Víctor Manuel de Saboya, Tore Bergengren, Marina Tchomlekdjoglou y Christina Onassis, en el King’s Club de St. Moritz
Víctor Manuel de Saboya, Tore Bergengren, Marina Tchomlekdjoglou y Christina Onassis, en el King’s Club de St. Moritz - archivo Marina Tchomlekdjoglou
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El día que la mujer más rica del mundo quiso ser meretriz

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Christina Onassis murió demasiado joven, demasiado rica y demasiado infeliz. Fueron 37 años de vida colmados de excesos: cuatro matrimonios, una docena de romances fallidos, tres abortos voluntarios, dos intentos de suicidio y una fortuna de mil millones de dólares. Marina Tchomlekdjoglou fue su amiga, confidente, celestina, asistente y enfermera en incontables ocasiones. También fue testigo silencioso de la tragedia griega de los Onassis hasta el capítulo final: ella fue quien encontró el cadáver de Christina en el baño de una casa de campo a las afueras de Buenos Aires.

«Veintiséis años después de que te fuiste, jamás imaginé que tomaría la decisión de publicar este libro. Pude haberlo hecho antes, pero quise resguardar tu memoria y quedarme con todas esas historias maravillosas para mí sola», dice Tchomlekdjoglou en el prólogo de «Mi vida con Christina Onassis. La verdadera historia jamás contada» (Sudamericana), las memorias que ha escrito con la colaboración del periodista mexicano Rodolfo Vera Calderón. Veintiséis años después, la mejor amiga de la mujer más rica del mundo relata las grandezas y miserias de la última Onassis.

Primer aborto. «A los 16 años Christina abortó después de quedar embarazada de Dany Marentette, un americano que conoció en St. Moritz y que estudió en Choate, el colegio favorito de los Kennedy. Fue su madre, Tina Livanos, quien la llevó a un sanatorio de Londres para que la intervinieran quirúrgicamente. La misma Tina le puso su alianza para que nadie sospechara que Christina no estaba casada. Los médicos le dijeron que tenía intacto su himen a pesar de haber tenido relaciones con Dany, pero que se había roto después de que le practicaran el aborto».

Las bragas de Marks & Spencer. «Adoraba las bragas de Marks & Spencer, que eran lo menos erótico del planeta. Toda su vida usó el mismo modelo, el que llevan las mujeres mayores y que no aprieta nada. Así se acostara con un hombre, siempre lucía el mismo modelo. Yo no podía creer su fanatismo por esas bragas. ¡Y por el aseo! Tenía cerca de cincuenta porque era una maniática de la limpieza interior y siempre que pasaba por el baño, así fuera solamente a hacer pis, se bañaba y se cambiaba de ropa interior».

Favores sexuales por 500 francos. «Un día a Christina se le ocurrió salir a la calle y jugar a hacerse pasar por una prostituta, ya que por Avenue Foch desfilaban las mejores meretrices de París. Un hombre se nos acercó para hacernos su propuesta: ‘‘Le doy quinientos francos’’. Christina se puso como loca porque no nos había solicitado el servicio completo, sino solamente un ‘‘paseo’’ por el Bois de Boulogne. Iracunda, mi amiga le gritó: ‘‘¿Solo me estás ofreciendo quinientos por sexo oral?’’. Se volteó para verme y me dijo: ‘‘¿Te das cuenta de que con estos cuerpos solamente nos quieren para sexo oral?’’. La Policía casi nos detiene».

La cama de Ari y Jackie. «Mientras estábamos en su casa de Atenas, Aristóteles Onassis me mostró la inmensa cama que compartía con Jackie Kennedy. Asombrada, le pregunté por qué había elegido una tan grande y él me respondió: ‘‘Porque puedo rodar y rodar y jamás llegar a ella’’. ‘‘Entonces, ¿por qué se casó?’’, indagué. ‘‘Porque Jackie era el gran brillante que faltaba en mi corona para hacerme mundialmente ilustre. Antes me conocían, pero ahora soy realmente famoso, incluso en China’’. Desde ahí me quedó clara la razón por la que Ari se casó con Jackie».

Matrimonio arreglado. «El matrimonio de Christina y su segundo marido, Alexander Andreadis, fue arreglado por su tía, Artemis, después de que Christina perdiera al hijo que esperaba de mi primo, Peter John Goulandris. Ella jamás dejó de ver a Alexander como a un nuevo rico y todo el tiempo lo criticaba. Le avergonzaba que el Aga Khan, el Sha de Irán, Gianni Agnelli o su tío George Livanos vieran los faux pas que daba su flamante marido. Al igual que sucedió con Peter John, Christina abortó un hijo que esperaba de su marido».

