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Sonsoles de Icaza y León, la dama que escandalizó a la alta sociedad

Día 08/09/2013 - 00.21h
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Nieves Herrero descubre la vida de la marquesa de Llanzol, el amor de Ramón Serrano Súñer

«Cuando Serrano Súñer entró vestido de esmoquin en aquel hotel Ritz recuperado para la realeza y la aristocracia europea después de haber sido hospital de sangre durante la guerra, cesaron de golpe las voces de las altas personalidades allí congregadas. (...) Sonsoles de Icaza, la bella marquesa de Llanzol, no tenía intención de ir a saludarle. Nunca iba al encuentro de nadie, se limitaba a esperar que se acercaran a ella».

Así narra la periodista Nieves Herrero (Madrid, 1957) el primer encuentro entre el ministro de Asuntos Exteriores en los primeros años del franquismo con la que fuera musa de Balenciaga. Una coincidencia fortuita en una fiesta de la alta sociedad que volvía a sacar sus mejores galas en medio de una postguerra. Una coincidencia que, con el tiempo, provocó un escándalo que aún se recuerda, del que todavía se habla y sobre el que ha profundizado la periodista en «Lo que escondían sus ojos» (La Esfera de los Libros).

El mundo por montera

Sonsoles de Icaza y León nació en 1914, en el seno de una familia de intelectuales. El 12 de febrero de 1936, cuanto tenía 22 años, contrajo matrimonio con Francisco de Paula Díez de Rivera, marqués de Llanzol, 24 años mayor que ella y quien, en principio, estaba destinado a desposar a una hermana de Sonsoles. Sin embargo, el marqués cayó rendido ante la belleza de la joven. «Cuando ella caminaba por la Gran Vía, las mujeres se giraban», contó el diseñador Elio Berhanyer a la autora. En el momento en que empezó a indagar sobre la marquesa, a Nieves Herrero le pareció «una persona un poco frívola»; incluso, la menor de sus hijas, Carmen, la llegó a definir como una «Cruella De Vil». Sin embargo, para Nieves fue «una mujer muy inteligente y moderna. Si tuviera que hacer un paralelismo, me recuerda un poco a la duquesa de Alba. Alguien que se puso el mundo por montera».

Tan libre era, que no quiso ignorar la pasión irrefrenable que sintió desde el primer momento por el ministro Serrano Súñer, quien estaba casado con Zita Polo, la hermana de Carmen Polo de Franco. «A Súñer le gustaban mucho las damas, pero se enamoró de Sonsoles». Y un amor correspondido era lo peor que le podía pasar a una mujer tan caprichosa como la marquesa. Se dejaron llevar y, un año después de aquel cóctel en el Ritz, Sonsoles de Icaza supo que esperaba su cuarto hijo.

Actos de amor

Era enero de 1941 y la marquesa no tenía dudas: estaba embarazada de Serrano Súñer. «En ese momento, todo el mundo quería bajar a Súñer de su pedestal. Por un lado, Carmen Polo se enfadó cuando su hija Carmencita le preguntó: "¿Quién manda en España, papá o el tío Ramón?"; por otro, los alemanes pensaban que el país no se aliaba con el Eje por su culpa, mientras que americanos e ingleses creían que estaba a favor de la alianza de Hitler y Mussolini; incluso, dentro de la Falange hicieron un complot para matarle», explica Herrero. Aquel embarazo alimentó a una alta sociedad aburrida y ávida de chismorreos. El affaire del franquismo ya era vox populi.

En las familias aristócratas de aquellos tiempos la máxima era no airear sus problemas y evitar los escándalos. Quizá por eso, y por el amor que sentía hacia su esposa, el marqués de Llanzol decidió perdonarla y dar sus apellidos a la criatura que estaba en camino. «Para mí, el marqués es el gran personaje de esta historia», desvela Nieves. «Él era la ternura de esa casa, me lo dijo su hija Sonsoles en una entrevista. El marqués estaba enamoradísimo». Por su parte, Zita Polo, tal y como asegura Herrero, «miró para otro lado y decidió perdonar. La grandeza de ambos es difícil de comprender en estos tiempos. Zita estaba muy enamorada».

El 29 de agosto de 1942 nacía Carmen Díez de Rivera con el destino marcado. La relación con la familia de su padre biológico era fluida, aunque distante. Hasta que Ramón Serrano Polo, uno de los seis hijos de Serrano Súñer y Zita Polo, pasó de ser compañero de juegos a prometido de Carmen, quien tenía 17 años. Fue en ese instante cuando su vida se partió al descubrir que estaba enamorada de su propio hermano. «Noté que algo se me rompía por dentro», recordaba en sus memorias. Y concluía: «Al amor hay que disculparlo siempre».

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