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Loewe, nuevo capítulo de una gran historia

Día 23/03/2013 - 16.28h
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Enrique Loewe Lynch se retira tras 50 años en primera línea. Su hija Sheila toma el relevo

Les separan 32 años de vida, les une todo lo demás. En el aire se respira complicidad. Y amor, y ternura, y respeto, y humor. Se sientan frente a frente. Con exquisita educación. La acumulada a lo largo de su historia, marcada por un apellido que por sí mismo destila clase. Loewe. Una cuestión de piel.

La misma que une al padre, Enrique, con su hija, Sheila. La misma que ha llevado a lo más alto a la firma que representan. Hoy, juntos, hablan de la salida de uno y la llegada de otra a esta empresa con más de siglo y medio de historia. La cuarta generación cede el testigo a la quinta. «Me jubilo, sí. Voy a aprovechar una serie de oportunidades que me ofrece la vida para hacer cosas que siempre he querido hacer, como dicen los que se jubilan», explica don Enrique entre risas. «He elegido este año porque los números tienen su magia y se cumplen 25 años de la Fundación Loewe».

Mérito probado

Sheila le mira con admiración y con respeto. La misma mirada que pone él al comentar la llegada de su hija a la compañía. «Lo propuso la empresa porque, de alguna forma, querían seguir teniendo la presencia de un Loewe en las actividades de la compañía. El sitio y espacio que he ocupado en los últimos años ha sido fundamentalmente en la Fundación y me encanta que Sheila pueda seguir ese testigo. La propuesta la hizo Lisa Montague, CEO de Loewe».

Sheila, que siempre mantuvo la ilusión de trabajar aquí, estaba en Vitra, donde «era muy feliz» y sabía que solo saldría de allí para irse a la compañía que creó su familia. «Mi padre nunca quiso que ni mis hermanas (son tres) ni yo entráramos en la compañía sin el mérito probado, solo por ser una Loewe». Ella lo demostró con creces y ahora es la directora de la Fundación que él creó con tantísima ilusión. «Decir que la he creado yo es mucho decir. La he acompañado y he mimado, pero la culpa fue de un grupo fantástico de poetas. Gracias siempre a Luis Antonio de Villena, a Paco Brines, a Octavio Paz, al que le debo gratitud eterna y amistad nunca terminada».

Su descendiente niega con la cabeza y murmura «sí, papá, pero tu lo creaste». Y así es. «Es parte de su encanto, que no tiene afán de protagonismo. Pero se merece todos los halagos», apunta con orgullo. Adora Sheila el sentido del humor «gamberro» de su padre, «la figura más respetuosa de mi vida, pero siempre para bien. Respeto para dejarnos ser lo que queríamos, ayudarnos y acompañarnos». Como ahora. «Llevamos cinco meses, mano a mano, día a día. Cuando empecé, y al parecernos mucho de forma de ser, tuve mis dudas de cómo podríamos acabar. Pero ha sido genial, una sorpresa maravillosa. He aprendido al convivir con él, acompañarle, escucharle. Y llevarle la contraria, ¡claro!». Su padre ríe. Y la mira. Y la admira. «Por cómo ha sido en su trabajo, cómo supo abrirse camino, admiro todo, que está viva, alerta, que es estupenda, cariñosa».

Artesanía y cultura

La conversación deriva a la marca. El empresario, curtido con 48 años de experiencia, ve que recupera sus esencias, cercana a la artesanía y a la cultura española. «Muy respetuosa con la belleza, con la creatividad, en su búsqueda permanente dentro de su filosofía basada en la artesanía, en el encuentro de cualidades imprescindibles como el tacto». Y le impresiona lo que le dijo su consejera delegada, «que el 82 por ciento de Loewe hoy pasa fuera de España». Sheila sueña que la Fundación dé la cara a esta realidad. Ella, que desde pequeña respiró Loewe y si alguien le decía que un bolso era feo, no lo entendía. «Ahora veo que tiene más claro que nunca lo que funciona, con una calidad y un diseño insuperables, una imagen más juvenil, un público internacional más joven. Está en el mejor camino». Y toma el testigo de su padre. Para que continúe la esencia de su apellido. «Como empresario es una de las personas que mejor hablan y más intensa y bonitamente sienten, porque te llega».

A él le halaga cuando le dicen que ella se parece a él. Entre ambos hay un canal de comunicación muy estrecho y muy especial. Y la ilusión de saber que ahora esta idea fantástica que es Loewe también viajará por el mundo junto a la Compañía Nacional de Danza. Su nuevo proyecto. Para demostrar «que 167 años de historia es mucho más que los veinte años de un tango». Qué razón, señor Loewe. Le ha llegado la hora de descansar. Enhorabuena por su magnífica trayectoria. El futuro queda en buenas manos.

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