LA Duquesa de Alba con la tiara
LA Duquesa de Alba con la tiara - ABC

Los hijos de la duquesa de Alba no pujan por «La Rusa»

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«Me sorprende mucho que ninguno de los familiares de la duquesa de Alba se haya puesto en contacto con nosotros», dice Arial Saidian desde su establecimiento de joyas y antigüedades en la Segunda Avenida y la calle 56, en Nueva York. Habla sobre «La Rusa», una impresionante tiara de platino y diamantes que perteneció a la Casa de Alba.

Se le perdió el rastro después de que Cayetana Fitz-James Stuart la vendiera para comprar a «Gigoló», un caballo de competición que regaló a su hijo menor, Cayetano Martínez de Irujo. Joyeros, anticuarios y coleccionistas se habían preguntado durante mucho tiempo cuál fue la suerte de «La Rusa», y ABC la localizó el pasado mes de enero en el establecimiento Joseph Saidian and Sons, una familia de marchantes de joyas judíos, originarios de Irán.

«Pensé que los familiares o algún museo español mostrarían algo de interés», asegura Ariel, que a sus 26 años empieza a tomar las riendas del negocio familiar. Tampoco ha habido ningún intermediario de España o de otro país que haya intentado comprar la pieza. Ariel no da ninguna estimación del precio que tendría la tiara en una posible venta, pero deja claro que no habría nada que hablar por debajo del cuarto de millón de dólares.

«La Rusa» era una de las joyas más apreciadas por la duquesa de Alba, fallecida en noviembre del año pasado. Perteneció a su abuela materna, María del Rosario de Silva y Gurtubay, duquesa de Híjar, duquesa de Aliaga, condesa de Salvatierra y marquesa de San Vicente del Barco, entre otros títulos, de quien la heredó. El apodo de la tiara tiene que ver con el diseño «kokoshnik», el tocado oficial que llevaban las damas de la Corte Imperial rusa, pero no está claro si fue elaborada en aquel país o inspirada en esa moda y ejecutada en otro lugar. Cayetana de Alba la adoraba y con ella posó para el retrato que le hizo el fotógrafo Juan Gyenes.

Es todavía un misterio la razón por la que la duquesa, que siempre peleó por mantener la integridad del patrimonio de la Casa de Alba, decidió, de la noche a la mañana, vender una joya icónica para comprar un caballo y que ahora sus herederos no quieren recuperar. Tampoco entendió la venta el historiador José Luis Sampedro, autor del reconocido libro «La Casa de Alba. Mil años de historia y leyendas».

«Sospecho que la duquesa tendría más problemas económicos, más gastos, que la mera compra de un caballo, por muy bueno que este fuera. Yo creo que la fortuna de la Casa de Alba da para hacer frente a ese gasto sin necesidad de vender una joya tan importante como La Rusa», defendió.

Joya de la discordia

La única motivación que a Ariel se le ocurre para el desinterés familiar en «La Rusa» es que traiga «malos recuerdos», dice en relación a un capítulo de la historia familiar de Cayetana de Alba. Ocurrió en la boda de su segundo hijo, Alfonso, con María de Hohenlohe, en 1977.

Hubo tensiones y desencuentros entre Cayetana, su hijo y la que sería su nuera, con la tiara de por medio. Así lo desgranó la duquesa en sus memorias: «Era una joya muy querida y simbólica para la Casa y para mí. Y Alfonso, duque de Aliaga, grande de España, era el primero de mis hijos que se casaba. Yo entendía que no eligieran un lugar más adecuado para su boda (se casaron en Marbella), pero que ella no quisiera llevar nuestra diadema me costaba comprenderlo, puesto que yo se la había ofrecido con todo el cariño y respeto a la tradición. Finalmente, la aceptó a regañadientes». La diadema fue protagonista en otro enlace de su familia, en esta ocasión entre su primogénito, Carlos, y Matilde Solís, que aceptó encantada vestirla en su boda para satisfacción de la duquesa.

«La venderíamos con facilidad si la movemos en el mercado o la llevamos a subasta», dice Ariel Saidian sobre «La Rusa» en su establecimiento, aunque por el momento no tiene ninguna prisa en hacerlo. No expone la tiara en su tienda ni busca compradores, asegura. «No tenemos prisa porque esta joya da prestigio a nuestro negocio y sabemos que se revalorizará con el tiempo», explica. «Es como tener un cuadro de Andy Warhol: sabes que no va a perder su valor».