Dentro de poco podría ser difícil ver a alguien fumando en los parques londinenses
Dentro de poco podría ser difícil ver a alguien fumando en los parques londinenses - GOgo Lobato

Guerra al tabaco en los parques de Londres

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El panorama de Trafalgar Square, una de las plazas más bulliciosas y conocidas de Londres, podría cambiar: se quedarían las engorrosas nubes de palomas, pero se acabaría el relax de poder echarse un pitillito sentando en sus escalinatas o en el borde de sus grandiosas fuentes. Hace tres años, el alcalde Bloomberg implantó la prohibición de fumar en Central Park, el pulmón de Nueva York, y en las playas de la metrópoli. El debate llega ahora a Londres.

La Comisión de Salud de la capital británica ha pedido al alcalde que prohíba fumar en Trafalgar Square y en la plaza del Parlamento y que presione para que se vete el tabaco en los parques de la ciudad, que ocupan 8.000 hectáreas. La petición viene avalada por una figura del mundo sanitario, Lord Ara Darzi, una eminencia de la cirugía de origen armenio, que reformó el Sistema Nacional de Salud en los últimos gobiernos laboristas y es un pionero en las operaciones con robots.

La guerra al tabaco en los parques ha suscitado dudas en el alcalde Boris Johnson, un periodista carismático, inteligente y algo ventolera, al que muchos conservadores querrían ver en el puesto de Cameron. Boris ha dicho que de entrada la música regulatoria no le suena bien: «Instintivamente soy libertario. No estoy por prohibir cosas. Una de las grandezas del Londres es el dejar hacer. Con tal de que no vayan contra la ley o la armonía de los demás, que cada uno viva su vida como quiera». Para tomar la medida, el alcalde demanda datos empíricos que le demuestren que el tabaco en parques y plazas cuesta vidas.

En Londres viven 1,2 millones de fumadores. Desde 2007, el tabaco está proscrito en los puestos de trabajo, los pubs, los clubes y los bares. Aún así, los cigarros causan en la ciudad 8.400 muertes prematuras cada año y 51.000 ingresos hospitalarios. Pero esos datos no arredran al lobby de los fumadores, fundado en 1879 bajo el auspicio de las propias tabaqueras, que ahora disimulan más y financian al grupo de presión entre bambalinas. Simon Clark, el director de Forest, ha calificado de «indignante» el plan para prohibir el tabaco en espacios públicos, y contraataca con ironía: «El próximo paso será prohibirlo también en el jardín de casa, no vaya a ser que el humo salte la verja y moleste a los viandantes». Clark asegura que fumar en los parques no entraña ningún riesgo para la salud, «y si no te gusta el olor, ¡vete!».

Los médicos no están de acuerdo. Creen que la medida tendría un importante valor ejemplarizante: «Queremos que los niños salgan a los parques a ejercitarse, no a ver a adultos fumando». Implantar la prohibición costaría más de siete millones de euros en cinco años. Londres no es hoy una ciudad especialmente saludable. La mitad de su población padece sobrepeso u obesidad, más que en Nueva York, Madrid o París. Además, a los londinenses destacan por su afición al jarrillo, deporte interclasista, que une a los altos ejecutivos, desbocados a la salida de sus oficinas de la City, con los currantes que se aplican en los pubs suburbiales. Ya se sabe: a más salud, menos diversión. Y Boris, intenso y disperso, es más bien de la parroquia de los divertidos.