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La libertad erótica de Pardo Bazán y Pérez Galdós

Día 21/06/2014 - 21.23h
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Una tarde en un arrebato Doña Emilia perdió «una prenda íntima» en la Castellana. «No tengo defensa ante la moral pero le hemos hecho una manola al mundo necio que prohibe estas cosas», escribe

Según Carmen Bravo-Villasante, su biógrafa, toda la vida de la Pardo Bazán supuso un gran esfuerzo pedagógico. Con ingenuidad, y pedantería -una mezcla típica suya- escribió su programa vital, de jovencilla, en un cuaderno: «To study, to work, to think [estudiar, trabajar y pensar]». Pero también hizo otras muchas cosas, menos santas...

En su tiempo, ninguna mujer española tuvo tanto prestigio e influencia. La aristocracia (heredó de su padre el título de condesa) y la buena situación económica le permitieron disfrutar de una libertad muy rara, en nuestro país, para una mujer. Había nacido en 1851. Según contaba ella, a los 17 años vivió «tres acontecimientos importantes: me vestí de largo, me casé y estalló la revolución del 68». Tuvo hijos pero su vida conyugal no fue feliz. Su marido, José Quiroga, no la entendía: acabaron separados, de hecho. Para lograr la separación, ante la Iglesia, él la acusó de «naturalista», como si eso fuera un terrible pecado... De hecho, ella difundió [no propugnó] esta nueva tendencia literaria -que había conocido de primera mano, en París, junto al propio Zola- en su novela «Un viaje de novios» y sus conferencias «La cuestión palpitante» (1882). Al separarse del marido, vivió una etapa literaria más fecunda.

Amante de Blasco Ibáñez

Emilia era mujer decidida, enérgica, inteligente, trabajadora; para muchos, una señora «de armas tomar»: además de Galdós, tuvo amores con Blasco Ibáñez, Lázaro Galdeano... En 1890, fundó la revista «Nuevo Teatro Crítico», que duró tres años: cien páginas mensuales, escritas íntegramente por ella. Fracasó en sus intentos de ingresar en la Real Academia Española. En los últimos años de su vida, se hizo «radical feminista» (así lo declara al Caballero Audaz): dirigió una colección de libros, la «Biblioteca de la Mujer» que publicó a María de Zayas, sor María de Ágreda, Luis Vives, Stuart Mill...

Para un escritor, es fantástica la anécdota de su aventura sentimental con Blasco Ibáñez, el novelista más popular, entonces: todo concluyó cuando Blasco denunció que la Pardo Bazán le había robado el argumento de un cuento, que él pensaba escribir y le había contado a ella -en un momento de gran intimidad, se supone-.

Muchos escritores la vieron con poca simpatía. Según Pereda, «padece la comezón de meterse en todo, de entender de todo y de fallar de todo...». Cuando hizo su campaña para ingresar en la Academia, el irónico don Juan Valera publicó un folleto, firmado por «Filogino [el amigo de las mujeres]», en el que presentaba como impedimentos, para entrar en la docta Casa, el embarazo y la lactancia... Clarín la calificó con más dureza: «la inevitable». Respondía a los ataques de ella: «Cuando se muera, habrá fiesta nacional».

Baroja la vio con gran antipatía: «No me interesó nunca como mujer ni como escritora. Como mujer, es de una obesidad desagradable; en su conversación, es un poco ansiosa y trepadora». Y el gran José Pla: «Una señora de gran vitalidad, de espléndida verbosidad, amplia, monumental, ligeramente estrábica, masculina». ¿Qué había, en todo ello, de envidia por el éxito y el dinero o de machismo? Decídalo el lector.

La personalidad de Benito Pérez Galdós, el mayor novelista español después de Cervantes, era totalmente opuesta: un hombre solitario, tímido, mujeriego. En las tertulias y en el Parlamento, hablaba muy poco: escuchaba mucho, eso sí. Como una esponja, absorbía todos los aspectos de la realidad, para expresarlos, luego, en sus novelas: es el mejor historiador de la vida cotidiana española, en el XIX. También es un extraordinario «novelista moderno» (Ricardo Gullón) que supera los límites del realismo. Marañón, que lo adoraba, nos transmite su frase favorita, casi su muletilla: «¡Cuánto misterio!...» No se casó pero tuvo relaciones estables con varias mujeres: Concha-Ruth Morell, Lorenza Cobián, Teodosia Gandarias...

