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El «lobo de Wall Street» no paga a las víctimas de su fraude

Jordan Belfort, el ejecutivo que ha inspirado la película de Martin Scorsese, aún debe más de 70 millones de dólares a quienes estafó en los años 90

«El lobo de Wall Street» es un frenético relato del auge y caída de un tiburón financiero sin escrúpulos. La película de Martin Scorsese no ahorra detalles en el retrato de Jordan Belfort, un personaje real que arrasó en el Wall Street de principios de los 90: fraude organizado, drogas a espuertas, prostitutas, ambición y, sobre todo, mucho dinero. Pero hay algo que Scorsese se olvidó de retratar: las víctimas de los engaños de Belfort, interpretado en la película por Leonardo DiCaprio.

Ahora Belfort está rehabilitado: dejó las drogas, da charlas, escribe libros, se codea con las estrellas de Hollywood en los estrenos e incluso tiene un cameo en la película. Para sus víctimas, sin embargo, esto sólo es piel de cordero: les debe mucho dinero y hoy en día, como en su ascenso al estrellato, está toreando a sus «clientes» y a la justicia.

En 1999, Belfort se declaró culpable de defraudar cerca de 146 millones de euros a inversores. Además de condenarle a cuatro años de cárcel, la justicia le exigió la devolución de casi 80 millones de euros a sus víctimas. A día de hoy, y a tenor de los datos de la fiscalía de Brooklyn, encargada de su caso, Belfort sólo ha restituido 8,5 millones.

Según los términos de su acuerdo con la justicia, el «lobo de Wall Street» debe reintegrar la mitad de sus ingresos anuales a sus víctimas. Belfort asegura llevar una vida modesta en Manhattan Beach (California), con ingresos procedentes de seminarios y vídeos en los que relata sus experiencias y de los derechos de sus autobiografías. Pero las cuentas no cuadran. En 2011, Belfort se embolsó 683.000 euros por los derechos de la película de Scorsese. Ese año solo devolvió 15.265 dólares a los inversores que estafó. Y, además, intentó deducirse 17.500 euros en impuestos por ese pago.

Para complicar más las cosas, Belfort presume de generoso. A finales de diciembre, escribió en su cuenta de Facebook que iría más allá de las exigencias del juez y que daría el 100 por cien de los ingresos por la película o por los libros en los que se basa la cinta. «Que conste: no voy a ingresar royalties de la película o de los libros, y estoy muy satisfecho con ello», aseguró. La fiscalía se apresuró a matizar estas «buenas» intenciones de Belfort, a quién había declarado en impago de sus obligaciones en octubre del año pasado: «Lo que dice no se ajusta a los hechos», explicó un portavoz del ministerio público.

Un retrato benevolente

Al parecer, Belfort sí había cumplido la obligación de entregar la mitad de sus ingresos en el tiempo que estuvo en la cárcel y en sus primeros años en libertad. Pero, en 2009, cuando acabó su libertad provisional, el «lobo» empezó a ser menos diligente, precisamente cuando sus ganancias se disparaban por los derechos de sus biografías y el resto de sus actividades. Para las víctimas, el éxito de la película, que acude a la próxima gala de los Oscar con cinco nominaciones, es un hueso difícil de roer. En lo financiero, porque ya ha recaudado más de 280 millones de euros en todo el mundo, y ellos todavía no han visto ni un centavo de lo que le corresponde a Belfort. Y en lo personal, porque el retrato cinematográfico del embustero que les arruinó es muy benevolente, y tiene visos de convertirse en un ídolo para las jóvenes generaciones de Wall Street. Una de SUS víctimas es Peter Springsteel, un arquitecto de Mystic (Connecticut) que perdió la mitad de sus ahorros. «A estas alturas de mi vida, es una lección muy valiosa», aseguró a «The New York Times». «Me enseñó a ser más cauteloso».

Mientras, Belfort disfruta de una segunda juventud y mantiene su habitual descaro. Hace unos días, preguntado por su participación en la cinta, aseguró que fue él quién eligió a DiCaprio para su papel. «El resto se lo dejé a Marty (Scorsese)», dijo con una sonrisa.

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