanos varones en las carreras burocráticas, militares y eclesiásticas a las que tenían acceso, gracias al apadrinamiento de los parientes establecidos en ellas en las generaciones anteriores. Esto se observa especialmente en familias como los Idiáquez, Aréizaga, Munibe, Moyúa, Aguirre, Barrenechea, Corral, Álava, Lili, Mazarredo, Esquivel, Ibarra, Mata Linares o Urbina. El heredero es el patricio que permanece en el país, al frente del mayorazgo, y se ocupa de política local y provincial, mientras que sus hermanos (y tíos y primos) siguen carreras al servicio del rey en todo el orbe de la monarquía.

Esta apertura explica también la universalidad de los socios de la Bascongada (de los cuales el 82% residía fuera de las provincias) y la participación de los miembros de estas familias en la creación y actividades de muchas otras sociedad de España y de América, empezando por la propia Matritense.

Los hombres de estas familias desarrollaron unos valores sociales y culturales de gran modernidad, con respecto a los valores tradicionales de la aristocracia. Se trataba de una nobleza industriosa que se había forjado en actividades de gobierno, reforma, estudio y fomento y que valoraba especialmente la formación, el mérito individual y la entrega al bien público.

Vistos con perspectiva histórica, los tres siglos de la Edad Moderna representarían para las provincias vascas un largo periodo de paz interior y de apertura exterior, entre dos épocas marcadas por conflictos internos recurrentes, entre las luchas de bandos medievales y las guerras civiles de los siglos XIX y XX. La apertura a la monarquía hispánica y a la globalización atlántica canalizó las fuerzas de forma positiva, dando actores muy emprendedores, capaces de superar el localismo y los conflictos internos, para abrirse al mundo, construir redes de cooperación y generar riquezas económicas y culturales para el país. Esta historia puede hacernos reflexionar sobre las ventajas históricas de la apertura y de la cooperación, en un momento en que, frente a los desafíos de la actual globalización, la construcción europea está marcada por la cooperación multilateral y los «juegos de suma positiva», y en que la sociedad vasca parece salir de la espiral de violencia recurrente en que ha estado atenazada, para encontrar el camino de la paz.