Los rubíes de Niarchos. «No podía despegar mi mirada del fabuloso collar de rubíes de Birmania que llevaba la Princesa Firyal de Jordania. En cuanto lo vi, pensé que era un obsequio de Stavros Niarchos, ya que lo único que el magnate les regalaba a sus mujeres eran joyas con esas piedras rojas. Me dirigí a Su Alteza para ponderarle el collar y ella, muy elegante, volteó a verme a los ojos y me respondió: ‘‘Esta noche, después de la fiesta, vuelve a la caja fuerte de Stavros’’. No me sorprendió enterarme de que una de las princesas árabes más bellas del mundo luciera un collar prestado».

Madre a cualquier precio. «Christina siempre tuvo adoración por mis hijas, realmente las quería por igual, aunque era evidente que tenía una fijación enorme con mi hija mayor, Carminne Dodero, a quien le mandó hacer vestidos en Dior. Incluso en algún momento me preguntó si podría dársela en adopción, ya que se sentía muy unida. Tan obsesionada estaba que en una ocasión le ofreció a mi exmarido, Alberto Dodero, 120.000 dólares por un gift (regalo), para así lograr una criatura lo más parecida a mi hija mayor. Cuando me enteré, casi la asesino».

El caviar del Sha. «Recuerdo que el Sha de Irán, que siempre viajaba con Farah Diba y cuya casa era la más linda de St. Moritz, todos los días se hacía traer varias mujeres desde la agencia de la célebre Madame Claude. Llevaba una vida sexual desenfrenada ante la actitud inalterable de su mujer. Pobre Farah, no solamente tuvo que vivir la humillación y el exilio, sino la constante infidelidad de su marido. Freddy Heineken me contó que para retribuirle los favores a Claude el Sha le mandaba caviar persa por avión».

Un Boudin en el dentista. «Quedé epatée cuando me enteré de que Thierry Roussel (su cuarto esposo) le había pedido a Christina que se cambiara los dientes, porque no le gustaban. Y mi amiga, complaciente y enamorada, sacó inmediatamente turno con el mejor dentista de París, ¡para hacerse toda la dentadura! Tiempo después de la intervención, la acompañé a una revisión: allí pude comprobar que verdaderamente era el mejor dentista de París, ya que en su consultorio colgaba un paisaje de Eugène Boudin, uno de los pintores más cotizados del Impresionismo. Tan caro como lo que le cobró a mi amiga por hacerse una boca nueva».

La traición de Gunilla. «Una noche nos llamó Gunilla von Bismarck para invitarnos a bailar al club que estaba dirigiendo en Marbella. Le dije que con todo gusto iríamos, pero con la condición de que no hubiera fotógrafos, ya que Christina detestaba a los paparazis. Gunilla me prometió que no habría nadie de la prensa, pero al llegar nos encontramos en la puerta del club a decenas de fotógrafos esperándonos. ¡La Bismarck nos había traicionado por una suma de dos mil dólares por foto!».

Esperma de 17 millones. «Christina me pidió que la acompañara a París para hacerse una inseminación artificial del mismo modo que lo había hecho con Athina– para intentar ser madre de nuevo. Al llegar al Hospital Americano, la prepararon para el procedimiento y me despedí de ella antes de que ingresara al quirófano: me dieron náuseas cuando vi el ramo de rosas que Thierry le había enviado horas antes de que se presentara para darle su esperma. Días después nos enteramos de que no había podido quedar embarazada. Una pena, porque, según me contó, le habría pagado 17 millones de dólares por haberle dado su esperma».

Lucha con la báscula. «Cuando llegué a su casa en St. Moritz casi me desmayo al ver lo gorda que estaba: creo que ese año, 1983, lo terminó con un gran sobrepeso y muy preocupada porque ningún hombre se le acercaba. ¿Y cómo se le iban a acercar? Christina llegó a pesar 120 kilos... no tengo duda de que esa fue su época más complicada: se la veía siempre de mal humor y sumamente irritable y estaba desesperada porque alguien la tocara».

Intento de suicidio. «Christina no lo estaba pasando bien debido a su sobrepeso: tan desesperada estaba que en esos días intentó quitarse la vida... Cuando entré a su habitación la encontré tapada y abrazada a un icono griego que le había regalado Peter John Goulandris, mi primo y su gran amor. En cuanto me vio, me anunció que acababa de tomarse una importante cantidad de pastillas y que seguramente muy pronto moriría. Me dijo que no me olvidara de enterrarla con el icono. Llamé a su médico personal, que ni se inmutó. Solamente dijo: “Lo primero es lo primero. Quiero un whisky”. Después llegó la ambulancia y en el hospital le hicieron un lavado de estómago para que las pastillas no le hicieran efecto».

Su última voluntad. «Hasta el día de hoy me resulta muy extraño que Christina haya escrito en secreto un testamento cinco semanas antes de su muerte. Hace tiempo que saqué mis conclusiones, pero prefiero mantenerme en silencio y llevármelas conmigo a la tumba».