Gente&Estilo - Gastronomía

Un café con doble de tranquilidad, por favor

Los hay eléctricos, solo con cafeína; y están los lentos, de los aromas y sorbitos, como en el Café Ajenjo

Los cafés son de dos tipos. Uno eléctrico, para despertar por la mañana, lleno hasta arriba de cafeína y filtrado para tomar de un solo trago. Y luego está el café lento, el de los aromas y el ruido de la cucharilla tintineando en la loza, el de los sorbitos y los sabores. En el Café Ajenjo (Galería de Robles, 4, Madrid) lo sirven para tomar con doble de tranquilidad.

En el Café Ajenjo el tiempo se vuelve tan denso como su chocolate a la taza, y tan amable como la pasta casera de cortesía para acompañar. El aire de finales del siglo XIX está en la iluminación tenue, en las mesas y sillas sacadas de un cuadro impresionista y en la decoración de la era de los daguerrotipos. Un ambiente íntimo de tertulia reposada como cuando se podía conversar, mirar y tocar al mismo tiempo, sin interrupciones de silbidos en los bolsillos ni camareros que tiran la cuenta antes de pedirla; cuando sabían que el café se toma en taza pequeña, no en vasos de leche de medio litro.

Así es como uno se imagina que eran las cafeterías hace un siglo; aunque probablemente nunca fueron así, tan quietas como la pintura de Edgar Degas que da nombre a la casa. Pero el Café Ajenjo crea la ilusión del viaje temporal en una calle aislada del bullicio del barrio de Malasaña.

La mirada hacia atrás está en las tartas recién horneadas (es famosa la de zanahoria) con el molde todavía humeando, en llamar «beso español» a un café, o imaginar que el asiático es lo más exótico al lado de un carajillo, un vienés lo más fino y un irlandés lo más atrevido. Y creer que lo más refrescante es un granizado de limón o de naranja, o directamente beber una limonada. Así es como uno idealiza los cafés hace un siglo, aunque probablemente nunca fueron tan tranquilos como esta casa.

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