Doña Emilia comenzó por la admiración y fue derivando hacia la pasión. La podemos seguir por sus cartas (93, de ella; una sola, de él) que publicaron, primero, Carmen Bravo Villasante y, el año pasado, Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández. Su amor culminó en los años 1888-1889. Los dos estaban entonces en plenitud: ella tenía 37 años, acababa de publicar sus mejores novelas, «Los pazos de Ulloa» y «La madre Naturaleza». Él, ocho años mayor, había editado nada menos que «Fortunata y Jacinta». Ella estaba separada; él, soltero.

La evolución de los sentimientos de ella puede seguirse por los encabezamientos de las cartas: a «Ilustre maestro» y «Amigo del alma» siguen «Mi siempre amado», «Mi almita». La pasión impregna el lenguaje epistolar: ella le llama «miquiño mío», «monín», «pánfilo de mi corazón», «chiquito mío», «roedor mío», «camaraíta», «bobito»... Y, a sí misma, «tu rata», «doña Opas», «tu peinetita», «una buitra»...

«Nos acostaremos siempre»

Emilia proclama ardientemente su amor: «Te aplastaré... Te morderé un carrillito, o tu hocico ilustre... Te como un pedazo de mejilla y una guía del bigote... Te daré a besar mi escultural geta gallega... Búscame casita, niño... Te beso un millón de veces el pelo, los ojos, la boca y el pescuezo».

Se veían, a escondidas, en Madrid: en la calle de la Palma (la llama, en broma, «Palmstrasse»), junto a la iglesia de las Maravillas («Maravillas Church»). El episodio más pintoresco es el de un paseo nocturno, en coche de caballos, que concluyó con un arrebato de pasión: «Me río con el episodio de aquella prenda íntima. ¿Qué habrá dicho el guarda de la Castellana al recogerla?».

Ella se declaraba más fuerte y apasionada que él: «Siempre me he reprimido algo contigo por miedo a causarte daño físico, a alterar tu querida salud... El quererme a mí tiene todos los inconvenientes y las emociones de casarse con un marino o un militar en tiempos de guerra. Siempre doy sustos». Proclamaba con orgullo su libertad erótica: «Sí, yo me acuesto contigo, y me acostaré siempre, y, si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien...... Ante la moral oficial, no tengo defensa, pero tú y yo se me figura que vamos un poco para nihilistas en eso. Le hemos hecho la mamola al mundo necio, que prohibe estas cosas».

Emilia se sentía orgullosa de hacerle feliz: «En un minuto te puedo dar más bienes y alegrías que nadie. ¿Qué, no has sido feliz estas últimas tardes?... Zola tiene miedo a la muerte. Si hubiera vivido una semana lo que yo... y lo que tú, no le tendría miedo alguno». A él le tocaba disimular: «desempeñas tan bien ese negociado maquiavelístiquidisimuliforme». Emilia era clara y directa: «Te daré lo que creas necesitas de mí... y a cambio no exigiré nada. ¿Conviene el trato?». Con igual claridad, «con brutal franqueza», le confesó ella su aventura con Lázaro Galdeano: «Un error momentáneo de los sentidos».

En boca de Fortunata

En la siguiente cita, ella lo esperó en vano: «Lo merezco todo. Y, sin embargo, te quiero, te quiero, te quiero». Y se seguía preocupando por su salud: «Miquiño, haz por dormir y no fumes mucho». Vivieron, los dos, una hermosa historia de amor, parecida a la de tantas parejas. Pero eran escritores. En las cartas de «Tristana», disfrutamos saboreando el pintoresco lenguaje de los enamorados: «Miquina, ¿la jacemos? Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música». Es lo mismo que le escribía a Benito Pérez Galdós la apasionada Emilia Pardo Bazán. Y lo que él puso en boca de Fortunata: «Porque yo, a quien me quiere como dos, le quiero como catorce». Nada menos...

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